El vínculo de Karol Noroña con el periodismo de investigación no tiene partida de bautismo.
Pudo gestarse en su casa, cuando leyó un libro del escritor colombiano Andrés Caicedo, y quedó extasiada con su escritura.
O en las aulas universitarias, la noche en que entrevistó a tres ladrones en la avenida 24 de Mayo y redactó un texto que dejó perpleja a toda su clase.
O en el diario El Comercio, cuando asesinaron a tres de sus compañeros —caso Nos Faltan 3—, y ella y sus colegas organizaron vigilias para exigir justicia.
O pudo nacer en todos esos lugares al mismo tiempo. Lo cierto es que el vínculo ya habitaba en los intersticios de su vida, incubado en cada curiosidad que tuvo y en cada injusticia de la que fue testigo.
La epifanía vendría después, cuando investigó el caso de una joven de 15 años, víctima de feminicidio y trata, cuyo cuerpo fue dejado en un terreno baldío.

Esta investigación, que condujo a la condena del ciudadano estadounidense Royce Phillips —más conocido como ‘El Abuelo’—, marcaría el derrotero por el que seguiría en su oficio de contar los hechos.
En ese tiempo, laboraba en la web de la sección Tendencias, un espacio en el que no se sentía del todo a gusto porque hacer periodismo digital en 2018 era hacer periodismo de segunda.
Esa inercia la interpelaba constantemente, por ello destinaba su tiempo libre —y el que debía ocupar en otras coberturas—, a bucear en expedientes de violencia de género.
Esta bilocación le permitió desentenderse de la vida sibarita de los reyes, y hundirse en el eco de las cicatrices que corroían su cordura, lo que la llevó más tarde a conocer el campo que hoy domina con solvencia: el penitenciario.
En este mundo no sólo encontró respuestas, sino también amenazas que pusieron en riesgo su seguridad y la de su entorno. Por eso, en 2023 tuvo que exiliarse.
Hoy, tras ese amargo episodio, lanza una frase contundente:
—Es lamentable que se romantice la experiencia del periodista exiliado, sobre todo porque muchos colegas siguen en riesgo.
Revista Bagre conversó con ella, en un encuentro extenso y sin prisa, sobre sus inicios, su labor periodística y sobre lo que supone el costo de informar en un país en donde la violencia y la corrupción condicionan el oficio.

¿Qué opinas de la incursión de los influencers y de los creadores de contenido en el mundo periodístico, considerando que no contrastan, que escriben notas que no pasan por un tamiz y que no saben cuál es la diferencia entre noticia y opinión?
Creo que es un peligro enorme, no por el hecho de que existan creadores de contenido sino porque creo que si algo han causado en el contexto periodístico las redes sociales, además de democratizar ciertas cosas que antes eran muy lejanas, es que hay muchísima desinformación pululando e influyendo en la opinión pública. Y a ello se suma una realidad triste, pero súper explicable: hay quienes ya no quieren ser periodistas, sino creadores de contenido. Y el problema allí no es el formato, es el método: el periodismo de investigación exige un largo proceso de búsqueda, contraste, profundización, frente a contenidos que, me parece, todavía son reduccionistas y muchas veces sesgados.
Es decir, hay ejemplos brillantes de creación de contenido periodístico. Aquí me refiero a los contenidos que se hacen para desinformar.
Entonces, creo que es un peligro enorme, tanto para el método periodístico como para las expectativas porque sí me atrevería a decir que las audiencias —no todas, desde luego— no están muy dispuestas a exigir que la noticia que están leyendo sea contrastada o contextualizada. Y ese es un reto enorme para nosotros.
Recuerdo, por ejemplo, el paro nacional, a cuyo epicentro los periodistas acudimos haciendo un esfuerzo muy grande. Fue desafiante contar lo que ocurría en medio de centenares —no exagero— de cuentas que, disfrazadas de creadores de contenido, esparcían mentiras, sobre todo, para estigmatizar a las comunidades que estaban exigiendo sus derechos. Los vincularon a grupos armados. Mentiras que, incluso, se legitimaban desde el poder, por supuesto. Una vitrina del racismo. Y claro, también hubo influencers que iban a generar su contenido mientras entregaban donaciones a favor de un movimiento político.
