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Revista Digital de Ecuador

Alfonso Armada: “La cultura del selfie no es compatible con el periodismo”

Ilustración: Rafaela Briceño.

Para Armada, el periodista que aparece en primer plano, contándose a sí mismo, pervierte el oficio.

Quito - 13 May 2026

Alfonso Armada es como un libro preciado de una amplia biblioteca. Su claridad mental no es fruto del azar, sino de su vasta experiencia en el ámbito periodístico. 

En esta profesión ha sido testigo de una multiplicidad de acontecimientos que han marcado el devenir de la historia.

Y es que Armada ha migrado cuantas veces ha querido desde las salas de redacción hasta el lugar de los hechos con la absoluta certeza de que la excelencia no admite excusas. 

Esa misma certeza lo hizo transitar del periodismo impreso al periodismo digital sin negociar el rigor. 

Poeta, escritor, dramaturgo, expresidente de Reportero Sin Fronteras —sección España—, y corresponsal en Sarajevo, Ruanda y Estados Unidos, este español de 67 años ha dejado su impronta en El País y ABC, dos diarios en los que ha defendido, a sangre y fuego, los principios deontológicos del periodismo.

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Esa defensa; sin embargo, no se ha visto ensombrecida por otra lucha igual de importante para él: la supervivencia del periodismo narrativo, género denostado por unos cuantos editores que han tomado la ingrata decisión, en desmedro de la calidad de los textos, de rendirle culto al dios clic. 

Hoy, desde Frontera D, su actual trinchera, mantiene intacto su compromiso con la verdad. Revista Bagre pudo entrevistarlo y esto fue lo que nos dijo.

Con la penetración del periodismo digital, de las redes sociales, de los algoritmos, ¿cómo ha cambiado el periodismo tal como lo conocíamos?

Ahora coordino un máster de Reporterismo Internacional aquí en Madrid. Estamos en la tercera edición, y, ayer, precisamente, invitamos a dar una clase a Alba Sanz. 

Alba es una alumna de la primera promoción, quizá la más brillante. Ella está trabajando en El Confidencial desde hace ya casi dos años, y fue muy interesante lo que dijo porque labora en la mesa. De hecho, cuando preguntó a los alumnos, “¿sabéis lo que es la mesa?”, nadie supo responder. 

La mesa es un aspecto muy importante de cualquier periódico porque está integrada por quienes centralizan toda la información que va llegando desde fuera, y lo que hacen allí es editar lo que escriben los enviados especiales y corresponsales. 

Ellos comprueban, evitan errores, y, de vez en cuando, hacen análisis y viajan. Pues bien, Alba dijo que su percepción es que hoy, trabajando en un periódico de los que tienen mayor predicamento en España, en esta época de tanto ruido, de tantas redes sociales y de tanta desinformación, es más necesario que nunca que haya periodistas en las redacciones que se dediquen a verificar que todo lo que publican sea veraz y que esté comprobado. Es decir, tomarse el tiempo necesario para comprobar que las informaciones son ciertas. 

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En este mundo tan volátil es más necesario que nunca tener buenos periodistas que comprueben los hechos y que se limiten a difundir informaciones verdaderas, sobre todo porque se cuestiona mucho la verdad.

De hecho, el poder, y hablo del poder en cualquier lugar del mundo, pero sobre todo en Estados Unidos, China y Rusia, donde se ejerce con mucha más virulencia y mayor impacto, tiene una relación muy poco decente con la verdad. 

Trump es un experto en mezclar verdades y mentiras y en decir, incluso, que hay verdades o realidades alternativas, y esto crea una confusión generalizada, como si la verdad fuera algo vendible o como si no hubiera hechos sino interpretaciones.

Es verdad que muchas cosas que parecen evidentes no lo son, por eso hacen falta buenos periodistas. 

Somos incómodos para el poder y eso también es algo muy importante. Cuando el poder se esmera en silenciar de forma sistemática, incluso eliminando a los periodistas, es que somos necesarios, lo cual no quiere decir que los periodistas no cometamos errores o muchas veces no cumplamos con nuestros códigos deontológicos, pero el periodismo hace falta para que la gente conozca la realidad

A propósito de Donald Trump, el periodista español David Alandete, corresponsal en Washington del diario ABC, dijo que el Presidente de Estados Unidos respondía a los periodistas dependiendo del acento que tuvieran. ¿Qué postura debería tomar un periodista que es vetado o denigrado por un personaje con poder? ¿Acaso la respuesta podría estar en el periodismo colaborativo?

