Cultura urbana

Nuevas paternidades. El gran reseteo de la paternidad

Nuevas paternidades
Ilustración: Gabo Cedeño.

Carlos Logroño tiene 50 años, es periodista y está casado desde hace trece años con Susana Farías, también comunicadora social. Ambos tienen tres hijos: Sofía, de 12 años; Melissa, de 9, y Nicolás de 7. 

Carlos es quien se encarga del cuidado de sus hijos y de las tareas del hogar desde que las puertas del diario en el que fue editor general durante diez años se cerraron.

—Yo me encargo de la parte operativa y mi esposa de la parte económica —dice sin que en sus palabras asome una brizna de rubor o un átomo de lamento. 

Su jornada empieza cuando a la lobreguez de la noche le sucede el resplandor del día. Despierta a sus hijos, hace las loncheras y alista el desayuno.  

—Lo único que no hago es peinar a las niñas porque mi esposa lo hace mejor que yo —matiza. 

A continuación lleva a sus hijos a la escuela. 

—Ayer fue un día pesado porque Melissa está aprendiendo la prueba del 9 y hay que tener paciencia —se apura a decir. 

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Carlos Logroño, periodista, se ocupa del cuidado de sus hijos. Para él es un privilegio poder atenderlos. Fotografías: Susana Farías.

Cuando vuelve a casa, su esposa  tiene listo el desayuno y aprovechan ese instante para planificar el día y ponerse al tanto de las últimas novedades, las concernientes exclusivamente a la familia y aquellas que son menos próximas, como las vinculadas a la realidad del país. Posteriormente, a las nueve de la mañana, Carlos traslada a su cónyuge al trabajo. 

Cuando regresa, barre, trapea, limpia su casa… Los lunes, miércoles y viernes, pone la ropa en la lavadora. Además está informado de todas las ofertas que realizan los supermercados, de ahí que destine los miércoles a la compra de legumbres. 

Antes del mediodía empieza a cocinar, luego coloca los alimentos en varios tuppers y los lleva consigo al colegio de sus hijos.

—Los niños almuerzan en el auto porque Melissa y Nicolás salen a las dos de la tarde; mientras que Sofía, la mayor, a quien debemos esperar, se desocupa a las dos y cuarenta y cinco. 

Al retornar a casa, los niños se duchan. Carlos, por su lado, lava las loncheras, friega los tuppers y revisa las tareas que deben realizar los chicos.  

A las seis y media vuelve a salir. Esta vez para recoger a su esposa. 

En el trayecto de ida y vuelta tarda alrededor de dos horas, de modo que llega a su vivienda, ubicada en la urbanización La Joya, a eso de las ocho y media de la noche. 

Inmediatamente, el hombre de la casa calienta la comida, que ha dejado previamente preparada, y se sienta a la mesa a cenar con su familia. 

 Cuando llegan las nueve de la noche se desentiende de las labores domésticas y sale a hacer deportes. 

—De nueve a once es el tiempo que dedico para mí: juego voleibol o fútbol, vuelvo a casa, me ducho, veo un poco de televisión y duermo. 

Carlos dice que le gusta lo que hace, no porque sea fácil sino porque siente que es un privilegio cuidar y cultivar a sus hijos. 

—Me hubiera perdido todo esto si trabajara para algún medio de comunicación. Vi el paso de mi niña a señorita, he vivido la paternidad a plenitud. 

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Para Carlos, muchos padres se rehúsan a la crianza plena de sus hijos porque han sido formados con la idea de que están exclusivamente para proveer, por ello se pierden una etapa importante de la vida de los niños.  

Tiene un vehículo en el que podría ofrecer el servicio de Uber, pero eso significa pagarle a una persona para que se encargue del cuidado de sus hijos. En ello gastaría alrededor de 500 dólares, además tendría que pagar el servicio de expreso para sus tres niños. 

Si a eso se sumara lo peligrosa que está la ciudad de Guayaquil para ejercer la función de taxista, la ecuación no resultaría redituable, más aún considerando que él se preocupa de que los niños consuman alimentos sanos y se ocupa de que cumplan con rigor sus tareas escolares. 

Admite eso sí —en su trabajo tenía un sueldo que le permitía algunos lujos— que echa de menos contar con suficiente dinero para permitirse ciertos caprichos.  Y aunque consiguiera un trabajo estable —manifiesta— no piensa dejar de lado sus obligaciones como padre. 

Carlos sabe que a Melissa le gusta el atún con papas fritas, a Sofía el moro con carne y a Nicolás el puré con pollo apanado. 

