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¡Juyayay, Ambatillo!

¡Juyayay, Ambatillo!
¡Juyayay, Ambatillo!. Ilustración: Manuel Cabrera/Revista Bagre

El 16 de julio, el frío, la lluvia y la neblina se dieron asueto en Ambatillo Alto, provincia de Tungurahua. Ese día, en esta población indígena en la que viven aproximadamente doscientos habitantes, el Sol brilló como si hubiese sabido que la ceremonia que se celebraría al mediodía era en honor a él. 

A este recodo del Ecuador, ubicado a 3.300 metros sobre el nivel del mar, llegaron a eso de las diez de la mañana cerca de ciento cincuenta indígenas de otras comunidades. Iban con sus ponchos, sus sombreros, sus chalinas, sus inusuales sonrisas y sus cromosomas inmaculados.

Avanzaron hasta la plaza central, como quien va a un mandado, llevando chicha, colada morada, pan, naranjas, mandarinas, manzanas y cuantas legumbres parieron sus tierras para celebrar el Inti Raymi. 

 El Inti Raymi o la fiesta del sol —nombre en español de la celebración— es una ceremonia ritual de raigambre inca que tiene como fin supremo agradecer a la pachamama (tierra) y honrar al Sol.    

"Tú serás mi mujercita, ay, caramba, aunque tus taitas no quieran, ay, caramba" cantaban en la lengua que les fue impuesta los integrantes de la Asociación de Adultos Mayores, mientras daban pequeños saltitos como si en sus finísimas alpargatas se hubiesen incrustado pequeñas piedrecitas. 

Mama Gloria Chiliquinga, yachak de Salasaca, se encargó de realizar el ritual de limpieza de las ñustas.

 Estos doce bailarines, sonrientes e incansables, pusieron la cara, el cuerpo y la garganta en la comparsa que antecedió al ritual de agradecimiento.

"Dios le pague, dios le pague y juyayay, juyayay (que viva, que viva)" fueron las frases más pronunciadas durante toda la jornada porque esta ceremonia fue, ante todo, bilingüe, aunque la lengua mayormente utilizada ese día fue aquella que los presentes lactaron del Abya Yala.  

Mientras tanto, calle abajo desfilaban en camionetas decoradas con globos y flores, la Inti Ñusta (princesa del sol), la Allpa Ñusta (princesa de la tierra), la Nina Ñusta (princesa del fuego), la Wayra Ñusta (princesa del viento) y la Yaku Ñusta (princesa del agua), elegidas la noche anterior para presidir la ceremonia.

El Inti Raymi es la fiesta de la alegría, del sol, de las cosechas, de la tierra, de la vida. Por eso la vestimenta de los participantes está llena de color.

Iban acompañadas de yumbos danzantes, autoridades locales, gremios de agricultores y dos personajes disfrazados de osos en cuyas manos llevaban sendos atados de ortiga. 

La ortiga es una planta que causa urticaria al contacto con la piel, de ahí que sea usada en la justicia indígena para imponer un castigo. 

Ya en la plaza, aguardaba serenamente el presidente del GAD Parroquial, Luis Moreta, ante quien debía presentarse todo aquel que no perteneciera a la comunidad y sus alrededores.  

Con la venia de Moreta, quien durante toda la ceremonia se mostró cordial, fue posible recabar datos para escribir este artículo y tomar fotos. 

Los danzantes en el Inti Raymi. Fotografía: Isabel Hungría,

La sugerencia de la presentación como paso previo a la documentación del ritual provino del teniente político de la zona, y aunque no estuvo de más su recomendación, contrastó con la calidez y la generosidad con las que los indígenas lugareños trataron a los foráneos, a quienes sirvieron chicha hasta el cansancio. ¡Juyayay!

La chicha es una bebida indígena preparada con harina de maíz, canela y raspadura. 

A las 11:30, el olor a palo santo empezó a despertar el olfato de quienes se habían congregado en la plaza central. La yachak mama Gloria Chiliquinga, de origen salasaca, disponía con los pies desnudos y un sombrero de ala ancha la colocación de los granos, los frutos y los pétalos para dar forma a la chakana o cruz andina diseñada sobre la cancha de básquetbol alrededor de la cual se llevaría a cabo el ritual.  

