En diciembre de 2022, una autora que firma como Machángara's Lilith escribió en la sección Sirenas tres relatos sobre el deseo de mujeres quiteñas. Una estudiante baila sola en un concierto de rock en la Politécnica hasta que unos ojos color miel la encuentran; una mujer recién divorciada vuelve a ver a su ex en una noche de salsa y cerveza.
El seudónimo junta dos cosas que incomodan. El Machángara es el río que atraviesa Quito cargando lo que la ciudad prefiere esconder; Lilith, en la tradición judía, es la primera mujer de Adán, la que se negó a someterse y abandonó el paraíso. La serie empezó el 1 de diciembre con «Te espero en mi habitación»; estas son la segunda y la tercera entrega, en orden de calendario.
15 de diciembre de 2022: ¡Pareces Medusa!
Bagre, 15 de diciembre de 2022.

Es la tarde de un sábado de diciembre. El clima en Quito está sobre los veinte grados centígrados. El viento se pasea por la ciudad como un niño somnoliento y cansado, después de un largo día de juerga.
Llevo poca ropa —la justa—. Un jean azul índigo desteñido y un bividí negro. Mi cabello, largo, luce desordenado y libre. El viento juega con él y a ratos me tapa el rostro.
La cerveza helada se convierte en un aliciente que mitiga el calor y la sed. Pero su precio es excesivo para mí. Apenas soy una estudiante de universidad que guarda lo que le sobra de la mesada diaria.
La Politécnica está invadida de jóvenes rockeros. Chicos y chicas vestidos con atuendos negros: camisetas de sus bandas favoritas, chaquetas de cuero con adornos de hebillas y tachuelas, botas con puntas de acero.
Sobre la cancha de verde y cuidado césped se ha instalado un escenario que acoge a un grupo de rock anónimo, casi desconocido. Interpreta covers de bandas famosas: Black Dog, Come Together, People are Strange, Paranoid, I Was Made For Lovin' You, Thunderstruck.
Bailar se vuelve indispensable. Es imposible no dejarse llevar por la música; estoy poseída. Bailo sola, me pierdo entre la multitud, muevo mi melena, me siento infinita, como un pájaro al que le abrieron la puerta de la jaula y no sabe qué hacer con tanta libertad. La banda sobre el escenario toca Paranoid de Black Sabbath. Coreo a voz en cuello:
I need someone to show me
The things in life that I can't find
I can't see the things that make
True happiness, I must be blind
De pronto siento una mirada sobre mí. La busco. Me encuentro con unos ojos color miel, grandes, que parecen devorarme.
Examino al dueño de esos ojos. Tiene unos veinticinco años, es alto y delgado. Su tez es blanquecina, de páramo y montaña; su cabello, corto y lacio. Viste como rockero (obvio, se regodea en un concierto de rock): chaqueta negra con metales, camiseta con un estampado de Kiss y pantalón de cuerina. Me sonríe con una mueca mientras fuma un cigarrillo y me mira sin disimulo ni recato.
Se acerca y comienza a bailar conmigo. Me pasa su cigarrillo y en su rostro se dibuja una sonrisa pícara. Muy pícara. Es un cazador consumado. Yo le sigo el juego y bailamos sin parar, una canción tras otra.
La banda termina su presentación. Se hace el silencio. Quiero ir a donde están mis amigas. Él toma mi mano y no me lo permite. Se acerca a mi oído y me dice: “espera, ya viene otra banda”. No nos miramos.
Estamos tomados de la mano, con nuestros cuerpos en dirección al escenario. Estoy nerviosa, pero no lo demuestro. No quiero que sepa que soy “noria”, “popera”. Aunque algo me dice que lo sabe. Y de sobra.
La música vuelve a sonar. Toca otra banda que hace covers. Ahora es el turno de Black Dog. Los dos cantamos y bailamos juntos:
Hey hey mama said the way you move
Gonna make you sweat, gonna make you groove
Ah, ah, child, way you shake that thing
Gonna make you burn, gonna make you sting.
Me mira a los ojos de forma pícara, toma mi largo cabello, lo extiende a los lados y dice:
—¡Pareces Medusa!
Lo miro con intensidad, sin pestañear. Pero no se queda petrificado:
—Entonces, ¡conviértete en piedra!
Se ríe. Me mira como un cazador que acecha a su presa. Siento un frío que recorre mi cuerpo y me paraliza. Sé que estoy en peligro. Pero una parte de mí quiere vivir ese peligro, entregarse sin reservas, sin miedo, sin condiciones.
Se acerca más. Intenta besarme. Bajo la cabeza y lo esquivo. Me sorprende: en los cuentos de amor romántico que embotan mi cabeza, y son el único referente que poseo, hay un solo y único beso de amor. Y entonces ¿por qué este desconocido quiere besarme?