El periodismo es colaboración, por supuesto, y de hecho la fuerza de muchas redacciones estriba en tener una buena dotación de periodistas especializados en varios campos y trabajando de forma conjunta, sobre todo porque la realidad se ha vuelto extremadamente compleja, y porque a muchos poderes, y hablo del político, el económico, el religioso, el sindical, no les gusta la luz del día y actúan siempre de forma subrepticia. 

Entonces, para desvelar algunas cosas hace falta el periodismo colaborativo, y uno de los casos más palmarios es el de los papeles de Panamá, fruto de una investigación durante años de muchísimos periodistas coordinados en todo el mundo.

Lo estamos viendo ahora con el caso Epstein, por ejemplo, que tiene un volumen gigantesco de documentación. El otro día supe que el The New York Times tenía 28 periodistas trabajando en desenterrar y verificar esos documentos, y decían que iban a tardar años en analizar ese montón gigantesco de papeles para tratar de extraer lo que es cierto y poder publicarlo. 

Jeffrey Epstein fue un magnate financiero estadounidense y delincuente sexual convicto, conocido por dirigir una extensa red de tráfico y abuso sexual de menores que involucraba a figuras influyentes de la política, la ciencia y los negocios.

Entonces, la colaboración es imprescindible, sobre todo en asuntos de esta envergadura, lo cual no quiere decir que también hay un componente individual.

Los periodistas, sobre todo desde un punto de vista un poco glamuroso o clásico, se definían como una especie de llanero solitario que se jugaba la vida y que trataba de abrirse camino con ese valor extra. Eso es parte también del panorama periodístico.

Hacen falta enviados especiales que vayan a los sitios, pero también se necesita, por supuesto, la colaboración de las fuentes, de gente sobre el terreno y de gente en la redacción que al final reciba todas las informaciones, las corrija, las edite y las publique. La colaboración es imprescindible

Que el Presidente de Estados Unidos utilice su poder y su plataforma en el Despacho Oval para burlarse de las preguntas de algunos periodistas, si es mujer para hablar de su aspecto físico, si es hispano para burlarse de su acento, o si la pregunta le incomoda para poner en entredicho su credibilidad o su prestigio, pone a cualquiera en una situación muy difícil. 

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Pero, claro, ¿qué haces? Creo recordar que la agencia Associated Press no aceptó la decisión de Trump de renombrar el Golfo de México como Golfo de América, y fruto de ese hecho Trump restringió su acceso a la Casa Blanca.

Aquí juega la necesidad de informar a los lectores, porque Trump dice muchas tonterías, pero lo que pasa con Trump es que muchas cosas que dice se convierten en hechos y acaba invadiendo países o haciendo que los mercados se desplomen, por tanto no puedes ignorarlo y él lo sabe. 

Es como una especie de mago de las redes sociales que está creando realidades inauditas constantemente y tiene a los periodistas completamente descolocados. Le ha tomado la medida al mundo contemporáneo y utiliza esta sociedad del espectáculo como un gran director de pista que tiene un montón de leones a su servicio, gruñendo, maullando, arañando o maltratando a periodistas para ponerlos en una situación complicada.

De cualquier manera, tienes que mantener tu independencia y tu criterio, preguntar lo que tienes que preguntar y aguantar a veces estos embates. 

Parte del éxito de Trump y de otros dirigentes políticos es que han puesto de moda la mala educación como si fuera un exceso de sinceridad, haciendo creer que la buena educación es hipocresía. Y eso está haciendo la vida cotidiana mucho más áspera, porque decir todo lo que piensas sobre un rostro, sobre un color de piel, sobre un trabajo, demuestra una falta de respeto por los diferentes, por los otros. 

Eso crea también un mal ejemplo que es seguido después a escala, por ello muchos secretarios de Estado o directores de instituciones norteamericanas o agentes de policía se comportan en sintonía con este desprecio del propio presidente por la vida humana y por la verdad. Y esto da votos.

