Cultura urbana

El Febres Cordero bueno (o la pluma "despanzurrada" del Pájaro)

Pájaro Febres Cordero
Ilustración: Manuel Cabrera.

Allí, parado en el portón de su casa, no parece alguien que se ha atrevido a reírse y cabrear al poder. Tampoco tiene la apariencia que uno esperaría de un periodista que cubrió el conflicto armado entre Ecuador y Perú en los noventa, ni del reportero que contó los horrores de la prostitución infantil en Ecuador junto con la periodista Mónica Almeida, o del que entrevistó y perfiló psicológicamente a Daniel Camargo Barbosa, el violador y asesino en serie que aterrorizó al Ecuador en la década de los ochenta.

De piernas largas y delgadas y brazos ídem, el pelo y la barba blancos, el ‘Pájaro’ Febres Cordero alza la mano y sonríe en señal de bienvenida.

Su saludo, sus gestos, todo en él es más bien afectuoso, como si no supiera lo que es tener un arma apuntándole a la cabeza en un país extranjero, aquella vez durante la dictadura argentina cuando viajó a Buenos Aires para conocer y escribir sobre el cinco veces presidente ecuatoriano José María Velasco Ibarra, o como si ya hubiese olvidado lo que es no dejar de escribir a pesar de amenazas e intimidaciones. O quizá precisamente por eso, porque lo sabe, porque no olvida.

—Tengo una memoria malísima.

Dice al tiempo que alista el filtro electrónico del primer cigarrillo que encenderá mientras hablamos. Estamos en la biblioteca de su casa, junto a su estudio. Es difícil encontrarse con entrevistas o textos en los que se hable del Pájaro Febres Cordero sin que se lo relacione con su gusto por el cigarrillo y esa forma de hablar tan suya, en la que subraya el significado de las palabras con las manos y exagera las expresiones, seguramente por herencia de su época de teatrero, con las que su rostro complementa el relato.

Le respondo que varias veces me ha sorprendido la claridad con que cita en sus textos detalles y conversaciones que pasaron aun cuando él era niño y que para eso hace falta buena memoria, y entonces corrige.

Dice que su memoria es mala para los nombres y las fechas, y que le cuesta citar textualmente frases de obras y autores que ha leído, como hacen otros escritores, y que lo mismo le pasa con el cine.

—Sí, sí, sí, sí. Tengo buena memoria para lo viejo (para los hechos y acontecimientos que ha vivido). Y con los libros y las películas me pasa una cosa curiosa: mientras estoy en ese ejercicio de ver o leer, entro profundamente en las historias, me involucro, y eso seguramente hace que mi sensibilidad despierte. Pero después me queda solamente un trocito.

El Pájaro nació en Quito, en La Floresta, en 1950. Estudió Derecho en la Universidad Católica. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

La Floresta

Antes de hacer teatro, y aun antes del apodo aviar que le puso un profesor de Educación Física al ver sus piernas flacas, “como de pájaro”, en pantaloneta, el Pájaro se crio en una familia “socialmente de clase alta, pero económicamente de clase media”, me corrige ahora él después de oír las piruetas que hago para señalar su “origen aristocrático”, y me explica que el barrio de su infancia, La Floresta, en Quito, no era en los años cincuenta del siglo pasado lo que es hoy:

—Era un barrio de clase media que empezaba a formarse en los extramuros de la ciudad, que comenzaba a ser parte de Quito, pero todavía lejanamente (…). Un barrio siempre tiene una riqueza interna, conoces gente; pero, a nosotros (a él y sus hermanos), nos privaron de eso. Recién a los ocho o nueve años tuve una bicicleta y pude recorrer el barrio, y fui descubriendo cosas que me fascinaban.