No encuentro respuesta a mi pregunta. Tampoco puedo pensar, razonar. Las emociones son más rápidas, cual gacelas que corren en la sabana africana. No puedo atraparlas. Menos controlarlas.
Me pide mi número de teléfono. Se lo recito, como una autómata. Lo guarda. Me mira y de nuevo intenta besarme. Bajo la mirada y vuelvo a esquivarlo. Pero no me siento a salvo. En realidad, ¿quiero ponerme a salvo?
Se acaba el concierto.
Anochece.
Voy a mi casa.
Rezo la novena con mi familia.
Canto villancicos.
Quemo palo santo.
Picoteo galletas de animalitos.
Suena mi teléfono. Es él:
—Hola Medusa, estoy cerca de tu casa. ¿Quieres salir a tomar unas cervezas?
—No me dejan salir de noche.
—Bueno, veámonos mañana, ¿a qué hora voy a verte?
No me doy cuenta de que no espera a que le diga si acepto su invitación. ¿Me interesa darme cuenta?
—A las diez de la mañana.
—Okay, ahí estaré…
Al día siguiente llega a la hora pactada. Me lleva a su casa. En el camino me besa. Ya no me resisto. Estoy preocupada. No quiero que sepa que nunca me han besado y que no sé besar.
Vive solo, es un estudiante de Artes Plásticas de la Universidad Central venido de provincia. Para ser estudiante y tan joven, hace gala de demasiada experiencia y soltura. Y yo una inexperta en todo.
Pone música. Sui Generis. Baila a mi alrededor. Me canta:
Te encontraré una mañana
Dentro de mi habitación
Y prepararás la cama para dos…
Me besa. Su lengua es como la de un cabello de Medusa, como la de una serpiente. Se enrosca en mi boca. Siento que me clava su veneno. No me resisto. Me desnuda. Despacio. No hay prisa. Me guía hasta un mueble…
Sus manos expertas recorren mi cuerpo, lo acarician. Saben, de forma exacta, dónde y cómo tocarlo. Yo me excito, gimo. Él sonríe. Hay malicia en esa sonrisa. Y en su mirada que me hipnotiza. Se desnuda. Lo miro. Me asusto. Disimulo. Nunca había visto a un hombre desnudo.
Se pone encima mío y me penetra. Se mueve como un caballo salvaje dentro de mí. Presiento que va a destrozar mis entrañas. Siento que es demasiado grande, que me hace daño. Se lo digo. Parece que no me escucha. No se detiene. Se mueve más rápido.
Luego se queda inmóvil. Se baja. Yo lloro en silencio. No sé si no se da cuenta o no quiere darse cuenta.
Va al baño. Vuelve vestido. Yo sigo desnuda. No paro de llorar.
Me abraza. Me acaricia el cabello:
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? Acaso…¿no querías?
Me quedo callada. No quiero que sepa que es mi primera vez. Y que no estoy segura de si quería.
Recoge mi ropa del suelo y me viste. Se saca su chaqueta negra de rockero. Me la pone. Me queda grande:
—Llévatela. Para que cuando la uses, sientas que estoy cerca de ti.
Yo la huelo. Percibo su olor. Pero no sé cómo describirlo. Solo sé que me causa mareo y no me deja pensar.
Me trae una cerveza helada. Me enciende un cigarrillo. Sigue acariciando mi cabello. Besa mi cuello con ternura. Poco a poco recupero la calma.
Se sienta en su escritorio. Toma una cartulina y un carboncillo y me dibuja con los cabellos de Medusa. Me la entrega. La guardo en mi cartera.
En mi cabeza, las princesas de los cuentos de hadas están ahogadas, creo que ni ellas sabían qué les esperaba. Guardan silencio. Percibo que tienen miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo al sexo. Miedo a las relaciones. ¿Miedo al "amor"?

29 de diciembre de 2022: Desliz en la noche eterna
Bagre, 29 de diciembre de 2022.

Me había divorciado hace tres meses. El matrimonio apenas duró año y medio.
Los problemas eran de todo tipo. Él, con frecuencia, regresaba a casa al otro día, porque se emborrachaba con sus amigos. En otra ocasión vi polvo blanco en su nariz. Sus ojos estaban desorbitados, la mirada ausente. No le reclamé.
La gota que derramó el vaso fue verlo con una chica, abrazados y besándose.
***
Qué extraño resultaba ponerse como prioridad y amarse sobre todo y sobre todos. En mí no existía la materia prima para hacerlo.
Pero esto, ¡no! ¡No pude soportar su engaño ! Algo en mí se rompió y explotó como el trueno en medio de una tormenta:
—¡Eso no le puedes perdonar! Esta no será la última vez. Vendrán muchas más.
Le dije que se vaya de la casa y no vuelva más.
Sus ruegos y pataletas duraron casi un día entero. Pero no cedí.