Hay gente a la que le gusta este estilo de políticos que a veces no tienen pelos en la lengua, dicen lo que piensan y actúan de forma desatada. Es un poco triste que al final la gente apoye a este tipo de dirigentes que no muestran ninguna compasión por el dolor, lo que crea un estado propicio para que prosperen ideas muy duras, muy ásperas, que hacen la vida mucho más complicada, sobre todo a los pobres, porque al final es una cuestión de clase, ya que a Trump le encantan los fuertes y los ricos. Le encanta tratar a los que maltratan y a los ricos como iguales, y creo que la Unión Europea no ha aprendido la lección todavía. O le plantas cara o él va a abusar más de ti, porque los abusadores se ensañan con los más débiles.

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¿Qué opina de los creadores de contenido que tienen plataformas y redes sociales a su disposición, que no contrastan, que publican sin pasar por una redacción, y que además confunden noticia con opinión? 

Bueno, forma parte de este paisaje mediático en el que estamos ahora mismo, en el que han entrado nuevos términos, nuevas tareas, nuevos oficios, y uno de esos es los creadores de contenido que tiene un componente muy ambiguo, y también están los famosos influencers

Mucha gente joven aquí en España dice que de adulto quiere ser influencer. Pero influencer ¿de qué? “Pues alguien que crea una corriente, que es admirado”. ¿Pero por qué? Bueno, pues, porque a lo mejor habla de un tipo de maquillaje o de vestimenta o de comportamiento sin ningún fundamento, pero al final funciona por esta epidemia en donde la fama se ha convertido en un objetivo en sí mismo.

“Quiero ser famoso”. “Pero ¿famoso por qué?”. Famoso para ser famoso y ganar dinero debido a esta especie de cacao inmoral y filosófico en el que estamos todos embarcados. Y los creadores de contenido forman parte de este paisaje.

El problema es que los medios le han dado también mucho espacio a estas nuevas figuras. Y esta obsesión, en la que han caído muchos medios, es debido principalmente a las audiencias.

O sea, lo importante no es la calidad ni el valor de lo que publiques, sino que tenga muchísima difusión, al margen de si es verdad o es mentira, de si es valioso o no, porque lo importante es que haya muchas visitas para generar más tráfico y al final generar más ingresos, lo cual tampoco es cierto porque muchas veces más tráfico no significa más ingresos, aunque la publicidad también ha desaparecido y hay otras vías para obtener beneficios. Entonces, el problema es que se confunde valor y precio, como si fuera lo mismo.

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Yo trabajé en el diario El País muchos años y recuerdo una discusión muy intensa entre el entonces director del periódico y un crítico de cine, que era un muy buen amigo mío. Pues bien, el crítico cuestionó una película de Pedro Almodóvar que había recaudado muchísimo dinero, y entonces el director le dijo, “si esta película ha recaudado tanto dinero, no puede ser mala”. 

Vamos a ver, ¿cuál es el criterio aquí: el valor económico o el valor artístico? ¿O podemos valorar una película, una novela o un libro por su valor intrínseco, por sus cualidades dramáticas, por la interpretación, por la luz, por lo que aporta al espectáculo del cine, o por el dinero que genera?

Si al final la escala de valores viene determinada por el dinero, pues a eso estamos jugando. Y a esto juega buena parte del mundo hoy en día, y los medios han caído en esta mentalidad del espectáculo.

“Tenemos muchos espectadores, muchísimo dinero y nos da igual lo que difundimos”, pero esto al final genera líos morales, incluso periodísticos, porque se supone que los periodistas hablamos de forma honesta y cuando investigamos una historia y trabajamos a fondo en ella estamos diciéndoles a los lectores lo que creemos que es valioso e importante.

Pero muchos directivos lo que quieren es que se haga viral y que sea interesante, da igual si al final propicia un comportamiento obsceno o retrógrado, y ahí estamos todos perdidos porque los parámetros que estamos intentando no tienen nada que ver con la calidad, sino con el valor económico y el valor del espectáculo. 

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El periodista es sólo el mensajero, lo que importa es el mensaje, a diferencia de lo que sucede con el influencer, que quiere ser, a toda costa, el protagonista de los hechos… 

Exactamente, pero también creo que el mundo de las cadenas de televisión ha propiciado esta realidad de dar protagonismo a la figura del periodista y no a lo que está contando. La figura del periodista, que está ahí, sobre el terreno, forma parte de la cultura del selfie: primero soy yo, y después lo que está detrás. 

