Historias

La extraña sonrisa de Isabel

La extraña sonrisa

I
Antes de cumplir los 14 años, el espejo convocó por primera vez a mi yo del pasado a comprobar lo fea o bonita que lucía, lo gorda o lo flaca que estaba. Esa Isabel adolescente se encerraba en su cuarto y, mientras afuera su padre se agarraba a oír a todo volumen “Arrabal amargo, metido en vida, como la condena de una maldición…”, en boca de Carlitos, ella se entregaba a sus cavilaciones, como cuando se achican los ojos para ver de lejos y apenas se divisa algo.

—¡Isabel! ¡Isabel!

La voz de su madre entraba entonces como un tornado implacable a la pequeña estancia y la despojaba de su intimidad sin pedirle permiso ni nada.

—Mijita, no te olvides que el sábado es lo de tu prima y tenemos que ir a tomarte las medidas para el vestido —comentaba su madre.

Miraba con cierta preocupación que el cuerpo de Isabel, en verdad y no porque lo dijeran a voz en cuello los niños del barrio, dejaba poco espacio de maniobra para la costurera de la esquina. Si solo fuera un poquito más delgada… Pero no, qué va, desde chiquita su cuerpo había desafiado cualquier norma, ley o mandamiento sobre la dieta. Y ahora estaba allí, con un compromiso ineludible de por medio y el deseo de que la fiesta se suspendiera.

—Mamá, ¿podemos decirle un día antes a la tía que me enfermé y así nos evitamos tener que ir? Tú sabes que esas cosas no me gustan mucho.

La mirada fiera de su madre ponía coto definitivo a cualquier pretensión de eludir la fiesta rosada, pero en el fondo, y no tanto, sabía que su hija tenía algunos argumentos válidos para negarse.

Las dos últimas fiestas —el cumpleaños de Marcela y la fiesta del colegio— no habían sido experiencias del todo agradables, toda vez que no la habían sacado a bailar ni cuando todos estaban ya borrachos y los sanjuanitos marcaban el compás de la jarana, a eso de las tres de la mañana.

Tras revisar dichos acontecimientos, su mamá la llamaba a sus piernas, la sentaba y le acariciaba la cabeza de cabellera indómita. Pero Isabel estaba más allá de todo eso. No era el desdén de los muchachos lo que le hacía transpirar sino las expectativas de su madre.

—Además, mija, usted es muy inteligente. Ese primer lugar en oratoria… ¿Recuerdas, cuando todos te aplaudieron de pie? Ya quisieran otros…

Isabel sonreía de labios para fuera y seguía aferrándose a su oxitocina.

***

II
El día sábado llegó como adelantado, como si nadie lo esperara o le hubiera robado descaradamente horas al viernes. Isabel se levantó tranquila. Ya había ido donde la costurera y esta ya había hecho magia para disimular con unas arandelas los kilos de más que ofrecía su cuerpo. Una sesión de maquillaje no exenta de reprimendas de parte de su madre fue parte de la minuciosa parafernalia de ese día. Los tacones fueron otro dolor de cabeza redomado para Isabel, que tambaleaba con cada tranco que acometía.

A las siete de la noche, el taxi viejo de un vecino que habían contratado para hacer el flete estuvo puntual, pese a que una lluvia inoportuna comenzó a mojar todo lo que se movía y lo que no también. Dentro del carro, el cuerpo exagerado y el calor comenzaron a pasarle factura a una adolescente que, por momentos, se sentía como una condenada rumbo al cadalso.

—¿Ya llegamos? ¿No nos habremos perdido?
—No, todavía no, mija, acuérdate de que hay una despensa grande en la esquina.

Cuando finalmente llegaron, la única dama de la quinceañera que le faltaba a la corte de honor era Isabel. De inmediato ocupó su lugar y sus ojos, discretamente, pasaron revista a los caballeros que debían acompañar a las chicas. Ahí debía estar el suyo, aguardando por ella.

Vinieron los discursos y el brindis lacrimógeno. El violín afinado del Danubio Azul le puso más emoción a la jornada y se abrió el baile. Aunque su padre exigía un tanguito arrabalero, la música se fue por otro lado: salsa, merengue y rock.

Paréntesis. ¿Habrá fiesta más machista que una quinceañera? La niña ya tiene 15 años y debe ser presentada en sociedad ¿Para qué y por qué?

El centro de la sala quedó apretado, el calor puso a sudar hasta la imagen de un santo que colgaba de la pared y el caballero de Isabel nada que aparecía. Fue extremadamente embarazoso para su madre averiguar por el susodicho ausente, pero hubo que hacerlo para evitar que a Isabel, como ya era costumbre, le cogieran las tres de la mañana sin mover el esqueleto.

Pero a Isabel le era indiferente la compañía de un imberbe desconocido toda vez que sus pensamientos estaban concentrados en Karina, su compañera de banca del colegio, que allí no estaría.

Al caballero se le buscó casi que como a un fugitivo hasta que se conoció la verdad: cuando este se enteró de que Isabel era su acompañante, puso pies en polvorosa sin dar explicaciones a nadie de su proceder y el resto de la fiesta a ella le tocó bailar con su padre.

Esa noche Isabel comió de todo y repitió torta las veces que quiso. Con fruición y sin culpa, como siempre. Entonces, una extraña sonrisa acompañó a su rostro hasta el mismo momento en que salió de aquella casa del norte guayaquileño.

***

III
Una semana después, encerrada en su cuarto, mientras su padre cantaba “nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado”, descubrió que una gotera había hecho de las suyas sobre su velador. Una cajita musical, un empaque de maquillaje, entre otras cosas, estaban a merced del agua.

Sin mucho trámite, abrió su clóset y agarró el vestido aquel con el que se convenció de que había que desandar el camino y limpió lo mojado con júbilo. Insatisfecha con el uso que le había dado a la prenda, la echó al piso para secar parte del legado de la lluvia sobre el suelo. Luego, con los pies, la empujó debajo de la cama en busca de alguna otra brizna de diluvio. Entonces Karina la llamó por teléfono.

Y volvió a sonreír con esa sonrisa extraña que hoy, casi 30 años después, acompaña su rostro cada vez que alguien la invita a una quinceañera.