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Alicia, la niña rara


Me considero una outsider y serlo se ha convertido en mi sino. Así, después de muchos años de discusiones, desacuerdos, llantos y pataletas conmigo misma, terminé aceptando que ¡soy una outsider! ¡Y que me encanta!

Por eso invité a Isabel Hungría y a Memo Bautista a ser parte de este medio de comunicación al que, en conjunto, llamamos Bagre. Elegimos este nombre porque decidimos que, en lugar de adherirnos a los requisitos que imponen las bambalinas para ser famosos y exitosos, vamos a usar como carta de presentación las características que nos hacen únicos y diferentes: nuestra originalidad y autenticidad. Es decir, que en lugar de intentar calzar en el statu quo imperante, echaremos mano a nuestra condición de outsiders, ¡a nuestra esencia!

Y aunque el anglicismo outsider no es un término aceptado por la RAE, el diccionario Merriam-Webster lo define así: “persona que no pertenece o a la que no se acepta como parte de un grupo u organización concreta” y “candidato o competidor que no se espera que gane”. El mismo diccionario utiliza los siguientes sinónimos para referirse a outsider: independiente, sorpresa, recién llegado, alternativo, externo, intruso y advenedizo.

Al mencionar que me identifico con la definición del término outsider, debo remontarme a los primeros años de mi vida escolar. En el prekínder, la maestra me tenía toda la jornada de pie, a pesar de que habían pupitres vacíos. Nunca supe la razón. Sin embargo, ese episodio me marcó durante mucho tiempo. Cuando crecí y fui a la escuela, era una niña solitaria que prefería pasar largas horas leyendo cuentos antes que exponerse al rechazo o burlas de mis compañeras.

Tampoco me interesaban demasiado las clases. Por suerte, la ventana de mi aula daba a un jardín inmenso y me pasaba las horas mirando hacia allá, imaginando aventuras como la siguiente:

—¿Crees que soy rara? —le pregunté a Alicia, mi amiga imaginaria, mientras las dos nos columpiábamos en el patio de mi casa.
—¿En qué sentido “rara”? Explícame —inquirió Alicia.
—No podría, porque hasta ahora no encuentro nada extraño en mí —le contesté—, solo sé que soy demasiado tímida y no hallo la forma de acercarme a mis compañeras de escuela; tengo miedo de preguntarles si quieren jugar conmigo y que me respondan que no. En alguna ocasión lo intenté y me respondieron “no, porque eres rara”.

Me dicen “la rara” desde que una vez la maestra me llamó así. Recuerdo que le dije que el colibrí que revoloteaba en la rosa del jardín me había invitado a seguirlo y que me esperaría para hallarnos en la hora de recreo.

—Eres rara o estás loca —me dijo la maestra—, los colibríes no hablan.

Entonces el resto de las niñas repitieron en coro mientras me señalaban: “rara, rara, rara” y se echaron a reír junto con la maestra. Yo bajé la cabeza, sentí tanta soledad y abandono… La verdad, ya no recuerdo más. He leído que cuando te pasan cosas que te duelen demasiado, tu cerebro las bloquea.

Lo próximo que viene a mi mente es que salí al recreo y el colibrí estaba esperándome, mientras revoloteaba alrededor de la rosa. Cuando me acerqué me dijo:

—¿Por qué te tardaste tanto? Pensé que no vendrías. Vamos sígueme, tengo algo que mostrarte.

No podía preguntarle nada al colibrí porque volaba demasiado rápido y me costaba mucho trabajo seguirlo. Yo estaba jadeando por la velocidad del paso.

Cuando por fin se detuvo, estábamos en un cerco de tupirosas muy frondoso, un cerco por el que yo nunca he podido pasar. Sin embargo, en ese momento se abrió como por encanto. En su interior había un jardín con arupos rosas y blancos, muchas flores primorosas de especies raras que solo crecían en aquel jardín; panales de miel, abejas, mariquitas y mariposas de colores vivos.

El colibrí me dijo que siempre que no tuviera con quien jugar podía ir a este lugar, que él y sus demás ocupantes me estarían esperando. Entonces corrí detrás de las mariposas y las abejas; olí las flores y metí mi dedo en el panal para probar un poco de miel.

Cuando sonó la campana anunciando la finalización del recreo, mi amigo colibrí me dio una cajita elaborada en concha de nácar, adornada con perlas violetas:

—Aquí está una de mis plumas mágicas —dijo—. Cuando tengas un problema muy grande abre la cajita, toma mi pluma y sóplala; pero decide sabiamente cuándo vas a usarla, solo hazlo si es muy necesario, porque cuando lo hagas, yo moriré.

Un día, la maestra se burló de mí nuevamente y las niñas la acompañaron con sus risas. Sentí mucha ira, abrí la cajita de concha de nácar y soplé la pluma. En el acto, mis compañeras y la profesora dejaron de reírse; se quedaron paralizadas, como estatuas. Me asusté y salí corriendo de la clase. Fui directamente al rosal donde siempre me esperaba el colibrí para llevarme al jardín secreto; lo hallé en el suelo, inerte. Yo lloré y sentí coraje conmigo misma por haber provocado que mi único amigo muriera.

Me agaché y lo tomé entre mis manos, lo acaricié y musité:

—Por favor, no te mueras.

Mis lágrimas cayeron sobre el cuerpecito frío del colibrí y empezó a moverse. Me miró con sus hermosos ojos y me dijo con un hilo de voz:

—Gracias por devolverme la vida. Siempre estaré en el jardín mágico, esperándote.

Han pasado muchos años. El colegio vendió los terrenos del jardín. En su lugar, se han construido edificios de muchos pisos para hacer oficinas y departamentos. A veces, en sueños, mi amigo colibrí me visita y me lleva a nuestro jardín.


En mi proceso de aceptación como una outsider, la escritura fue un factor decisivo. Escribir mi historia y, posteriormente, escuchar y contar las historias de otros, para mí ha sido un proceso sanador. Cuando recuerdo mi infancia, ocupan un lugar especial mi abuelo y mi padre, quienes me contaban historias hasta quedarme dormida.

Por eso decidí apostarle a esta revista, porque estoy convencida que contar nuestra historia sana; escuchar, escribir y contar las historias de otros nos abre a la empatía y nos hace comprender que somos más universales de lo que nos es posible percibir.

Bienvenidos a este espacio creado para ustedes: los irreverentes, los soñadores, los outsideres, los raros, ¡los bagres!