Gente que va al Museo del Prado o al Museo del Louvre se hace la foto delante de la obra porque lo más importante no es la pieza de arte, sino que tú estás allí. 

Al final lo importante no es lo que están sufriendo en Sudán o en Gaza, sino el periodista que está allí contando la realidad porque a muchos televidentes les gusta esa especie de Indiana Jones que aparece en primer plano contándose a sí mismo cuando los que sufren realmente están en segundo plano. Eso es una perversión del sentido del periodismo

Ahora que menciona la cultura del selfie se me viene a la cabeza la entrada vertiginosa al universo mediático de la cultura snack, con sus reels, sus textos cortos, sus formatos breves.  Como cultor del periodismo narrativo, ¿qué opina de la penetración de la cultura snack?

El problema es que si alguien quiere enterarse de lo que fue la guerra de Siria, o lo que está sucediendo en Gaza, o lo que pasa en Sudán, a través de TikTok, es imposible. 

Si uno quiere estar informado de lo que hay detrás de Sudán necesita tiempo para leer una buena crónica

¿Qué hacemos en Frontera D, que es la revista que yo dirijo? Pues no tenemos dinero, pero hacemos lo que podemos publicando textos muy largos en los que tratamos de explicar algo de la forma más precisa, profunda, entretenida y seria. Y lo hacemos entre días, al mismo tiempo, que no es fácil.

Lo que un poco hace la revista New Yorker es que publica crónicas larguísimas que están muy bien trabajadas, de un equipo especial que está sobre el terreno y que se encarga de verificar que lo que cuenta el reportero es cierto, que tiene un equipo que va a llamar a las fuentes para comprobar todo, y tú necesitas tiempo para leer esas crónicas. 

Si lees esas crónicas al final consigues entender una parte de esta realidad tan compleja. Entonces, todo depende de lo que queramos. Hay medios que lo que quieren es entretener y ganar dinero, y no digo que no sea legítimo, pero ese no es el periodismo que necesitamos para entender nuestro mundo. 

Para entender una buena historia necesitas sentarte, escuchar, tomarte tu tiempo y verificar qué es cierto para después contarlo de la forma más rica y más bonita posible.

Ahora mismo en cada telediario dan un montón de noticias y cada una dura treinta segundos, un minuto, un minuto y medio, y eso no sirve para nada, excepto para llenar tiempo de programación. 

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El periodismo narrativo es memoria, sin la crónica vívida y extensa no hubiésemos conocido, con detalle, lo que sucedió en Auschwitz, por ejemplo, pero los medios grandes cada vez apuestan menos por este tipo de periodismo y si bien los medios digitales pequeños democratizan la información es difícil que encuentren financiamiento, tomando en cuenta que la fragmentación de las audiencias ahuyenta la pauta.

Es muy difícil, la verdad, de hecho, nosotros no lo hemos resuelto. Lo que hacemos en Frontera D es que todos los que colaboran vivimos de otra cosa. Entonces, no hemos conseguido crear un sistema económico que nos permita pagar bien. Nos encantaría, pero no lo hemos logrado porque en España se ha cometido el error durante muchos años de permitir el acceso gratis a las informaciones de los periódicos y eso ha creado un mal hábito de la gente que piensa que tiene derecho a recibir información gratuita

En cambio, los medios anglosajones cerraron hace mucho tiempo sus páginas con el argumento de que si uno quiere buena información tiene que pagarla, y esto al final ha resultado rentable porque periódicos como The New York Times, Financial Times, o Le Monde, de Francia, son medios que tienen unas redacciones muy potentes, que invierten mucho dinero y que han conseguido que sus propios suscriptores paguen por la información. 

Entonces, creo que tenemos que trabajar por eso, pero primero debemos lograr que los ciudadanos sientan que necesitan buenos medios e independientes para estar informados.

Cuando no existía internet, la gente compraba el periódico en el quiosco o se suscribía y lo recibía en casa. Había una especie de acuerdo, “tú me pagas para que yo te ofrezca información”. Y al final, si te satisfacía lo seguías comprando y, si no, lo dejabas de comprar o de suscribirte. Era como un acuerdo de confianza entre el periódico o la revista y el lector, pero esa relación se ha roto porque los medios también han cometido muchos errores a la hora de ver cómo sacan la información. 

