Bagrear

La ladrona fue a salvar a su hijo que era víctima de robo

Ilustración: Aliatna

No soy usuaria de taxis. Prefiero ir en autobús.

Me parece más simple estirar la mano en una parada para tomar la unidad que me lleve a determinado punto y, de ser el caso, caminar las cuadras necesarias para llegar a mi destino.

Para mí llamar a un taxi siempre es más complicado. Mis amigos reniegan pedir uno de esos vehículos cuando están conmigo.

"Eres muy selectiva", "los escoges demasiado" y el que más me gusta: "Eres muy jodida". Y tienen razón.

Subirme a un taxi e ir tranquila en el viaje es muy complicado. En primer lugar, no me gustan esas aplicaciones de ciertas compañías. Las descarto por completo.

Prefiero llamar a cooperativas. Pero si pido un taxi en la calle, desde el primer momento, verifico que el techo tenga el número de la misma placa.

No subo a carros con placa blanca. Tiene que ser tomate, tal y como lo exige la ley.

Adentro del vehículo, miro que la foto de la identificación coincida con el conductor; que el carro tenga taxímetro y que en el parabrisas lleve el sticker actualizado de la Agencia Metropolitana de Tránsito (AMT) y el adhesivo de "Taxi Seguro".

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Precauciones

También platico con el chofer. Analizo su lenguaje. Escucho si conoce de calles, de sectores, si maneja aplicaciones. Y me fijo muy bien en los diálogos que sostiene a través de la radio, si maneja el código "3-4 compañero"

Todo eso, para cerciorarme de que es un taxista.

Si es de noche, llamo a mi familia para indicar el nombre de la cooperativa, número de la unidad y el tiempo promedio de llegada. Y, aun así, viajo con recelo.

Escucho tantas cosas de delincuentes que se hacen pasar por choferes, que prefiero tomar ciertas precauciones.

La anécdota que más me marcó fue el de una compañera. Salió de compras de un centro comercial en el norte de Quito. No había unidades y paró un taxi pirata. Error.

Al subirse, la pareja del conductor salió del asiento posterior y la sometió con un destornillador.

En ese momento sonó el celular de la asaltante. La atracadora respondió la llamada. Colgó y gritó histérica. Era su hijo que le pedía ayuda porque unos hombres entraron a robar a su casa.

La mujer y el taxista falso botaron a mi compañera en un terreno baldío con sus compras. Le robaron el dinero en efectivo.

El chofer y la ladrona se fueron a salvar a su hijo que era víctima de robo.