Sin mucho presupuesto para ir a Imbabura me di cuenta de lo que estaba pasando, pero también pensaba en lo grave que es la profundización de la polarización, esa idea de “yo sólo consumo contenido que se alinee con lo que estoy pensando”. Creo que eso no funciona así. En mi caso, yo no hago periodismo para fortalecer lo que pienso, ni mucho menos en función de mis afectos. Más bien, algo que me parece increíble del periodismo es que justamente te interpela, ingresa en las fisuras de tus propias contradicciones equivocándote mucho.
En fin. Conversaba el otro día con un colega que tiene 30 años más que yo y coincidimos en que es muy poco probable que nos pongamos a hacer videos para Tik Tok —por supuesto, la creación de contenido va más allá de eso. Me río un poco. De hecho, creo que nosotros también deberíamos adaptarnos aún más. Pensaba en un proyecto que lleva a cabo la Universidad Católica en torno a la divulgación científica. Me parece un ejemplo clarísimo de que hacer contenidos de calidad es posible, te conecta mucho más.

¿Crees que los directores de los medios latinoamericanos se equivocaron durante la transición del periodismo impreso al periodismo digital al decidir informar de forma gratuita a sus lectores?
Yo creo en la democratización de la información. No todas las personas tienen dinero para pagar por las investigaciones que publicamos y eso me parece que genera condiciones desiguales.
Tendría que ver mucho con el modelo de negocio. Recuerdo que, a finales de 2020, antes de que yo renunciara, El Comercio tenía tal alcance que estaba a la altura de Google. El diario siempre estaba ranqueado, de modo que podía generar ingresos, pero me parece que la gestión comercial no fue tan exitosa.
Los anuncios eran invasivos. Los lectores se quejaban mucho. Creo que mucho potencial allí fue despreciado, porque, pese a que al parecer la prioridad no era el periodismo sino hacer dinero, tampoco dio buenos resultados. Hubo una administración pésima.
En los medios en los que yo he estado siempre ha habido esa posibilidad de membresía, pero realmente el impacto no llega a cubrir los sueldos. Eso no ocurre, al menos no, en mi experiencia.
Hay que preguntarse qué tan dispuestas están las audiencias a pagar por nuestros contenidos y qué valor agregado podríamos ofrecer nosotros. Es difícil.
Tengo colegas que admiro mucho, que son muy respetados y que; sin embargo, sus proyectos personales tambalean porque no han llegado a tener muchos auspicios, y los que lo hicieron no logran cubrir todos los gastos de edición y grabación.
En mi caso, yo financio mis investigaciones con grants y otras son gratuitas.
Entonces, ¿qué hago para poder sostener mi oficio? Pues trabajo en otras cosas, lo que supone una doble jornada, pero la libertad y la independencia tristemente en Ecuador tienen un costo.

Tú haces periodismo narrativo y de investigación, quizá el más afectado con la inteligencia artificial porque es el que más cuesta. ¿Qué piensas de esta tecnología?
Ninguna inteligencia artificial reemplaza una buena pluma. Y de eso tengo total certeza.
El primer acercamiento que tuve con la inteligencia artificial fue antes de salir del país, año 2022-2023. En la redacción en la que estaba nos mostraron cómo funciona ChatGPT. Entonces pensé, "bueno, capaz sirve un poco para temas de búsqueda", pero luego me di cuenta de que ChatGPT también se equivoca en los patrones de búsqueda, o se inventa cosas.
Hace pocos meses leí un editorial de El Espectador de Colombia en el que pedían disculpas a sus lectores porque se dieron cuenta de que un pasante había generado todos sus artículos con ChatGPT. Y claro, ahí viene la pregunta, ¿dónde estaban los filtros?
El Espectador es uno de los diarios más prestigiosos de Colombia, tiene además muchísima credibilidad, incluso ha publicado contenidos míos y lo agradezco, pero una también se pregunta dónde estaban esos filtros que son básicos.