Para sobrevivir, muchos han caído en el periodismo fácil o en los creadores de contenido o en informaciones no fundamentadas que han desprestigiado al propio periódico y a los propios periodistas, porque al final mucha gente piensa que los periodistas mienten o que son enemigos del pueblo, tal como han difundido los políticos. 

Eso ha calado en mucha gente, “ustedes son como los políticos, todos mienten”, y no, no todos mienten, hay gente que miente, pero no todos lo hacen.

Tenemos que recuperar un poco nuestra propia dignidad y el prestigio para que la gente vuelva a confiar en nosotros, porque, como decía al principio, es imprescindible que haya buenos periodistas para que le cuenten a la gente en qué mundo estamos y por qué se han vuelto muy complejos y peligrosos muchos lugares. 

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A propósito de buenas prácticas periodísticas, en las redacciones cada vez hay menos veteranos, esos cracks que tenían un bagaje impresionante y que enseñaban a hacer periodismo a los jóvenes. ¿Cómo se nutren ahora los periodistas en la redacción? 

Volvemos al principio de nuestra conversación. Al final lo que se propicia es el éxito fácil, la viralidad, la influencia. Hace años en Televisión Española despidieron a algunos de los más veteranos periodistas y cámaras de los que aprendían los que llegaban. 

El diario La Vanguardia, el diario El País, el diario ABC han prejubilado a muchos grandes periodistas veteranos de los que aprendimos. A mí mismo me despidieron cuando tenía 64 años. Me dijeron, “es que eres muy caro y muy viejo”. 

Recuerdo un compañero de La Vanguardia, Bru Rovira, un grandísimo periodista que además hizo una novela muy divertida titulada “Matar al director”. En esta mataban al director del periódico y él ahí cuenta lo que le comentó un compañero de La Vanguardia: “No te preocupes, esto no es nada personal, esto es una cuestión de economía”. 

Las empresas contratan a economistas para que analicen las cuentas del periódico, les dan una página de Excel y revisan la lista de periodistas, sus edades y lo que cobran. 

Entonces dicen, “mira, para sanear las cuentas trazas una línea roja y de aquí para arriba los despides”. Son los periodistas más veteranos, con más experiencia; es verdad que ganan más, pero son muy buenos y de ellos se aprende.

Al final esta cuenta de resultados se ve seriamente perjudicada cuando te cargas todo ese volumen de conocimiento y de experiencia porque rompes la cadena de enseñanza y de aprendizaje de los mayores a los jóvenes. 

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Yo aprendí también con grandes periodistas en El País, donde estuve 13 años, y también en ABC, pero sobre todo en diario El País porque allí encontrabas periodistas con muchísima experiencia y para mí trabajar con ellos, tenerlos cerca, poder consultar mis dudas, pedirles consejos, era una forma de aprendizaje.

Lo estamos intentando ahora en el máster de Reporterismo, invitando a grandes periodistas a que compartan su experiencia, porque al final aprendemos de los mayores, pero esta cultura también desprecia al viejo como alguien que ya ha cumplido su labor. Eso también forma parte de una cultura que está propiciando la novedad, la tersura, la juventud y el descerebramiento, porque hay grandes jóvenes, pero también descerebrados que ganan mucho dinero haciendo tonterías. 

Yo no digo que los futbolistas no deben ganar tanto dinero, porque es verdad que el fútbol genera muchos euros, pero si los modelos con los que los jóvenes se identifican están formados por futbolistas, influencers y demás, y no por científicos o por grandes investigadores o escritores o filósofos, tenemos una sociedad más banal, o menos feliz a fin de cuentas porque es una sociedad con bases muy débiles.

Lo que han hecho muchos periódicos ha sido eliminar las secciones de edición y de corrección, con lo cual, claro, aparecen informaciones que no ha editado nadie, que no han sido revisadas, que no han sido supervisadas y eso al final fomenta el descuido, fomenta la mala educación, fomenta la mala prosa y fomenta que da igual la verdad que la mentira. 

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¿Qué opinión le merece la inteligencia artificial?

Bueno, yo estoy perplejo. El problema de la inteligencia artificial es que las grandes empresas del sector están recibiendo cantidades ingentes de dinero para la propia inteligencia artificial. Ellos son los mismos promotores del negocio formidable que va a ser la inteligencia artificial. Entonces, cuando tú eres arte y parte mientes sobre los costes y los rendimientos.

