Derechos humanos

De Guayaquil a Arizona, el periplo de un sueño frustrado

migración patrulla fronteriza Guayaquil
Ilustración: Juan Fernando Suárez.

Tengo un sueño

Uno de los anhelos de Débora fue siempre emigrar a Estados Unidos. Nunca permitió, sin embargo, que ese sueño se ensañara con su almohada. 

Todo cambió en el mes de noviembre del año pasado, cuando una prima suya, que reside en el país de las oportunidades, la llamó por teléfono para contarle emocionada que había hablado con un coyotero y que se preparara para viajar: “alístate, que te vienes”.

Débora no podía creerlo. Si bien había deseado vivir en Estados Unidos, nunca creyó que esa aspiración rompería la caja de sus quimeras. 

A partir de ese momento, su mente empezó a fotografiar las postales que había visto de Nueva York, con Times Square, Broadway y la Estatua de la Libertad en alta resolución. Algunas veces también se veía asaltada por imágenes en las que aparecían cuerpos inertes de migrantes, regados por el desierto de Arizona, abatidos por la hipotermia o la deshidratación. 

Luego, palpaba su situación económica, y en su cabeza volvían a colarse fotografías sin ningún cartelito que le advirtiera: “bajo licencia”. 

Finalmente, entre ella y su prima consiguieron los diez mil dólares que los coyoteros les habían pedido por el periplo. 

De avión en avión

El 10 de enero por la mañana, Débora armó una mochila en la que colocó tres jeans, cuatro blusas, ropa interior, un par de medias, cuatrocientos dólares y su futuro. 

Más tarde se embarcó en un vuelo de Guayaquil a Quito. Al llegar a la capital, su guía le sugirió —por teléfono— que comprara un chip internacional —costó ochenta dólares— para que tuviera señal todo el tiempo y pudiera comunicarse con él. 

Al cabo de cinco horas tomó un avión hacia Bogotá; luego otro hacia El Salvador y por último otro hacia Nicaragua. En el aeropuerto de Managua concluyó su romería aérea.  

Allí la esperaba un guía con una fotografía suya, la misma que había sido enviada por ella antes de que saliera de Guayaquil con los sueños en la garganta. 

—¿Sentiste miedo? 

—No, trabajé en el aeropuerto, sabía los movimientos. Fui agente de seguridad en algunas aerolíneas. 

En Managua, Débora fue trasladada a una “casa de seguridad” (así les dicen los coyoteros al lugar donde esconden a migrantes indocumentados). 

Allí estuvo solamente dos horas porque “supuestamente” otra familia viajaría con ella. Finalmente, la familia se fue por otro lado porque “mientras más rápido pagas el recorrido, más rápido te movilizan”.

Sus gastos de traslado y comida estaban completamente cubiertos. Su prima, según lo acordado, iba pagando al guía en tanto avanzara hacia su destino.

La joven llegó a Honduras luego de ocho horas en un taxi facilitado por los coyoteros. 

—Todo el tiempo el guía estaba pendiente; si tenía señal, si había comido, si estaba bien… 

En realidad a este tipo de viaje los coyoteros suelen llamarle VIP porque la mayoría de los recorridos se llevan a cabo en taxis o furgonetas. 

En Honduras avanzó hasta un sitio ubicado a diez minutos de la frontera con Guatemala, en donde otro guía la ayudó a cruzar por un paso ilegal situado en una hacienda.  

Débora pudo conocer en Guatemala a la persona con la que se había comunicado por teléfono todo el tiempo, pero no pudo verla como hubiese deseado porque el encuentro fue fugaz. 

En ese encuentro, él le cambió el celular iPhone que ella llevaba por un Samsung básico. El coyotero argumentó que el Iphone emitía señal. 

En Guatemala fue interceptada junto a dos cubanos, un haitiano y seis chinos por una patrulla nacional que les pidió dinero a cambio de no llevarlos detenidos. Un cubano puso veinte dólares, el otro sesenta, y ella ochenta. Los chinos no pusieron nada. El haitiano tampoco. 

Luego del pago, las patrullas que iban encontrando en el camino les abrían el paso, previa la mención de la clave entregada por aquellos agentes que les pidieron la coima. 