Yo uso la IA como complemento. Es una herramienta que te permite organizar datos —no ingreso jamás los sensibles— y hacer buenas búsquedas. La inteligencia de fuentes abiertas me parece buenísima, siempre con supervisión.
Con esto quiero decir que la IA no reemplaza el método. Esa es la buena noticia.
Pero hay peligros. Pienso en Palantir Technologies, que ha sido usada en el sistema de deportaciones masivas de ICE, en Estados Unidos, o en la selección automática de objetivos militares en la Franja de Gaza. Es brutal. Y ya está en Ecuador, anunciada con flores por el gobierno.
En la última campaña electoral fuimos testigos de un nivel de desinformación irresponsable con los deep fakes que quedan como parte de la creación de la memoria colectiva, por ello es tan importante tener acceso a herramientas de verificación de datos, de búsqueda inversa de imágenes y de videos, y de metodologías de fact checking, que son inherentes al periodismo.
Ahora, en el ámbito de la violencia, la IA es peligrosa. Justo veíamos lo que pasó en Jalisco con la muerte del “Mencho”, y a mí me pareció muy interesante el trabajo que estaban haciendo los periodistas de campo y los verificadores de datos, porque hubo mucha violencia, pero también se difundió bastante contenido falso para generar terror.
Además la IA nos plagia, y creo que no hay conciencia de que estamos entregando toda nuestra información porque al final lo que publicas, por más que lo borres, se queda.
En contextos tan complejos como los que estamos atravesando hoy en Ecuador, no basta con borrar ni con no publicar, por ello intento ser cautelosa con el uso de las aplicaciones.
Por lo pronto, me niego a ceder mi escritura a las IA. Sería una forma de morir también.

Llegas al periodismo de investigación en los momentos de mayor inseguridad para los periodistas y los ecuatorianos en general, ¿cómo te vinculaste al oficio y a partir de qué hecho empezaste a cubrir lo que sucede en las cárceles?
No sabía si estaba en la carrera correcta, porque también quería ser abogada y, aunque no supiera tocar ningún instrumento también tenía entre mis planes convertirme en música.
Cuando entré a la Universidad Católica, de la que han salido muchos escritores, vivía una época muy tumultuosa de mi vida, y claro, leía mucho pero mi bagaje no era tan amplio como el de mis compañeras que podían recitar capítulos completos de libros, entonces me preguntaba constantemente si ese era mi camino.
Al cursar el segundo año nos mandaron a la 24 de Mayo, una zona central de Quito donde siempre ha habido trabajo sexual y tráfico al menudeo. Esa experiencia fue para mí transformadora porque conversé con tres ladrones, dos hombres y una mujer, y pude vivir una noche en la que conocí muchos afectos. Nos abrazamos, incluso, y pensaba cómo desde pequeños nos enseñan a alejarnos de aquellas personas.
Por ese tiempo leía al escritor colombiano Andrés Caicedo, autor de Que Viva la música —un libro que recomiendo mucho— y, en especial, un cuento suyo que se llama Infección, y esa lectura me inspiró para escribir una crónica que no sólo le gustó a la ‘profe’ sino también a mis compañeros. Ese texto me hizo entender que lo mío era estar en la calle. Tenía 19 o 20 años.
Luego, estando en la carrera, intenté abrirme campo, pero era jodido, fue un camino muy espinoso. Comencé a mandar hojas de vida a varios medios y me preguntaba cómo se hacía porque sospechaba que todo se movía por palanca, y yo, por supuesto, no tenía ninguna.
Traté de ser community manager, pero no me llamaron y me alegro porque estoy casi segura de que hubiese sido un desastre.
Estuve también en el noticiero de la Universidad Católica, del que me despidieron a mí y a mi equipo —que ahora son mis grandes amigos— porque proyectamos un corto drag.
Finalmente, mi primer trabajo como periodista fue en una revista donde cubrí moda. Fue interesante porque a veces uno ve la moda desde afuera como algo superfluo, pero entendí que hay una interseccionalidad con la política, por ejemplo, y también que existe mucho trabajo detrás de algunas diseñadoras ecuatorianas que, junto con artesanas locales, emprenden un proceso de investigación para la creación de sus prendas.