Es verdad que es una herramienta poderosísima, pero tengo mucha reticencia porque hay algunos analistas que dicen que es un gran saqueo debido a que está utilizando bases de datos, textos e imágenes que proceden de gente que ha escrito y que ha investigado. Y este saqueo es universal.  

Entonces, me preocupa mucho sobre todo las consecuencias porque no hay un acuerdo sobre los límites de la tecnología artificial. Hablan de que tiene muchas posibilidades, pero también muchos lados oscuros, y algunos temen que pueda acabar con la especie humana. No sé si serán tan fatalistas, pero desde luego habría que tener cuidado porque hay una parte de nosotros que siempre busca el beneficio a costa de lo que sea.

Puede ser una herramienta muy útil y lo está siendo, pero creo que al final requerimos criterios humanos, y en el caso del reporterismo necesitamos personas que vayan a los lugares, que conozcan a la gente, que huelan la tierra, que escuchen, y que tomen su tiempo para contar. 

En Ecuador presenciamos a diario una violencia brutal, en medio de asesinatos y amenazas contra periodistas. ¿Cómo se trabaja en este escenario tan peligroso y hostil? 

Pues lo hace más difícil. Yo fui presidente de Reporteros Sin Fronteras cuatro años, sigo muy vinculado a ellos, hacemos informes constantes y alertamos sobre las amenazas, los secuestros y los asesinatos de periodistas

Trabajar en esas circunstancias exige un grado de valor y de entereza enorme. Entonces, se ponen las cosas mucho más difíciles, pero este periodismo es un freno, precisamente, contra el poder de la violencia, contra el poder de la muerte, aunque el coste humano es tremendo.

Hace falta que los propios poderes públicos protejan a los periodistas, que los medios también los protejan y que ellos se cuiden, pero es un dilema muchas veces.

Conocí a doña Ninfa Deándar, editora de El Mañana, un periódico del norte de México,  y ella me contaba cómo tiroteaban las sedes de los periódicos en el norte de México por informar sobre el narcotráfico. 

El problema es cuando el narcotráfico se infiltra en las instituciones, en los juzgados, en el Ejército, en la policía, y al final los ciudadanos quedan inermes ante esta especie de colusión entre el narcotráfico, la corrupción y el poder político, porque, entonces, ¿en quién confías? Y eso es tremendo porque corroe, pero también ha hecho que algunos dirigentes como Bukele, con un discurso muy duro sobre la seguridad, consiga tanto apoyo.

Tenemos que entender el sufrimiento de la gente más pobre, pero también buscar modelos democráticos y no estos hombres de hierro. La justicia y la policía deben actuar de forma honesta en favor de los ciudadanos, pero no a cualquier precio. 

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¿Habría que agregar nuevos postulados al manual de ética periodística? 

Creo que al final la base del periodismo sigue siendo la misma, contar las cosas de manera simple y verdadera, pero sin descuidar la prosa ni el estilo ni la belleza.

Yo pienso que aunque cuentes cosas horrendas, tienes que hacerlo de la forma más precisa y preciosa posible, porque si no revictimizas a las víctimas. Aunque hables de algo horrible tienes que contarlo de buena forma, y sin mentir.

La línea está clarísima, cada uno de nosotros, como seres humanos, sabemos cuándo mentimos y cuándo hacemos lo que debemos hacer; si hemos hecho esa llamada, si hemos repasado el texto, si hemos comprobado, y si hemos dejado que nuestra visión ideológica perturbe la historia “porque este hombre me cae bien”. ¡Seamos honestos!

Y después, negarse a aceptar las directrices de los jefes cuando te dicen “publica esto”. 

“No, no, perdona, quita mi nombre de ahí”, porque a fin de cuentas lo que uno escribe es como tu propio testamento, tu biografía; entonces, no hagas nada de lo que te arrepientas, y sobre todo no mientas.

Creo que los principios deontológicos están claros, hacer buen periodismo supone tomarse un tiempo. El problema es que esto es costoso y nos exige más, pero bueno, exijámonos más y al final quizás recuperemos el fervor y la devoción de los lectores que tanto necesitamos.

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