Bagrear

Me llevé un niño a mi casa

Ilustración: Ariatna.

Cuando en plena juventud empecé a laborar – no tenía idea de que me iba a convertir en periodista- lo hice en una cadena de almacenes de venta de llantas. 

Quedaba en la ciudadela la Alborada, en Guayaquil. Yo era una especie de secretaria ejecutiva, encargada de las ventas, atender a los clientes e, incluso, salir a ver sus carros para definir qué tipo de neumáticos necesitaban. 

Estaba a cargo de ese local y coordinaba el trabajo con la gerente. Para vender llantas, tubos y defensas hay que saber sus medidas y códigos. El almacén permanecía siempre abierto, pues en esa época no había tanta delincuencia e inseguridad como ahora. 

Pasaron los días y empezaron a llegar tres niños que lustraban zapatos. Yo conversaba con ellos y les preguntaba sobre su situación. Ser niño y andar en la calle siempre será riesgoso. 

De los tres pequeños uno me llamó la atención pues comparaba sus rasgos físicos con los de uno de mis tres pequeños sobrinos. 

Cuando recibía mi sueldo, lo primero que hacía era invitar a almorzar a los tres pequeños y luego les compraba ropa en Briz Sánchez, que quedaba en la misma Alborada. 

Sin darme cuenta me había encariñado con "Tavo", así le decía a uno de los niños, cuyo nombre era Gustavo. 

Sin duda él se dio cuenta y un día me visitó solo. Entonces le pregunté por su familia y me dijo que no tenía mamá, que había vivido un tiempo en el INNFA (Instituto Nacional de la Niñez y la Familia). Así se llamaba antes. 

Corto tiempo de alegría

Me quedé preocupada. Un día le pregunté: ¿Te gustaría irte a vivir conmigo? Sin dudarlo, él aceptó, pero le aclaré que yo no vivía en Guayaquil, sino en un cantón cercano. 

A "Tavo" no le importaba la distancia. En realidad, no sé si su astucia, a tan corta edad, lo llevó a mentir para tener otra vida en la que pudiera disfrutar de su niñez, o si ya estaba acostumbrado a hacer ese tipo de cosas. 

No se hable más. Le dije a "Tavo" que ese día se iría conmigo y así fue. Nos dirigimos a la terminal terrestre. Yo estaba emocionada. 

En el carro todos me veían raro, quizás porque siempre andaba sola. O talvez por el aspecto del menor que, como lustrabotas, andaba un poco sucio, incluyendo su carita. 

Cuando llegué a mi casa aterricé y me di cuenta de que me había llevado un niño no una mascota. Pensaba en cómo justificar ese hecho y, más aún, cómo decirle a mi familia que viviría con nosotros. 

¡Sorpresa!

Toqué la puerta, pero antes le dije a "Tavo" que se escondiera detrás de mí. Abrió mi hermano. Yo no articulaba palabra, en mi rostro solo había una risa nerviosa. 

Mi ñaño se dio cuenta que ocultaba algo. "Qué traes ahí", me dijo curioso. Entonces "Tavo" salió de mi espalda y pregunté: ¿Se puede quedar con nosotros? 

Mi hermano estaba sorprendido y preocupado, pues la familia del niño podía no ver con buenos ojos este acto de solidaridad. Desde luego, yo le conté la historia que "Tavo" me había narrado.

Todos conocieron al niño, incluso mis sobrinos, que eran los más encantados. Le arreglamos una habitación, le pedí que se bañara y enseguida le dimos de merendar. 

"Tavo" era uno más de la familia. Los fines de semana que yo estaba libre salía con mis tres sobrinos y "Tavo" a tomar helado. Lo veía contento, disfrutando de su niñez, jugando, viendo la tv y esas cosas. 

Creo que pasaron dos semanas o quizás un poco más, cuando un día dos señoras llegaron a mi trabajo. La una era más joven, entonces deduje que eran madre e hija. 

Se acercaron a mí con recelo, pero muy tranquilas, y preguntaron si yo me había llevado a Gustavo. En ese momento la sangre se me fue a los pies, pero al mismo tiempo me puse triste. 

Les conté que me lo había llevado, porque él me dijo que no tenía mamá y que había vivido en el INNFA. 

De regreso a su realidad

Entonces la mujer más joven me indicó que eso era mentira, que ella era la mamá y que la otra señora era su abuela. Me pidió que de favor se lo llevara de regreso. 

Le respondí que sería al día siguiente, porque yo no vivía en Guayaquil. Pasé triste desde ese momento. En la noche, cuando llegué a casa, lo primero que hice fue hablar con "Tavo". 

Estaba un poco molesta por su mentira, pero más aún porque me había encariñado con él y mi familia también. Le conté que su mamá y su abuela lo habían ido a buscar. 

Él solo guardó silencio. 

Al día siguiente, el pequeño fue entregado a su mamá y a su abuela. Ellas estaban aliviadas y agradecidas. Yo, en cambio, triste al ver cómo mi "Tavo" se alejaba. Él supongo que también sentía lo mismo. Solo me miró, agachó la cabeza y se fue. 

Imagino que quienes le contaron a la familia del niño que yo lo tenía fueron sus dos amiguitos, los que también llegaban a mi lugar de trabajo. 

Nunca más supe nada de él y hasta ahora me pregunto qué será de su vida. 

¿Se habrá forjado un buen camino? ¿A qué se dedicará? Y lo que más curiosidad me provoca es: ¿se acordará de mí como yo de él?