Luego se abrió una plaza en El Comercio, y mi editora me dio luz verde para poner su nombre en mis referencias. Logré ingresar, pero mi objetivo era cubrir Política o Seguridad.

Era una de las periodistas más nuevas en la redacción cuando asesinaron a mis compañeros.
Lo que pasó con Javier, Paúl y Efraín me removió mucho, y como cubría Cultura, recuerdo que mis compañeros —sus amigos más cercanos— nos convocaban para que ayudemos en lo que podíamos. En mi caso: los artistas que acompañan las actividades. Fue curioso porque creo que pensaban que tenía muchos contactos. Realmente no. Pero, por ejemplo, Margarita Laso nos acolitó full. Estuvieron también Jaime Guevara, Igor Icaza. Me acuerdo que incluso Gustavo Velásquez, a quien le tengo muchísimo cariño, nombró a los chicos en su canción que se titula Violencia. Logramos que pusieran sus rostros en las pantallas de varios conciertos. Llevábamos carteles con sus nombres.
Creo que todo eso me hizo entender de cerca lo doloroso de lo que había pasado con los chicos. Intentaba ir todos los días a la Plaza Grande. Me hacía muchas preguntas sobre lo que había pasado en la frontera y si eso nos iba a pasar a nosotros en algún momento.
En medio de la entrevista, Karol se entera de que el medio Contracorriente ha sido ganador del premio internacional Rey de España de Periodismo, en la categoría Periodismo cultural. Entonces, esboza una sonrisa de satisfacción y menciona lo difícil que es hacer periodismo en Honduras.
Paralelamente a lo que hacía en Cultura, me involucré en temas de desapariciones, pero no desde el lado noticioso sino desde las historias que había detrás, porque mi editor de ese tiempo me dio libertad para profundizar en esos casos. Entonces, empecé a acercarme a temas de género, feminicidios, desapariciones, violaciones.
Recuerdo que en esa época entrevisté a una persona que había sido agredida sexualmente. Eran conversaciones muy duras, pero hubo un caso que me estremeció y que me llevó hasta el campo de las reconstrucciones forenses: el feminicidio de Carolina Andrango, una adolescente de 15 años, cuyo cuerpo fue dejado en un terreno baldío, en Quito.
Llegué a esa historia, porque investigaba a un taxista que era violador en serie, y en un plantón que se realizó durante una audiencia, donde se anunció su fuga, conocí a Laura Acero, la mamá de Carolina.
Recuerdo verla gritando y pensaba que era familiar de las víctimas. Me acerqué a ella y me contó que a su hija la habían asesinado. Quería denunciarlo.
Fue ahí, en el año 2018 o 2019, cuando recibí las primeras amenazas. Los primeros seguimientos.
Investigué esta historia con Valentín Díaz, un buen amigo periodista, y lo hicimos sin las herramientas que tenemos ahora, tanto de investigación como de geolocalización. De hecho, creo que hubiese sido muchísimo más fácil la investigación con estas herramientas porque prácticamente le hicimos el trabajo a la Dinased, que había concluido que Carolina había muerto por causas “naturales”. Demostramos que habían mentido.
La Dinased es la Dirección Nacional de Investigación de Delitos contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Secuestro y Extorsión. Se trata de una unidad especializada de la Policía Nacional, creada en 2013.
Antes de ser asesinada, Carolina le había dado algunos nombres a su madre. Los rastreamos. Supimos que había más víctimas, todas amenazadas. Y su historia se hizo tan grande a escala nacional que en la redacción nos la quitaron. Fue triste. Decían que como éramos periodistas digitales no podíamos seguir con ella.
Al final, condenaron a las personas que estaban involucradas en su muerte y en la red de trata, incluso al cabecilla, que era un gringo al que le decían “El Abuelo”, un hombre con muy buenos amigos en la Policía.

Hasta hoy tengo contacto con Laura. Desde ahí empecé a hacer investigaciones y a abordar temas judiciales, a entender cómo se revisa y analiza un expediente. Pero para ese entonces aún no me acercaba a la realidad de las prisiones.