Cerca de la frontera de Guatemala con México los llevaron hasta una hacienda alejada de la ciudad. 

—Eso sí estaba feo porque había unas noventa personas, entre latinos, chinos y musulmanes. Solamente los niños dormían en el interior de la casa, el resto afuera, en colchonetas delgadas. Ese día no pude dormir, a pesar de que los cubanos me acompañaban a todos lados para protegerme. 

A las cinco de la mañana Débora y sus acompañantes de ocasión fueron trasladados hasta otra finca que bordeaba la frontera, para evadir los controles

Unos diez minutos antes de llegar al límite entre Guatemala y México debía hacer el recorrido a pie, pero como la distancia era larga prefirió contratar a un motorizado para que la trasladara hasta el río Suchiate, paso ilegal hacia México. Por ello pagó cinco dólares, y por cruzar el río en unos botes confeccionados con madera y tubos de goma cinco dólares más.  

Cruce de inmigrantes desde el río Suchiate, en Guatemala, que sirve de frontera con México (Chiapas). Fotografía referencial. Army Photos.

Una vez que Débora tocó tierra mexicana se subió a un furgón sin techo y luego a un taxi que la llevó hasta otra “casa de seguridad”. 

Allí le preguntaron si quería comer, bañarse o lavar su ropa. Luego fue trasladada a Tapachula, ciudad en la que pernoctó tres días en espera de que los coyoteros tramitaran su visa humanitaria. El objetivo era que pudiera moverse dentro de México sin problema. 

Para poder acogerse a ese derecho en sus papeles pusieron que era de otra nacionalidad. 

Con sus documentos “en regla” tomó un avión de Tapachula a Tijuana, donde fue recogida por un bus que la llevó hasta Mexicali, en un hotel situado a quince minutos de la frontera con Estados Unidos. 

En ese lugar se bañó, comió y se juntó con otros migrantes —tres dominicanos, un nicaragüense y una ecuatoriana—. 

Le pidieron que esperara. Los coyoteros estaban analizando por dónde cruzar la frontera.

Resetearon su celular, le pidieron que se vistiera de negro —que no llevara nada reflectivo—, y que botara todo lo que llevaba consigo: mochila, ropa, billetera…

Se quedó con su cédula, su pasaporte y el dinero que llevaba. Fue trasladada entonces hasta una “casa de seguridad”, ubicada a dos minutos de la frontera. 

Llegó la hora. A las once de la noche del 17 de enero el guía le indicó que caminara por debajo del puente que une a San Luis río Colorado con Arizona, y se entregara a la patrulla fronteriza.

Cuando un migrante se entrega a migración —se infiere— está buscando asilo. Bajo ese estatus Estados Unidos ha permitido la entrada de miles de migrantes, sobre todo venezolanos, cubanos, nicaragüenses y ucranianos. Sin embargo, hay ocasiones en que migración entrega un parole humanitario (permiso de permanencia temporal) a migrantes de otras nacionalidades.

Así han ingresado ecuatorianos, quienes además de recibir el parole reciben un celular para poder ser rastreados.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) vigila a casi un cuarto de millón de inmigrantes en un programa que utiliza monitores de tobillo con GPS, teléfonos celulares o una aplicación conocida como SmartLINK.

SmartLINK “utiliza un software de reconocimiento facial para verificar la identidad, captura de puntos de datos de GPS, notificaciones automáticas y recordatorios, mensajes directos con los agentes del caso y los participantes, y una base de datos de servicios de búsqueda”, según ICE. Aquellos que no reporten están sujetos a arresto y posible deportación.

En el país de las oportunidades 

Débora caminó unos seis minutos, llegó a suelo “americano” y se entregó, junto al grupo con el que había salido. 

Recuerda que hacía muchísimo frío, que se cubrió con las colchas térmicas que la patrulla fronteriza deja a la intemperie para que los migrantes se protejan de las bajas temperaturas. 

—Hay meses en que la patrulla te recoge rápidamente, según lo que contaban las personas que intentaban cruzar por segunda o tercera vez, pero en esta ocasión la patrulla fue a retirarnos diecinueve horas después: llegamos a las once de la noche y fueron a recogernos a las cinco de la tarde del otro día —apunta Débora.