La yachak es la sabia de la comunidad, una suerte de guía espiritual que ha heredado los conocimientos ancestrales. 

Ofrendas para el dios Inti. Así le agradece la comunidad las buenas cosechas.

Al mediodía, una vez que la chakana estuvo lista y las autoridades pronunciaron los discursos de rigor, mama Gloria empezó la ceremonia: 

—Yupaychani nini kayman shamushkamanta, shinallata nukanchipay raymikunata, kay junio killapi Inti Raymi nishkapi, ñukanchipash yuyarishun ninchi, chaymantami tukuykunata nini.

¡Juyay, Ambatillo! ¡Juyayay, comunidad de Ambatillo Alto! Tukuy mashnalla paypi kakuna  nachu, quisapinchamanta shinallata tukuy ladumanta paypi kahunkichi. Yupaychani. ¡Juyay, juyay!—.

—Agradecemos a todos quienes se dieron cita a la celebración del Inti Raymi, viva el Inti Raymi, gracias por venir en este mes de junio (sic) y nosotros festejamos y por eso decimos: que Viva Ambatillo, viva Ambatillo Alto. Saludos a todos los que han venido de Quisapincha. Gracias a todos los que han llegado. ¡Viva, viva!—. 

De pronto se escuchó un instrumento de viento y otro de percusión: Plas, plas, bfooooooooo. 

El joven que acompañaba a mama Gloria puso los pulmones a prueba a través de la trompeta de caracol marino, lo que dio inicio a la limpieza espiritual de las ñustas porque, según la cosmovisión inca, a través de ellas la tierra será fértil. 

Con su sapiencia ancestral a ojos vistas, la yachak cogió una botella de color verde que contenía un preparado, tomó un sorbo, lo conservó en la boca, agarró dos piedras, lanzó sobre ellas el líquido -como si tuviera en los labios un atomizador- y pasó las piedras por los cuerpos de las ñustas, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, sin tocarlas. Luego, mama Gloria juntó las piedras cerca de las cabezas de las ñustas, miró hacia el cielo, y volvió a soplar las piedras, esta vez hacia arriba, como si estuviera sacando los malos espíritus de las jóvenes. Hizo este ritual con cada una de ellas.

Posteriormente, ofició cuatro oraciones, una por cada punto cardinal y finalmente pidió a las ñustas que entregaran las frutas y los granos secos al público presente.

Concluida la ceremonia, la yachak colocó su agua de florida, su brebaje, sus piedras, su chajchas y el resto de sus aperos en una lona de múltiples colores. Entonces se retiró visiblemente cansada. 

Vinieron luego los yumbos, esos danzantes cuyos antepasados ponían la nota alegre en los Corpus Christi. El tambor y el pingullo, que llevaban sus propios músicos, pusieron la nota alegre. 

En su vestuario, conformado por pantalón, delantal, máscara, pechera y sombrero con cintillos de colores, destacaba la estrella que llevaban en sus manos, en forma de cruz, y los retazos de espejos que decoraban sus trajes, una iconografía que dejaba en evidencia, según el yumbo Andrés Fernández, que estaban contentos. 

Casi al finalizar la jornada, uno de los grupos folclóricos invitados, el de Perú, fue eclipsado por la actuación de los osos ortigueros, quienes bajo los efectos del licor, interrumpían la presentación de los huaynos peruanos, lo que obligó al maestro de ceremonia a pedirles que se retiraran. 

Danza y música para agradecer por las cosechas buenas y abundantes.

Según Floresmilo Simbaña, en el Inti Raymi convergen el solsticio de junio, el fin e inicio del ciclo agrario, la muerte y el nacimiento del tiempo, y la plaza central como ejercicio de lo comunitario. La performance de los traviesos osos quedó bajo el escrutinio de los líderes y el fuero de lo comunitario.  

Desde la acequia Jaureguí hasta el cerro de Pilisurco, y desde la quebrada Quillalli hasta la quebrada de Shahuanshi, la Pachamama quedó bendecida hasta la próxima cosecha. 

Yupaychani. ¡Juyay, juyay!

(Este año el Inti Raymi se realizó en el mes de julio y no en junio, como el calendario solar proclama, debido a que coincidió con las manifestaciones).