Su —Susana— Morán, amiga y periodista de Plan V, fue una de las primeras periodistas que comenzó a escribir artículos con un enfoque de derechos humanos sobre las cárceles. Recuerdo sus artículos sobre la calidad del agua en la cárcel de Latacunga, un lugar construido en un terreno terrible, muy similar al de la Cárcel del Encuentro.
Cuando renuncié a El Comercio, porque me sentía terriblemente limitada, dije, “bueno, voy a ver si logro hacer un camino”, que era también desafiante porque yo no firmaba mis notas.
Renuncié en diciembre del 2020, en plena pandemia, y empecé a colaborar con La Periódica y con la Barra Espaciadora. Meses después, estalló la masacre carcelaria del 23 de febrero de 2021. Vi un anuncio donde convocaban a familiares para hacer una marcha fuera de la Fiscalía. Esa fue mi primera cobertura como periodista independiente.
Acudí a esa marcha donde había seis o siete personas, que luego se convirtieron en diez o quince, y pocos fueron los medios que asistieron.
Lo bueno de ser freelancer es que puedes quedarte cinco o seis horas con las fuentes. Ahí comenzó esta reportería que sigue hasta ahora. Ese día conversé con una mamita, cuyo hijo, Carlos, sobrevivió a la masacre en la cárcel de Latacunga.
La madre me dijo, "si no me cree, hable con mi hijo"; me dio su teléfono y pude conversar con él. Rosa vivía medio cerca de la que fue mi casa, porque yo siempre he vivido en el sur de Quito, que es muy popular, y le hice varias visitas. Así fui conociendo un poco más del tema. La señora, además, había estado presa en algún momento.
Me conmovió ver cómo estas dos personas, madre e hijo, intentaban de alguna manera conservar el vínculo familiar, y eso es algo que yo no conocía, porque en ese momento lo importante era “la disputa entre bandas”, “la muerte de ‘Rasquiña’”, y nadie se preguntaba cómo era que los presos tenían cuchillos, o cómo era posible que hubiera masacres simultáneas en cuatro prisiones, o por qué nadie había activado una alerta de protección en las cárceles después del aseinato de este señor.

Esa masacre se cerró con la versión oficial que se ofrecía y debíamos plantear esas preguntas.
Los presos en ese momento sabían que había empezado “la guerra” —así la nombraban— pero no cuándo terminaría. Entonces me decían: “no coma cuento porque lo que está diciendo el gobierno no es cierto”.
A partir de eso decidí dedicarme a narrar las realidades carcelarias; en principio con una visión de género, pero hemos vivido más de 20 masacres carcelarias en seis años y mi cobertura se amplió.
Luego entré a GK. Solíamos debatir sobre las entrevistas por teléfono con personas privadas de la libertad —porque para ellos es un delito que les aumentaría años de condena—, sin embargo lo hice porque era necesario, ¿quién iba a saber lo que ocurre en las prisiones si no son las personas que viven?
Esta cobertura ha sido muy intensa. Tiene sus costos. Pero estoy segura de que ha valido la pena.
También ha sido un reflejo de la deshumanización en este país. En cómo se ha contado. Tengo claro que ellas —las personas presas— no son mis familiares. Pero a varias las han matado y sientes una cercanía. Eres humana. Las historias también duelen.
Recuerdo la masacre de noviembre de 2021. Fue transmitida en vivo, mientras el expresidente Guillermo Lasso celebraba con el exembajador de Estados Unidos. Estaba muy cabreada. Hubo mucha impotencia.
Y bueno, luego, la historia que ya conocen. Tuve que irme y hasta hoy pienso en todas las cosas que nunca publiqué. Algunas porque eran difíciles de probar, otras para no morir.
Sabía que mucha gente me responsabilizó por mi propio exilio. Les pasa a otros colegas también. Y, claro, sé que decían “es que ella publicó mucho”; bueno, si supieran lo que no publicamos. Ahora debo mantener un bajo perfil por seguridad, pero en ese momento yo no me guardé nada. Estaba muy expuesta.