Inmigrantes aguardan en la frontera de Arizona, luego de entregarse a la guardia fronteriza. Fotografía referencial. Army Photos.

Le tomaron fotos, le hicieron una cartilla con sus datos, le asignaron un número de serie, le tomaron las huellas dactilares y la llevaron al primer centro de atención. Ella llevaba cuatro blusas y cuatro jeans puestos. Allí la examinaron, le pidieron que se sacara la ropa, los aretes, las vinchas, los pasadores y le preguntaron si tenía familiares en Estados Unidos. Le quitaron además el celular. 

—Luego vino la clasificación: separan a hombres de mujeres, observan si vas con familia, si llevas niños, si estás embarazada, si tienes alergia, si tomas alguna pastilla, es decir elaboran una especie de historia clínica.

Allí estuvo tres días detenida sin que pudiera comunicarse con ningún familiar, luego la llevaron en un avión a Laredo, Texas.  

—El trato allí cambió porque la mayoría de los “policías” eran chicanos (estadounidenses de origen mexicano). 

Le pusieron esposas en las manos y en los pies; comía a las seis de la mañana, al mediodía y a las cinco de la tarde. 

—En el primer centro de detención podías salir al pasillo, los guardias eran amables —dice Débora—. En Laredo nos trataron mal desde que entramos. Hacían requisas constantemente; a los ecuatorianos (38 en total) nos pusieron en una sola habitación, con colchonetas y frazadas térmicas. Nos sacaron de allí a los siete días sin decirnos que iban a deportarnos. 

Débora estuvo ocho días detenida en Laredo, tiempo durante el cual le pusieron la vacuna de la influenza. Finalmente, migración comunicó a todos los ecuatorianos que iban a realizar un procedimiento, asegura; luego los sacaron esposados de pies y manos, y atados por la cintura.

Sus compañeros comentaban que ese trámite era de deportación, pero Débora tenía todavía la esperanza de que le dijeran que podía irse. 

El 5 de enero de este año, cinco días antes de que Débora saliera de Guayaquil, la Embajada de Estados Unidos en Ecuador emitió un comunicado en el que decía que las personas que no tuvieran una base legal para permanecer en Estados Unidos serían expulsadas. Dos semanas antes, el presidente Joseph Biden levantó el Título 42, una orden de salud pública emitida por el expresidente Donald Trump que permitía expulsar rápidamente a los migrantes para evitar la propagación de covid en los centros de detención. 

El levantamiento de esa orden, exigida por los tribunales, provocaría la liberación de miles de migrantes solicitantes de asilo en las comunidades de los estados fronterizos y una mayor afluencia de migrantes en la frontera entre Estados Unidos y México. 

Ante ese escenario, los controles en la frontera han sido más rigurosos y se han incrementado.  

El viernes 28 de enero, tras dieciocho días de haber recorrido cinco mil kilómetros por aire, río y tierra, Débora fue deportada. 

Miles de inmigrantes son deportados diariamente desde Estados Unidos. Fotografía referencial. Army Photos.

Los sueños, sueños son 

Débora nunca tuvo miedo, pero experimentó una sensación de incertidumbre. 

—Quería quedarme para trabajar, ayudar a mi familia, y sí, lo intentaría nuevamente porque hubo personas que en el segundo intento se quedaron en Estados Unidos. Eso me da aliento, el problema es que ya no tengo dinero. 

Desde que México exige visa a los ecuatorianos para ingresar —4 de septiembre de 2021—, las rutas irregulares se han extendido y los viajes se han vuelto más laberínticos.

El Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana precisó que 2.198 compatriotas fueron deportados en 2022 desde Estados Unidos y México. Y en ese mismo año registra 22 repatriaciones de cadáveres reportadas por los consulados en la frontera de Estados Unidos y México, así como de países centroamericanos.

En un chárter de la compañía Swift Air que hizo escala primero en El Salvador y que tenía como destino Guayaquil, llegó Débora con 160 compatriotas. 

Cuando ella se acercó al carrusel del aeropuerto para retirar su equipaje, recogió solamente su cédula, su pasaporte y un celular lleno de sueños al que le habían arrebatado la memoria.