Los mima cada vez que puede, sin embargo, acepta que son más pegados a su madre. 

—Susana me entiende sobre todas las cosas, ha sido una buena esposa, una inmejorable amiga, una comprensiva compañera; me ha sabido apoyar y eso es importante para mí. Formamos un equipo en el que todos somos importantes.

Para Carlos, muchos padres temen a la crianza de los hijos porque han sido formados con la idea de que están para proveer, por ello se pierden una etapa bonita en la vida de los niños.  

—Yo tengo el privilegio de educarlos y atenderlos; puede que haya padres que tengan la dicha de tener un trabajo en el que sean bien remunerados pero no pueden disfrutar de sus hijos. Hay que dejar de lado esos estereotipos, esos prejuicios que confinan a las madres en la cocina. Yo lo afronto con responsabilidad y alegría. Quizá mañana sea mi esposa quien se quede sin trabajo y  deba ser yo la persona que se encargue de traer el pan.   

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Sofía, Melissa y Nicolás son los hijos de los periodistas Susana Farías y Carlos Logroño. Somos un equipo en el que cada uno es importante, dice Carlos de su familia.

Resignificando la paternidad  

Para el doctor en psicología clínica Wagner Villacís, terapeuta familiar y magíster en gestión y desarrollo social, la nueva paternidad es un concepto que amplía la paternidad de una visión tradicional u ortodoxa, a una visión mucho más amplia, contextualizada al momento en el que vivimos, reconociendo que existen elementos nuevos y la necesidad de incluirlos. 

La nueva paternidad es la redefinición del modo como se ejerce la masculinidad y, por consiguiente, la manera de ser padre.

Le consultamos al doctor Villacís si incide en la falta de compromiso de los padres el que a los niños varones se les regale pelotas o carros y nunca un muñeco de brazos con el que puedan despertar su instinto paternal. 

Él responde que todo tiene que ver con el modelo tradicional de crianza, donde los roles están muy marcados. 

—Los padres van moldeando a sus hijos desde que son pequeños sin un proceso previo de reflexión porque se da por hecho que la atención y el cuidado son de exclusiva responsabilidad de las madres. Se introduce a los niños en los roles masculino o femenino: qué es adecuado o qué no es adecuado. Incluido el juego: cómo, con qué, dónde y con quién juegan. El juego es importante para el desarrollo de la personalidad del niño y estas actividades lúdicas —carritos, muñecas, pelotas— se van convirtiendo en sus contenidos psicológicos. A ello se suman los modelos que pueden ver de parentalidad (relación con los padres) y de conyugalidad (relación entre papá y mamá, entre abuelos, tíos, etc.). 

Destaca además que cuando se deja a un niño o una niña jugar libremente, ellos eligen los juguetes sin discriminar el género. Es decir, la naturaleza no los orilla a elegir un tipo de juego específico.  El niño toma lo que está a su alcance, y eso es mucho más sano, asegura, porque le permite crecer con unos contenidos psicológicos más flexibles respecto a las interacciones y a las prácticas.  

Para el doctor en psicología clínica Wagner Villacís, terapeuta familiar y magíster en gestión y desarrollo social, la nueva paternidad es un concepto relativamente nuevo que debe ser apuntalado.

Desmarcarse de los roles

Según Villacís, es importante para los padres empezar a construir ideas diferentes acerca de su rol, por eso hay que trabajar en ellos cuando son jóvenes.

—En nuestro medio todavía existen una serie de mitos alrededor de la expresión emocional, del afecto, del cariño, del amor, del reconocimiento, de la valoración; también de la forma de vivir el miedo, la ira, la tristeza. Cuando ejercemos la paternidad transmitimos a nuestros hijos modelos de conducta, de manera que podríamos generar situaciones incompletas, por eso es necesario que los padres entiendan que su comportamiento va a ser decisivo en el modelo de construcción de sus hijos.  

La escena en la que una madre es conminada por su marido a darle el biberón pronto al bebé para que deje de llorar es la representación clara y manifiesta de la falta de corresponsabilidad paternal.  

Al respecto el doctor señala que muchos padres creen que al cumplir su rol de proveedores no tienen más obligaciones, por ello cuando llegan a sus casas descansan de su rol y se ciñen a “ayudar” en lo que pueden, sin considerar que parte de su rol es también el cuidado de los hijos. 

Ante esta tesitura no es difícil inferir entonces que muchos padres se deslinden de su responsabilidad de compartir las tareas del hogar porque piensan que el cuidado del niño es deber de la madre.  

El psicólogo aclara en este caso que en las nuevas paternidades el embarazo es algo que les compete a los dos, padre y madre. 