Y ahora es peor. Es triste decir que incluso en ese gobierno, en el que tuve que irme, la situación no era tan terrible como lo que hemos visto estos días.
¿Pero sigue habiendo disputas en las cárceles? Esa tensa calma, por decirlo de alguna forma, ¿es real?
No es que no haya disputas, el año pasado cerramos con 1.220 muertes en las prisiones, la mayoría en la Penitenciaría del Litoral. 1.220. Esa cifra supera con creces los peores años de masacres carcelarias. Te estoy hablando de casi el 150% más del año en que hubo más masacres carcelarias, que fue 2021, con 497. Jamás en la historia de las prisiones se habían documentado tantas muertes.
Tenemos 1.220 muertes, la gran mayoría por tuberculosis o por desnutrición, y un gran porcentaje por muertes indeterminadas. Y claro, también están las muertes violentas, que se han incrementado muchísimo en contraste con el año anterior. Entonces, no, no hay tensa calma. Lo que existe es más silencio. Una forma más “silenciosa” de matar. De dejar morir.
Me parece interesante tu consulta porque eso me da más impulso para publicar lo que estamos haciendo en este momento. Estuve en Guayaquil hace unos días, afuera de la Penitenciaría, y una madre tuvo que ver desde uno de los pabellones de la penitenciaría cómo una banda golpeaba a su hijo. Él le decía: "mamá, quiero morirme porque ya no deseo que sufras". Una situación que tiene que ver directamente con las extorsiones que tiene que pagar a diario.
Es desolador. Una madre que no gana ni el sueldo básico, que debe salir todos los días a pedir un dólar para completar los cientos de dólares que le exigen.
En esta investigación estoy intentando sintetizar lo que desde febrero de 2024 nos alertaron. Las personas presas nos contaban que la incursión militar tuvo varios efectos: la tortura generalizada —porque ese fue el método de extracción de información, que es ilegal, es un delito— lo que da cuenta de que el sistema de inteligencia en este país no sólo que no camina, sino que instaura los abusos. Los institucionaliza sin que haga falta un papel que lo decrete.
Desde un inicio advertimos —hablo de familiares, organizaciones, expertas y periodistas— que las muertes podían crecer porque los militares mezclaban enfermos, y evidentemente, ¿cómo no se va a propagar una enfermedad endémica como la tuberculosis, en un contexto idóneo como son las cárceles? ¿Cómo no va a haber muertes si les niegan el tratamiento? ¿cómo no va a existir desnutrición si la extorsión ha convertido al alimento en su principal botín?
En el Gobierno de Daniel Noboa han habido seis masacres carcelarias, pero lo preocupante es que estos asesinatos brutales, por ejemplo, han ocurrido en prisiones como la cárcel de Machala o en la cárcel de Esmeraldas que son más pequeñas, que no tenían ese nivel de violencia tan grave.
Yo he conversado con personas que están en la prisión, incluyendo a miembros de organizaciones criminales, y todas coinciden en que ni el contrabando ha caído ni mucho menos las extorsiones. Si bien la militarización pausó muy temporalmente el contrabando y las extorsiones —hablo de un período de unos dos o tres meses—, luego todo volvió y se profundizó.
Para que las economías ilícitas sigan fluyendo hay nuevos aliados: los militares. Y aquí el problema, más que las Fuerzas Armadas, me parece que es del Gobierno. Yo tengo la hipótesis de que no se trata de un tema de negligencia sino algo deliberado para dejar morir a la gente en las prisiones. Lo que hemos encontrado —dicen mis editores— lo confirmó.
Ha sido desolador. Hay personas enterradas en fosas comunes. Familias que siguen buscando a sus hijos, que están custodiados por el Estado. Familias que se enteran en las morgues que sus padres murieron, mientras les decían que estaban vivos.
Pensar que esto es negligencia o mala gestión de cadáveres es ingenuo.
Luego también hubo relatos que me llamaron la atención. Hubo presos que nos contaron que algunos militares los custodiaban para que puedan comer. Algunos llevaban biblias y les leían. Los protegían de las bandas. Tristemente, no es algo generalizado.