Un salón de billar, por ejemplo, afuera del cual el niño Francisco Febres Cordero se quedaba “oyendo todas las malas palabras posibles” y así pudo “aprender un nuevo vocabulario”. O el Cine Madrid, “donde daban unas películas un poco eróticas” y lograba introducirse “un poco subrepticiamente y ver ese mundo de sexo” que al mismo tiempo le fascinaba y le aterraba. Las tiendas de barrio…

Teatro, de abogado y periodista

Después del colegio Spellman, el ‘Pájaro’ estudió Derecho en la Universidad Católica. No está muy claro si lo suyo con el periodismo se empezó a consolidar en la secundaria, cuando escribía para un periódico estudiantil, o en la Católica, cuando escribía para un periódico mural y colaboraba ocasionalmente y luego, como periodista cultural de planta, en el diario El Tiempo, que por entonces dirigía Carlos de la Torre.

Para esos años, ya había hecho además de aprendiz de abogado en un estudio jurídico y de abogado bancario en un banco internacional, en donde le auguraba “un prominente futuro”, dice, y sin embargo se decantó por dos profesiones mal pagadas: el teatro y, luego, definitivamente, el periodismo.

—¿Por qué?

—Porque creo que obedecí al llamado de mi propia naturaleza. Probablemente mi naturaleza sea una naturaleza creativa. La creación, el descubrimiento de la palabra fue cautivándome (…). Mi entrada a hacer teatro y periodismo ha sido por pasión y por la ventana. Yo nunca estudié periodismo, yo nunca estudié teatro, y fueron esas las primeras pasiones de mi vida.

El Pájaro, en su biblioteca. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

Cuenta, y resalta que hubo un tiempo en el que hizo las tres cosas a la vez: teatro, de abogado y periodista.

—Creo que cuando estaba de abogado seguía haciendo teatro —ríe—, me ponía en un personaje, en un mundo que no me correspondía. 

Y se pone reflexivo sobre lo que aprendió de sus dos primeros editores, “ambos muy buenos”, en el diario El Tiempo. El uno, “rígido, formal, y el otro, más libre”, le permitía escribir de manera creativa, afinar su estilo.

—El Eugenio Aguilar, el papá del Roberto (Aguilar, el periodista político), era un tipo maravilloso, cómo le debo yo al Eugenio la formación que me dio dejándome hacer cosas. Me decía: Francisco, suéltese nomás, usted puede soltarse. En cambio, el otro jefe de Redacción, Miguel Arias, era mucho más exigente en ese sentido. Aprendí de las dos escuelas. De la que te dice que el texto debe hacerse como una pirámide invertida, y del Eugenio, que me decía: no haga caso, no haga caso —dice bajando la voz—. Eso me sirvió muchísimo.

Entonces le dieron su primera columna en El Tiempo; estuvo por dieciocho años en otro periódico que ya no existe, el diario Hoy, y luego en El Universo, en donde su columna llegó a ser una de las más leídas y conocida por dedicarse generalmente a la política y, aun así, no perder el humor.


En la revista Mundo Diners trabajó como director, y ahora es parte del Consejo Editorial. Con la perspectiva que dan los años, el Pájaro no niega que en sus primeros artículos trataba de hacerse el inteligente…

—Escogiendo las palabras más rebuscadas, tratando de hacer cosas “sesudas”, castigando mucho al idioma, aprendiendo, aprendiendo.

—¿Por inseguridad, como todos cuando empezamos?

—Pero eso me sirvió mucho porque fui comprendiendo el lenguaje, y me alucinó. Entonces comencé a despanzurrar el lenguaje. Es como un pintor: un pintor primero tiene que saber dibujar y después, si quiere, puede lanzarse a hacer algo abstracto. Un pintor que no sepa dibujar no es pintor, así como un escritor que no sabe escribir no es escritor. Primero hay que aprender, y las lecturas me han alimentado mucho para eso.

Apunta, y también que ahora está leyendo Los cuadernos de Luis Vives, una novela autobiográfica del español Francisco Umbral, a la que llegó “un poco tardíamente”: la primera edición es de 1996.

