Cultura urbana

Guillermo Rodríguez: “Para desarrollar un estilo propio, hay que tener personalidad”

Guillermo Rodríguez Pintores ecuatorianos pintura abstracta
Ilustración: Manuel Cabrera.

En las calles adoquinadas de Quito, donde los susurros del pasado se mezclan con la energía del presente, emerge la historia de Guillermo Rodríguez, un artista plástico cuyo lienzo se ha tejido con fibras de determinación, influencias familiares y una búsqueda constante de identidad en el vasto y competitivo universo del arte.

Nacido en esta ciudad andina, su vida y obra están entrelazadas en una historia que revela las luces y sombras que lo han enfrentado a sí mismo.

El telar de la vida de Guillermo Rodríguez fue tejido desde su más tierna infancia.

Separado del seno del hogar por el divorcio de sus padres cuando apenas tenía un año, encontró refugio y guía en sus abuelos, maestros de la vida y los negocios.

Fue criado en ese entorno, inmerso en la riqueza de las texturas y colores que traían consigo los casimires importados y su comercialización.

Así aprendió a valorar los objetos realizados a mano, las piezas únicas y la dedicación que se esconde detrás de cada creación.

Entre los hilos de esta historia, se presentó otro personaje clave: su primo Carlos Gardel, un comerciante de obras de arte. Carlos no sólo compartía la sangre, sino también una pasión ardiente por el arte en todas sus formas.

Fue Carlos quien le presentó a maestros consagrados de Ecuador, como Gilberto Almeida, Oswaldo Viteri, Eduardo Kingman y Oswaldo Guayasamín:

Cada pincelada, cada trazo de estos titanes resonó en Guillermo.

Pero en él ya se había tejido la determinación de encontrar su propia voz.

“Don Quijote”. Fotografías: Guillermo Rodríguez.

Desafiar la comodidad de la imitación

“Para desarrollar un estilo propio, hay que tener personalidad”.

Estas palabras de Guillermo Rodríguez resuenan con un eco poderoso en su travesía artística, una que se atreve a bucear en las aguas inciertas de la originalidad, mientras prefiere apartarse del camino seguro y tentador de la imitación.

En un mundo donde los grandes maestros ecuatorianos iluminaban su horizonte creativo, Guillermo tuvo una elección crucial que hacer.

La facilidad de replicar sus técnicas, de emular sus pinceladas, estaba al alcance de su mano.

Sin embargo, Guillermo tomó una senda más desafiante, una que requería introspección y valentía: la exploración de su propio estilo artístico.

Este artista, cuyo corazón latía en consonancia con las obras de los maestros que frecuentaba junto a su primo Carlos Gardel, tomó el rumbo menos transitado.

Cada trazo, cada experimento, se convirtieron en un acto de revelación de su cosmovisión interna.

Las críticas que pudieron llegar a ser mordaces no fueron motivo para que cambie de rumbo. Más bien, actuaron como un impulso.

En un universo donde la abstracción es su paleta y la mezcla de colores, puntos y líneas su lenguaje, Guillermo Rodríguez pinta su historia.

Sus obras no sólo son pigmentos en un lienzo, sino destellos de su personalidad intrínseca. Las formas abstractas se convierten en ventanas hacia su alma. Cada combinación de colores es un destello de su individualidad.

“Platanera”.

Quienes observan sus obras son testigos de su viaje, invitados a un mundo sofisticado donde la estética es una danza y la abstracción una comunicación que va más allá de las palabras.

Las creaciones de Guillermo evocan una respuesta visual y también la inmersión en una experiencia sensorial y emocional.

Las vivencias de Guillermo Rodríguez son una guía para los que ansían dejar su marca en un mundo saturado de influencias externas.

Su valiente elección de forjar un camino propio, de desafiar las expectativas y de enfrentar las críticas, es un testimonio de que en la autenticidad se encuentra la esencia de un creador:

La personalización de los materiales

El estilo abstracto, con sus formas en constante metamorfosis, se convirtió en su medio de expresión. Esta elección no fue casualidad.