Cuando le he preguntado a algún preso si considera que ahora está mejor que cuando había masacres me ha respondido: “mire, no es que yo esté a favor de las bandas, pero creo que vivíamos mejor porque al menos no había tantos enfermos”. Es decir, hay gente que tiene que comer con los cuerpos de sus compañeros muertos durante días. Y las extorsiones y las drogas siempre van a existir en las prisiones, pero ha llegado el asunto a tal punto que incluso te cobran por comer. Hay mucha gente que muere por desnutrición crónica. No se entiende cómo la gente muere desnutrida si está bajo custodia estatal. Tienen que pagar 10 dólares a las bandas para poder comer y una parte de ese dinero va para militares, policías y direcciones administrativas. Esto me hace pensar que incluso las cárceles, cuando son controladas completamente por las bandas, están mejor administradas, y eso es escandaloso. El SNAI nunca dice absolutamente nada porque hay una política de hermetismo y silencio interno.
Entonces, no es que haya tensa calma, es que los modos de muerte han cambiado. Creo que existe una masacre más silenciosa. Todos los días que estuve en la Penitenciaría entró medicina legal.

En estos momentos de inseguridad hacer periodismo de investigación es complejo, mucho más en Guayaquil, ¿cómo fue que tuviste el arrojo para venir a esta ciudad e ingresar a la cárcel?
En esta ocasión no logré entrar, estuve afuera, porque, evidentemente, no te dejan entrar para ver todo el desastre que existe. Cuando renuncié a El Comercio estaba investigando la historia de una niña que fue vendida por su padrastro a cambio de drogas en Punta Arrecha, una cooperativa que queda casi al final del Guasmo.
Siempre he sido temeraria, ahora soy más consciente, pero en ese momento dije, "necesitamos ir a hacer la cobertura de Yuri”, porque la nena se llamaba Judith ‘Yuri’ Orobio, y mi mejor amiga, que tenía más calle que yo, me acompañó.
Nadie nos decía dónde quedaba Punta Arrecha. Me bajo a la altura de una tienda, le pregunto a una señora y me dice “pero qué va a hacer", le respondo que estoy buscando a la mamita de una nena que mataron, y como el hecho había sido recientemente me guió; no obstante, me advirtió que tuviera cuidado.
Efectivamente, llegamos a la casa, la puerta estaba abierta, pregunté, y resulta que la señora que me iba a atender no estaba. Luego fui a la CEPAM —Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer—, y allí me dijeron “cómo se te ocurre ir solita para allá”.
Había leído un libro de la periodista Anabel Hernández en el que contaba que un sacerdote le había dicho que si la agarraban en algún contexto peligroso dijera que es misionera.
Y claro, ahora ya lo entiendo. Si bien es cierto que siempre debemos decir que somos periodistas —eso es obligatorio, es lo ético— si estás en una situación de vida o muerte, podemos recurrir a historias backup. Es parte de un protocolo de seguridad. Pero eso tiene que ser aplicado solo en situaciones extremas, porque, por supuesto, debemos ser honestos con nuestras fuentes. Ahora, si mientes para llegar a una fuente o reportear una historia, dedícate a otra cosa. Eso no se puede hacer.
¿Y dijiste que eras misionera?
Sí, lo dije. Punta Arrecha es chiquitito, son dos calles, y resulta que la familia del padrastro que había cometido el crimen vivía en la misma calle. En este momento haría las cosas de manera diferente, pero no me arrepiento en el sentido de que me sirvió mucho para entender un poco cómo se movían las cosas. Hasta hoy pienso que fue la mejor decisión, porque fue un contexto de altísimo peligro.
Entonces empecé a ir a Guayaquil con frecuencia. A mí Guayaquil me gusta mucho. Es una ciudad que yo quiero porque me ha sacado de mi zona de confort. Ahí he conocido la esperanza y el peligro. Ahí también me enamoré. Me sacudí. Yo iba a sentarme a la Penitenciaría durante horas con las familias de los presos porque, claro, si eres periodista la gente no quiere hablar, así que entraba como visita. Iba con unas botas de caucho, y las vendedoras, con las que hasta ahora me llevo, decían, “ahí viene la serranita de las botas”.