Lloré hasta que me abandonaron las fuerzas, como un títere al que le sueltan los hilos. Me quedé dormida sobre la baldosa del suelo de la cocina. Desperté, porque el frío se coló por todas las partes de mi cuerpo, haciéndome tiritar. “¡Ah, vaya. Todavía estoy viva!”, pensé con ironía.
Decir que me recuperé, sería mentir. Vivía como un autómata. Hacía las cosas de forma mecánica. ¿Y qué más?
Ya no sentía dolor. Solo indiferencia y hastío. Mi vida era una noche eterna, como si pasara un invierno en el Polo Norte.
***
Una amiga me invitó a tomar unos tragos en la casa de su novio. Él y mi exesposo habían trabado amistad.
Mi amiga me abrió la puerta. Entré y ¡oh, sorpresa! En la sala estaban su novio y mi ex, tomando cerveza.
Quise salir corriendo. Pero mis piernas no respondieron. Me quedé estática e inmóvil, como si mis pies estuvieran pegados al piso con barniz.
Ellos me miraron con cara de complicidad, como dos niños que habían cometido una travesura:
—¡Hola!
—Hola—contesté.
Me senté frente a él. Al comienzo bebía pequeños sorbos de cerveza. En la cuarta botella, me zampé el líquido burbujeante en dos tragos. Mi cuerpo empezó a sentirse liviano, desinhibido, como la hoja que cae de un árbol sin miedo. Mi vagina quería decirme algo. Pero no tenía tiempo para escucharla.
El novio de mi amiga y mi ex ponían música. Esa noche era de salsa. Héctor Lavoe y Willie Colón fueron los elegidos. Recuerdo que sonó Gitana.
Él se acercó, me invitó a bailar. Yo tomé la mano que me ofrecía y le seguí el juego. Sentir su mano delgada y de dedos largos estrechando mi cintura, después de tanto tiempo, me hacía estremecer.
Puse mi cabeza sobre su hombro y el perfume de su cabello me embriagó. O no sé si fue la cerveza.
Alguien apagó algunas luces y el lugar quedó a medio iluminar. La música sonaba y los dos seguimos bailando.
Nos quedamos solos. Me besó. Era como si a una tierra árida en mi interior, la regaban con agua y volvía a estar fértil.
Su lengua penetró a mi boca, se topó con la mía y las dos se estrecharon largamente. Sentí que mis pezones se pusieron rígidos. “¿Con tan poco?”, alcancé a pensar.
Sus manos recorrieron mis senos. Me estremecí. Luego bajaron al pubis. Había sido vencida por el deseo y me lancé a satisfacerlo, sin inhibiciones ni culpas. Pensé que me resistiría, que después de la separación estaría indiferente, furiosa.
Le sonreí con lascivia y cuando él tocó mi sexo lo encontró húmedo.
Me tomó con furia, sobre la alfombra de la sala. Respondí de la misma forma. Éramos dos animales salvajes que, por los momentos que dura el orgasmo, se convirtieron en uno solo.
Su semen bañó mi vulva, luego se deslizó por el interior de mis piernas y las mojaron. Volví a sentir el olor de su semen, de su hombría.
Los recuerdos y el dolor se agolparon en mi corazón roto. Pero no volvió a latir. Sonó “En el último trago”.
Me alcanzó una botella de cerveza. Tomamos los dos de ella, sentados frente a frente y mirándonos. No nos dijimos nada.
Afuera, ya casi amanecía. El sol empezó a salir y a regar sus primeros rayos sobre las tímidas nubes. Unos arreboles naranjas y violetas, como pintados con acuarela, regaron el cielo. Típico paisaje en Quito. Alguna vez escuché que cuando se forman, traen esperanza. Pero en mí no había alguna. Ni expectativas.
Sentí sueño, nos acostamos en la alfombra de la sala. Me abrazó, dejó caer su mano izquierda sobre mi seno, como antes, como en el pasado. Nos quedamos dormidos. Mi corazón seguía inerte. Una voz en mi interior me dijo:
—Olvídalo. Nunca más volverá a latir.

Preguntas frecuentes sobre la literatura erótica
¿Qué significa lectura erótica?
Es la que tiene el deseo y la sexualidad como materia, contados con intención literaria: importa tanto cómo se dice como lo que se cuenta. A diferencia de la pornografía, se apoya en la sugerencia, la emoción y el lenguaje, y deja que el lector complete la escena.
¿Qué libros me recomiendas sobre temas sexuales?
Si te interesa el deseo contado por mujeres, hay cuatro clásicos para empezar: Delta de Venus, de Anaïs Nin; Miedo a volar, de Erica Jong (1973); El amante, de Marguerite Duras (1984); y Las edades de Lulú, de Almudena Grandes (1989). Cada uno abrió en su época una conversación que hasta entonces se tenía en voz baja.
Redacción Bagre. Los dos relatos salieron por separado en diciembre de 2022.