Gestación e involucramiento  

Para la terapeuta familiar, María Dolores Proaño, la implicación del padre en los meses de gestación del niño es crucial para desandar el rol históricamente asignado al hombre. 

Según Proaño, la madre al formar dentro de su cuerpo al nuevo individuo, se nutre de ese nexo y se favorece de esas sensaciones y emociones irreemplazables; el padre, en cambio, necesita de factores externos para entender el desarrollo de esa vida, por ello es importante que acompañe al médico a la madre, palpe su vientre, observe las ecografías del bebé y escuche los latidos de su corazón; sólo así sentirá que lo que está en camino es un ser vivo y parte de su ser. 

Este involucramiento, aclara la terapeuta, permite al padre sentirse cercano al individuo que se está gestando, lo que posibilitará una conexión y el surgimiento de los sentimientos paternales.

—Es tan importante la cercanía física, que seguro cuando el bebé nazca, no encontrará en el padre el pecho que lo amamante, pero ciertamente hallará a alguien predispuesto a cambiarle un pañal. 

Para María Dolores Proaño, terapeuta familiar con diplomados en psicología forense, obesidad infantil y trastornos mentales, el padre debe involucrarse en el desarrollo del niño desde que está en gestación.

Otra cosa importante para la experta en familia es que la criatura aprende con el padre lo que significa el amor condicionado a reglas y disciplina, y ese complemento, con el de la madre —que brinda un amor incondicional— es sano para su crecimiento, pues debe comprender que hay que trabajar para obtener logros, que no se puede dar todo por sentado.

Por eso las licencias por paternidad son tan importantes, remarca.  

También expresa que los juguetes tienen una función importante en la percepción del niño /a, con respecto a los roles de hombre-mujer o padre-madre que se debe considerar. Los almacenes tienen secciones de niñas que se encuentran  llenos de un sinnúmero de juguetes que están vinculados con las labores de servicio, mientras que en la sección de niños abundan los juguetes asociados con la creatividad y la competencia. 

—Desde ahí nace lo que se enseña y aquello puede incidir negativamente porque asumirán roles que se pueden tornar inamovibles en la adultez.   

Mandato de masculinidad 

“Heeeeee… let’s go”, grita pletórico de alegría un individuo que se encuentra sentado en una tribuna del acuario SeaWorld, en Florida. Las personas que le rodean, testigos de la misma escena que ha causado furor en el hombre, aplauden con gran entusiasmo.   

Todos ellos aparecen en un video en el que se puede ver cómo un mimo educa a un padre. 

En la grabación, que tiene más de doce millones de visitas en TikTok, una mujer camina con su hijo en brazos y una mochila en el hombro. Detrás de ella, camina el papá del niño. El mimo se acerca a ellos y recurriendo a su habilidad para decir todo sin decir nada, le quita la mochila a la mujer y la coloca en el hombro derecho del hombre. 

Al despistado papá no le queda otra alternativa que sonreír. Todos los presentes aplauden.

La escena, que no forma parte del espectáculo pero que parece haber sido sacada de una película muda, y en blanco y negro, sirve para adentrarnos en el mandato de la masculinidad.

Según estudios publicados por el antropólogo David Gilmore en Hacerse hombre: concepciones culturales de la masculinidad, los hombres deben cumplir cuatro mandatos en todas las sociedades para ser considerados “verdaderos hombres”: ser proveedores, ser protectores, ser procreadores y ser autosuficientes. 

Debido a estas exigencias, muchas veces se sienten autorizados a ciertas prerrogativas sexuales, a conductas de abuso y de poder sobre las decisiones económicas. 

La antropóloga argentina Rita Segato, quien ha estudiado a profundidad el mandato de masculinidad, manifiesta que ciertos hombres, para gozar del prestigio masculino frente a sus pares, son obligados a hacer lo que no tienen ganas y a veces a no hacer lo que tienen ganas, por ello la primera víctima del mandato de masculinidad es el hombre.   

—Para que un hombre salga de allí debe estar muy seguro de su masculinidad y los varones inteligentes intentan desplazarse hacia afuera de ese mandato por varios caminos.

Es probable que el hombre del video que camina orondo en SeaWorld, como si anduviera solo y no con su familia, sea víctima del mandato de masculinidad. 

Pero Segato lo explica mejor, de ahí que decidamos parafrasearla: “el hombre tiene un miedo muy arraigado a perder su masculinidad ante otros hombres y para ser parte, para no quedar fuera de esa hermandad, puede llegar a exacerbar su narcisismo”.