Periodismo narrativo

Es obvio que el Pájaro no fue necesariamente el primero en escribir con un estilo personal en los medios, pero sí uno de los que, gracias a su despanzurramiento en el estilo, digamos, abrió si no una puerta, una ventana para esa forma de contar en la que, ya lo dice su nombre, lo primero (y más importante) es el periodismo e inmediatamente después las historias: el periodismo narrativo. Le insisto, sin embargo, con uno de sus temas más recurrentes, aunque no el único sobre el que ha escrito:

—En el blog de Juan Fernando Andrade (escritor y editor adjunto en Mundo Diners), alguna vez leí que usted le había dicho que “lo duro del oficio” les salvó del poder o incluso, quién sabe, de la política. ¿Por qué cree eso?

—Porque yo siempre he tenido un alma política. Desde niño oía por la radio las sesiones del Congreso con mi papá, y la política siempre me apasionó. Probablemente si no escribía, si no encontraba esa tabla de salvación que fue la escritura, mi destino hubiera sido político. Pero la escritura me permitió ver la política con lejanía, con otros ojos, enfrentarme al poder. Siempre he sido contestatario con los distintos poderes, desde que era alumno mi relación con los profesores nunca fue buena. El poder siempre me ha molestado, cualquier tipo de poder.

La biblioteca de su casa, en Conocoto, es uno de los refugios más entrañables para el periodista y escritor. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

Asegura, y para cuando estamos hablando de otra cosa ya he olvidado recordarle que en la escritura y, particularmente en el periodismo, hay también, como decía el tío Ben, un gran poder y una gran responsabilidad.

—¿Pero ha tenido ofrecimientos para cargos públicos o para participar como candidato?

—Pocos, te digo sinceramente, y nunca he aceptado. Nunca. Por eso, porque siempre he creído que el periodista debe ser periodista y siempre periodista. Y si es que vas a un cargo público ya no puedes regresar. No puedes mezclar ambas cosas. Tuve unos pocos ofrecimientos para integrar una lista. Nunca acepté. El periodismo fue lo que me salvó de ese ejercicio.

—Pero hay periodistas que se han metido a la política y han vuelto, ¿no?

—Lo cual me parece a mí, personalmente, mal. Pero hay casos, sí.

Clave de humor

Que fuera sobre todo periodista cultural no le eximió al Pájaro de otros temas. Así pudo entrevistar y perfilar, junto con el también periodista Marco Jurado, al “monstruo de los manglares”: a Daniel Camargo Barbosa.

Y ha cubierto la guerra entre Ecuador y Perú, ya decíamos. Y la vuelta ciclística en Colombia. Y ha hecho crónicas, reportajes, entrevistas, pero es posible que sus lectores lo recuerden sobre todo por sus artículos de opinión escritos en clave de humor. Y él lo sabe.

En uno de sus libros dice el Pájaro que el humor posiblemente lo heredó de su padre. Le pregunto sobre eso, y contesta que de alguna manera sí, que su papá no escribía, pero tenía un muy buen sentido del humor. Aunque también tiene otra teoría:

—Es curioso pero yo descubrí el humor cuando era un niño, leyendo unos libros de Richmal Crompton, esa autora inglesa que tenía un personaje llamado Guillermo Brown, que era un personaje maldito, travieso y tal. Teníamos una colección de unos veinte libros que mi papá nos llevaba, y ahí seguramente descubrí el humor. Que había cómo burlarse de la realidad, que había cómo cuestionarla de una forma distinta.

Afina, y cuando creció cuestionó la realidad con periodismo, artículos y opinión. Incluso a su pariente paterno, al entonces presidente León Febres Cordero, y a los demás gobiernos con los que se cruzó mientras estuvo en el oficio.

