Bagrear

Alibombo bombo bera…

Revista Bagre.
Ilustración: Aliatna

Vivo a pocos metros de un jardín de infantes. 

Este detalle podría ser intrascendente para cualquiera, pero no para quienes debemos compartir la cuadra con un establecimiento como este. 

¿Ventajas? A las diez de la mañana puedo comer churros y granizado, si se me antoja. Solo es cuestión de caminar unos quince metros. 

A partir de esa hora los padres de familia se arremolinan en las puertas del jardín. Y en una ciudad tan peligrosa como Guayaquil, eso se agradece porque podemos caminar por el barrio con mayor seguridad. 

Luego del mediodía, otra vez los meandros de las peatonales quedan desolados y, por tanto, atractivos para los maleantes. 

Pero no todo tiene olor a churro ni sabor a granizado. Qué va. 

El árbol de grosella, que alguna vez mi mamá sembró, sufre los embates de unos niños que siempre están sedientos de la fruta. Lo zarandean, lo muerden, lo arañan, lo pellizcan, le aplican la doble Nelson… 

Lo mismo sucede con las mascotas. 

Si algún pequeño llega a toparse con un perro o un gato, empieza a perseguirlo.

Todos los padres deberían inculcarles a sus hijos que los animales no son payasos ni juguetes.

A pesar de todo esto, lo más agobiante es el minuto cívico de cada lunes.

Ese día los niños recitan un sinfín de poemas. Es verdaderamente sorprendente la capacidad que tienen para memorizar los versos, pero no para modular la voz.

Declaman como si estuvieran pidiendo auxilio.  

Esos alaridos, lanzados a las siete de la mañana de todos los lunes, son parecidos a los que emiten durante todo el mes de septiembre, cuando realizan los ensayos del juramento de bandera. 

En los estoicos oídos de esta servidora se cuela el mismo sonsonete todas las mañanas: por dios juro, sagrada bandera, en el aire, en el mar y en la tierra; en la paz y en la horrísona guerra… 

Guerra. Guerra. Guerra.  Guerra es la que nos han declarado los niños del jardín. 

Aunque, en algunas ocasiones, es alentador escuchar durante sus recreos el murmullo de sus voces, y, en el fondo, alguna canción de Enrique y Ana.

—Alibombo bombo bera, alibombo bombo ba… O Mambrú se fue a la guerra.

Después de casi un año y medio de encierro por la cruel pandemia, sus risas y sus llantos evocan los sonidos de un tropel de aves musitando. Y las dulces grosellas, tan apetecidas siempre por ellos, ya no se pudren.