Sus investigaciones y su instinto le indicaron que el arte abstracto encontraba eco en Europa, un continente donde las mentes curiosas y las miradas abiertas abrazaban esta forma de expresión.

Los acrílicos, con su versatilidad, se convirtieron en su herramienta preferida. Más allá de las paletas tradicionales de óleo, descubrió que los acrílicos le permitían crear sin restricciones.

La toxicidad de los óleos quedó atrás en favor de una libertad creativa que no conocía límites.

En su pequeño rincón de inspiración, con los acrílicos, podía plasmar sus pensamientos y emociones en cualquier momento del día.

Los dorados y plateados, propios de la gama de acrílicos, son colores recurrentes en sus lienzos y que además, según sus propias palabras, “aportan brillo y luz” a sus creaciones, dándoles personalidad y ese sello propio tan importante para Guillermo:

“Destellos de Luz”.

La elegancia es un arte”

Para nuestra entrevista, Guillermo me recibió en su departamento, ubicado en el norte de Quito, donde instaló además, un taller de pintura y la exposición de sus obras.

Se presentó con un refinamiento que resalta su compromiso con la excelencia en todos los aspectos de su vida. “Mi imagen es parte de mi marca personal, mi carta de presentación”.

Sobre un guardapolvos negro de gabardina que emanaba elegancia y sobriedad, lucía una camisa blanca.

Una corbata negra y un saco de casimir con delicadas rayas verticales añadían sofisticación a su atuendo.

Sus medias grises y zapatos perfectamente lustrados e impecables, hablaban del cuidado y la atención al detalle.

En su muñeca izquierda lucía un reloj dorado, más que un simple accesorio, es una declaración de principios. El tiempo, meticulosamente controlado, “es un aliado en la gestión de mi trabajo”.

Y es que para Guillermo Rodríguez, la presentación personal no es una cuestión relegada al azar, sino una extensión de su compromiso con la excelencia.

Es un recordatorio constante de la meticulosidad expresada, no sólo en sus obras de arte, sino también en cada aspecto de su persona.

“El valle de los delfines”.

Como embajador de sus propias creaciones, Guillermo recalca que su imagen y presentación personal son detalles indispensables a la hora de comercializarlas.

La herencia por la búsqueda de lo estético, inculcada en Guillermo Rodríguez por las generaciones que lo precedieron, perdura en la actualidad como un hilo dorado que teje su vida y se plasma en su obra.

Más que una herencia. Autodeterminación

“Mi inspiración se nutre de los pequeños detalles del día a día”.

Guillermo Rodríguez personifica la fusión de tradición y modernidad, donde el cuidado en la presentación personal, es tan importante como la creatividad y el estilo propio.

Desde el gusto por la comercialización de casimires que heredó de sus abuelos, hasta las formas abstractas en acrílico salpicadas de dorados y platas, las elecciones y trazos son testimonio de la búsqueda incansable de un individuo para encontrar su esencia y tener el coraje de apropiarse de ella y plasmarla.

En Guillermo, el ADN de los abuelos se entrelaza con su visión contemporánea, creando una constelación que refleja la inclinación por lo sobrio y elegante.

Con cada pincelada, Guillermo continúa tejiendo su historia. Una historia que invita a otros a desafiarse a sí mismos y encontrar su paleta de colores en el lienzo en blanco que nos ofrece la vida.

3 comentarios

  1. Excelente como persona primeramente. He seguido su arte y su vida artística de un poco tiempo acá y nunca dudé de un talento propio en el espíritu y alma de mi amigo Guillo como lo conocemos. Un honor y orgullo precisamente de ser su amigo y por ende le deseo éxitos y siga entregando al mundo, a la vida a sus admiradores la valía de su gran arte, que en lo personal aprecio y creo entenderlo bastante en su mensaje y expresión. Abrazos y bendiciones querido amigo.

  2. UN GRAN HOMBRE, HIJO, PADRE Y MAGNÍFICO PINTOR, UNA MUESTRA MÁS DE QUE LA EDAD NO ES UN IMPEDIMENTO PARA SER EL MEJOR.
    EXITOS Y BENDICIONES.

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