Bagrear

El aguacate nació verde, en Perú se maduró

Ilustración: Aliatna

Todos los días y con megáfono en mano, un vendedor de aguacates transita cerca de mi casa. Es imposible que pase inadvertido, pues el escándalo es único y cualquier actividad que esté realizando la gente del vecindario necesita un pare, pues el ruido desconcentra y hasta crispa los nervios.

Pero la necesidad a veces hace que requieras de eso que tanto te fastidia, por eso aquí cabría bien el dicho: nunca escupas para arriba porque te cae a ti mismo.

Y así fue. Un día necesitaba aguacate, en casa queríamos comerlo de las formas más comunes que he conocido: acompañando la comida, en ensalada y con azúcar, sí leyó bien, con azúcar, este último es un manjar para mi paladar.

Entonces llamé al escandaloso vendedor que dio la vuelta a su triciclo y enseguida estuvo presto para atender mi requerimiento. Cuando vi los aguacates me quedé un poco sorprendida pues eran enormes, por eso su precio, $ 2 y $ 3, cada uno.

Para justificar el costo, el vendedor, usando técnicas de marketing para posicionar su producto, me dijo que el aguacate era peruano, por eso su tamaño. 

La verdad es que no lo dudé porque los aguacates de la costa de Ecuador, son más pequeños, su cáscara es un poco más oscura y cuando los partes tienen como raíces en el interior, no siempre, pero suele ocurrir con regularidad. Los serranos, en cambio, son más pequeños y su cáscara es un poco rugosa.

Entonces para finiquitar de una vez y por todas la compra, le dije que quería un aguacate sano y que partiera uno para ver el interior, y claro, confiado en que lo que vendía era de buena calidad, el vendedor tomó su cuchillo y de un solo tajo lo dividió. 

Allí mismo saqué el dinero de mi mini cartera o chaucherita y le pagué. 

Un postre

Con el aguacate en mano y contenta por la compra, saqué la cáscara solo a la mitad, pues como era muy grande tranquilamente alcanzó para los comensales de ese momento. 

Y, por supuesto, mi banquete vendría en horas de la tarde cuando viendo un poco de Netflix, agarré una bandeja con la otra mitad, le espolvoree azúcar y revolví con el aguacate. Solo de recordarlo se me hace agua la boca.

Ni siquiera tuve cargo de conciencia pues el aguacate es grasa buena, mi consuelo, y el azúcar -no es que abuse de ella- un poquito de vez en cuando no me afecta.

La semilla la guardé, pues he visto varios videos en que se le retira la piel y puedes rallarla como un aderezo para las ensaladas, no he hecho la prueba todavía, pero pretendo sembrarla, pues tengo un mini huerto en la parte lateral de la cocina. 

Para el caso he usado tarrinas y así aprovecho y reciclo, el asunto es que ya ni me acuerdo qué nomás he sembrado.

En todo caso, si la semilla prende, tendré aguacates peruanos en mi casa, los cuales no venderé, sino que los llevaré a mi mesa para una buena degustación.