Le digo que si alguna vez se sintió como aquel periodista que se burlaba del poder y menciona en su libro Soy el que pude, el “temido Juan sin Cielo” que dirigía la revista La Calle y a veces hería al entorno social del Pájaro cuando era niño.

—Pero muy a pesar mío. Yo nunca me he fijado metas, y me sorprendo cuando la gente me dice que me leía. Nunca lo he buscado, no ha sido mi intención. Yo solo he hecho lo que me ha nacido. Recuerdo el primer artículo con humor que escribí en el diario Hoy. Estaba escribiendo y mis dedos casi se fueron moviendo solos, y de pronto me fue saliendo, y me divertía, y entonces como me divertía seguí haciéndolo. Al final no podía creer que había hecho un artículo con humor. Como te digo, yo no soy un tipo cerebral sino más bien visceral. Entonces, me salió.

—A veces más que lo que quiere el autor es lo que pide el texto, el mismo texto es el que guía…

—Sí, pero en mi caso no me pedía el texto, me pedían las vísceras —dice—. Después sí, claro, ya veía por dónde van los tiros. Pero tampoco es que tenía una regla de escribir todo con humor.

El Pájaro durante su rutina de escritura. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

Cuando el expresidente Velasco Ibarra vivía en Argentina, el Pájaro fue a verlo para escribir sobre él y, según cuenta en el ya citado Soy el que pude, el carro en el que iba se quedó dañado afuera de un cuartel en el que, por seguridad propia y militar, estaba prohibido detenerse.

Era un momento político convulso, en el que los militares disparaban por menos que eso y en el que le pusieron una ametralladora en la sien izquierda antes de preguntarle, a él y a la esposa de Velasco, qué hacían allí. Se salvó de la muerte, arguye en su obra, debido a la expresión de pavor con la que regresó a ver al militar que le apuntaba.

Sospecho que el humor del ‘Pájaro’ funciona porque es sencillo e inteligente, porque se ríe de sí mismo, sin corrección política, y no trata de hacerse el héroe. Otra vez cuenta que, durante el gobierno de León Febres Cordero, había recibido amenazas telefónicas anónimas por sus artículos políticos y en una ocasión llamaron en la madrugada a su casa, cuando él y su esposa, Catalina Pallares, dormían.

Pájaro, hijueputa —gritaron del otro lado del teléfono.

Escribió el Pájaro’. A lo que su esposa, “semidormida”, habría reaccionado pasándole el auricular:

—Paquito, es para usted.

A sus 72 años, el Pájaro no está muy seguro de la cantidad de libros que ha publicado y ni hablar del número de sus columnas y artículos en periódicos y revistas. Le recuerdo que deben ser unos veinte libros, y él responde que no tantos, que habría que hacer un barrido porque de todos solo hay algunos que, una vez pasados los años, le importan. Le pregunto cuáles, y se pone de pie para buscarlos o señalar su ubicación en la biblioteca donde ya hemos conversado poco menos de dos horas. Improvisa:

—Bueno, me importa Alpiste para el recuerdo, Soy el que pude. El otro día redescubrí un libro mío que me gustó, Los enfermos somos gente sana. No sé, me importa El duro oficio, (una biografía) que habla de Alfredo Pareja Diezcanseco; Pasiones de un hombre bueno (en el que habla sobre el abuelo de su esposa, Benjamín Carrión). Un libro que también me gusta es el del (pintor) Miguel Varea, Pluma y murmullos. Me gusta mi novelita, Fatiga. Me gusta este cuentito (para niños) Amalia, y así.

Me regala cinco libros de su autoría y me pide que, si voy a leerlos, lea un par con cuidado porque hay algunos que quizá debería sentarse a corregir, dice.

En la sala de su casa se destaca un retrato que le hizo el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

La maravilla de perder el tiempo

En 2021 el ‘Pájaro’ renunció a la dirección de la revista Mundo Diners, para dar paso a la transformación digital que se hizo necesaria, para todos, durante la pandemia. A mi pregunta sobre si extraña el periodismo, contesta con un contundente e inesperado “para nada”.