Logré entrar a varias cárceles, pero no como periodista, sino como visita, y me tocó también experimentar el manoseo. Pero de alguna forma pienso, "bueno, esto me permite entender lo que viven las personas que ingresan".
Se presentan dilemas fuertes en ese sentido. ¿Cómo consigo fuentes? No hay mucha ciencia. Yendo a sentarme para hablar con la gente y poco a poco la red se va extendiendo.
Es importante para mí decir que más allá de la amenaza que me llevó a salir del país, no tuve malas experiencias con personas privadas de la libertad. Uno me pidió 20 dólares; le dije que no podía darle nada; nos bloqueamos y se acabó.

¿Puedes hablarnos del exilio que tuviste que vivir?
Estaba empezando una relación con mi expareja y no quería irme del país. Me sugirieron que me fuera dos semanas. Evidentemente, ese no era el plan pero me dijeron que serían dos semanas para convencerme. No tenía cédula ni tarjeta de débito ni ningún documento, así que saqué mi tarjeta en ese mismo momento y mi hermano me envió la cédula y una maleta pequeña con lo que él pensaba podía servirme.
A Karol se le enlagunan los ojos, baja la mirada y expresa: —Fue super triste, la verdad.
En la noche me despedí a través de una videollamada de mi familia y a la mañana siguiente fue a recogerme un carro en el que me embarqué con mi mejor amigo y con quien fuera mi pareja hasta hace poco.
Tuve que contar lo sucedido unas 3.000 veces a las organizaciones para que estén al tanto porque había decidido no decirlo públicamente para proteger a mi familia, ya que ellos se quedaron en el barrio en el que crecí.
Luego entendí que es bacán nuestro oficio, pero que uno no puede llevarse por encima a quienes más ama y, ciertamente, muchas veces la temeridad no te hace entender eso.
Es la más fuerte autocrítica que yo me puedo hacer. Además, una periodista muerta ¿a quién le sirve?

¿Qué no harías ahora con todo lo que has vivido?
Es duro decir esto, pero yo también quiero dejarlo ir. ¿Cuál es el tema? Que cuando tú te conviertes en un periodista exiliado esta experiencia se romantiza. Y la realidad es que muchos colegas hoy están en riesgo. Yo fui la primera en ese contexto, por eso no se sabía muy bien cómo proceder. A partir de lo que me pasó mejoraron los mecanismos de protección.
De alguna forma quedas marcado, el exilio se convierte en tu apellido, y a mí no me gusta eso. De repente dejé de tener mi agencia como periodista para ser la periodista que se tuvo que exiliar o la periodista que tuvo que huir del país y, aunque tuve que contarlo, eso no me representa. Tiempo después leí algunas cosas que se decían de mí y era como si, literalmente, me hubieran matado. Más que físicamente, algo muere, pero al final pasaron muchas cosas y me dije, “si esto me hace regresar a Ecuador, debo aprender a entender la pausa”, aunque nunca pude dejar de estar pendiente de lo que pasaba en el país.

Yo no creo en la censura, pero sí creo en que también hay que ser lo suficientemente conscientes para no dar papaya. No porque sea tu culpa, aunque mucha gente dijo, “la man tiene la culpa, de ley en algún momento aparece colgada en un puente”.
Así de duro era escuchar lo que se decía, pero lo que más aprendí es que si yo quiero hacer este trabajo tengo que aprender a caminar.
No creo que valga la pena perder la vida, además hay métodos que se pueden ejecutar para que eso no ocurra. Creo que eso ha sido lo principal, y, lo segundo, que si bien el periodismo es uno de los amores más lindos que yo tengo, no es lo único que soy. Y lo tercero es que, definitivamente, no hay sostenimiento de vida sin una red de apoyo.
Antes pensaba, “si por eso me tienen que matar, que me maten”. Pero luego tú ves los efectos que esto tiene en tu familia, en tu pareja, en tus amigos, y notas la desconexión en la que vives.