Es que su vida ha sido desprenderse, dice. Y es que además tampoco fue algo abrupto, sino más bien por etapas, dice. Algo paulatino. Del “febril periodismo de diario” y el columnismo pasó al periodismo de revista y el columnismo, y ahora que ha dejado ambos se siente mucho más tranquilo porque ha aprendido “esa maravilla de perder el tiempo”. Dice:

—Dejar ese periodismo de columna me representó un alivio increíble, porque vivía bajo la presión del tiempo, sometido a los acontecimientos del país, lo que me obligaba a comenzar a oír la radio a las cinco de la mañana para sintonizar las primeras noticias, oír los noticiarios, leer todos los periódicos, seguir al mediodía la información en televisión, etcétera. Y por la noche igual. Sí, era un artículo, a veces dos semanales, pero el tiempo que dedicaba a entender el tema era mucho. Entonces, el momento en el que me despedí de eso sentí que me había aliviado de un peso, del peso de sentir el acontecer diario con tremenda intensidad.



Video: Xavier Gómez Muñoz. Edición: Andrés Camacho.

Su tiempo ahora lo distribuye entre el jardín de su casa, sale a caminar con su esposa en las mañanas, lee y relee “sin la presión del periodismo cultural”, mira películas y series, se informa principalmente en dos medios impresos, un medio digital y un portal de opinión.

En la tarde, “luego del cafecito”, suele recibir la visita de sus nietos. Y en la mañana, hasta cuando llega la hora del almuerzo, escribe muchas veces primero a mano y después pasa a limpio y corrige en lo que él llama “la máquina”: su computadora de escritorio.

No esconde que no le gustan las tecnologías digitales y que, aunque le abrieron una cuenta en Twitter, solo la usa para “entrar un ratito y ver las puteadas”, y agrega que no entiende las redes sociales.

Me cuenta además que está escribiendo dos libros y que puede hacerlo a la par solo porque las temáticas son totalmente diferentes. Pero, como García Márquez en su momento, no quiere decir sobre qué, para evitar la mala suerte.

—¡Nada, no te voy a decir!

En el jardín de su casa, al que cuida con esmero junto con su esposa. Fotografía: Xavier Gómez Muñoz.

Reímos ante la repregunta (y la re-respuesta) de rigor. No es optimista frente a la política actual nacional ni mundial, ni ante los “líderes políticos de pacotilla” que hay en el mundo y son muchos, “unos putines cualquieras”, ni en cuanto al populismo, la corrupción, “la violencia que es sobre todo producto del narcotráfico”, el consumismo y lo que llama “una deshumanización del ser humano” influenciada por la búsqueda de dinero sin valores, las tecnologías de comunicación y tantas pantallas, ni frente a la guerra o el futuro de los problemas ambientales.

—Y a pesar de eso, le veo en una etapa bastante feliz. ¿De dónde salen las fuerzas que le motivan a levantarse por la mañana, a tener proyectos de escritura?

Yo creo que hay un factor en mí que ha sido gravitante, aunque puede sonarte muy cursi, y es el amor. Yo soy un tipo muy sensible hacia el amor. Muy sensible, muy sensible. Entonces ese es mi reducto, un círculo familiar en donde el amor es gravitante. Eso me hace muy feliz, porque encuentro amor en los que me rodean. En mi familia, mis (dos) hijos, mis (cinco) nietos. Y eso me llena, me complace, me tranquiliza.

Pese a lo que pasa afuera. 

Antes de volver a la calle y, aunque tampoco me animo a decírselo, a mí me tranquiliza en cambio ver que se puede algún día dejar de correr y vivir tranquilo y, sobre todo, con dignidad. Aunque se haya sido pájaro de cielos tormentosos. Aunque se haya optado por no quedarse callado. Por mejor reírse de los males e injusticias que son para llorar.