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Mujeres que cambian el mundo

Revista Digital de Ecuador

Entrevista a Mónica Ojeda: «Un cuerpo aterrado difícilmente puede escribir»

Ilustración: Equipo Bagre
Para la escritora ecuatoriana, Mónica Ojeda, su literatura tiene que ser inexorablemente desviada, porque en el desvío hay otra sensibilidad, otra forma de pensar. Bagre tuvo el gusto de entrevistarla.
Autor: Redacción Bagre
Quito - 22 Oct 2024

A propósito de la Feria del Libro de Guayaquil, Bagre Revista Digital, entrevistó a la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda.

22 de septiembre. 18:50. Feria del Libro de Guayaquil. Un ejército de jóvenes aguarda por la escritora Mónica Ojeda —Guayaquil-1988— en el Salón Vicente Rocafuerte del Centro de Convenciones. 

Llevan consigo varios libros en cuyas portadas puede leerse: Las voladoras, Nefando, Mandíbula, Chamanes eléctricos en la fiesta del sol…  

Han llegado desde diferentes puntos de la ciudad para escuchar a la autora cuyo torrente literario ha escarbado sus tejidos. Y es que los temas que aborda Ojeda, o el lugar desde donde los despelleja, no son susceptibles a posiciones tibias: se disfrutan con fruición o se rechazan sin paliativos. 

Hoy, por ejemplo, se ha propuesto, en concomitancia con su filiación poética, explicar la relación de la música con la nocturnidad, la violencia, la muerte y los monstruos. 

Lo hará a través de “El canto del monstruo: música y escritura para la insurgencia”, una ponencia cuyo epígrafe invita a aguzar los sentidos.  

—Son investigaciones en proceso, sujetas a transformaciones e hibridaciones —dirá más adelante la novelista.

Hace dos años, en este mismo salón, expresó que la sodomía literaria la estaba devolviendo a espacios atávicos, que estaba investigando mucho, no la música sino los sonidos, y que aquello la estaba llevando a cuevas, a pinturas rupestres y a pensar la literatura como un conjuro. 

Mónica Ojeda: Cantando se hace más dulce el llorar 

19:00. Mónica Ojeda ingresa al auditorio. Camina hacia el estrado con su combativo pañuelo verde y su proverbial sonrisa. 

Enciende su tablet —que va a servirle de ayuda memoria—, y empieza a desgranar una parte de su novísimo acervo, merced a los estudios que ha realizado sobre música, muerte y monstruos, materia prima de su último libro: Chamanes eléctricos en la fiesta del sol

Hace un repaso, entonces, sobre el origen de ciertos instrumentos musicales y las historias mitológicas con las que estos están vinculados. 

—La flauta es el instrumento de mayor antigüedad, data de hace más de 30 mil años, y sus primeros ejemplares fueron elaborados con el fémur del oso de las cavernas —manifiesta. 

Como académica que es, cita con frecuencia a filósofos, escritores, poetas, músicos: Aristóteles, Schopenhauer, Quignard, Paganini, Cohen, Lemebel…

También parafrasea. Lo hace con el filósofo Boecio, autor del axioma: “cantando se hace más dulce el llorar”. Y deja constancia de que dicha frase es verosímil al evocar las cosechas dialécticas más célebres de Alexander von Humboldt y Héctor Lavoe:  “Los ecuatorianos se alegran con música triste…”. “Y nadie pregunta, si sufro, si lloro, si tengo una pena, que hiere muy hondo…”.

Sostiene que la relación diablo/música/monstruo es estrecha, sobre todo en géneros que fueron considerados en algún momento perturbadores, como la lambada y el reguetón.

Mónica Ojeda: Declaración de principios 

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En la segunda parte de su conferencia, la autora guayaquileña lleva a sus lectores al mundo lóbrego de la Sayona, el Tintín, La Dama Tapada, El Silbón, El Patacoré. 

—El miedo que sentimos por el monstruo es un tipo de deseo —reflexiona. Y no tarda en entrar en detalles: es un deseo hacia lo disruptivo, como la atracción fatal que generan los vampiros o las sirenas. 

Sostiene también que el monstruo responde al arquetipo de lo femenino, porque es puro cuerpo inmoderado y emocional, condiciones inmanentes a la mujer.

—El monstruo es pura cultura, puro cuerpo discursivo, el cuerpo revolucionario que la sociedad no acepta; pero que a la vez, desea. El monstruo es poético —expresa. 

Minutos antes de finalizar su conferencia, lanza una suerte de declaración de principios: “La escritura es un monstruo, un desvío prodigioso que fascina porque tuerce la orientación de los sentidos. Ahí estoy yo. Quiero una escritura desviada. En el desvío hay otra sensibilidad, otra forma de pensar. El desvío hace un camino nuevo en la imaginación, la idea es propiciada por una nueva forma, y una forma es monstruosa si nos enseña a leer otra vez, si nos conmina a pensar desde otras coordenadas”. 

Eso es precisamente lo que ha hecho Ojeda con su producción literaria: romper el atlas e hincar nuevos hitos, despojándolos de pudores, tabúes e interdicciones. 

Nada para la escritora ecuatoriana está proscrito en el ejercicio de su escritura, por eso ha dicho sobre el placer que siente al escribir:  «amo la literatura porque me permite desarticular la palabra; en la literatura no se está buscando hacer significados, se está buscando hacer sentidos».

De ahí la razón por la cual sus textos provocan una suerte de exorcismo a través del cual sus lectores pueden oler la putrefacción de una dentadura u oír el ruido de unas heces cayendo al retrete, baste leer «Sangre coagulada» o «Caninos», dos cuentos de Las voladoras, para vivir la experiencia. 

Mónica Ojeda: Ofrendas y entrevista 

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20:00. Termina la charla. El público apura su paso para romper la proxemia con la autora. Entonces se forma una fila de ocho, quince, veinte, treinta personas, todas deseosas no solamente de una dedicatoria sino también de una foto. 

Ojeda accede gustosa, mientras sus seguidores aprovechan para hacerle varias ofrendas: una tarjeta, una ilustración, un cuaderno, un elogio, un abrazo.

Escritura y conjuro. Encantamiento y escritura. Ojeda se ha convertido, sin darse cuenta, en un monstruo. 

A propósito de su paso por Guayaquil, Bagre le hizo varias preguntas, atadas a los ejes sobre los cuales gravita su pluma: el miedo, el dolor, la muerte y los sonidos. 

—El título del último de tus libros, Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, es una evocación a  Jimmi Hendrix y a Jim Morrison, dos artistas que rompían o quemaban guitarras en los momentos de mayor éxtasis en sus conciertos. En el ejercicio de tu escritura ¿a qué punto del delirio has llegado? 

—Yo creo que quizá lo más delirante que he hecho es no parar de escribir, porque aunque me doliera mucho la espalda, y me dolía mucho al pasar largas horas sentada, incluso en una buena silla, no dejé de escribir. Llevaba más de ocho horas escribiendo, y como tenía la idea muy fresca en mi cabeza, no quería detenerme. Terminé acostándome en el suelo para que mi espalda doliera menos, y continúe escribiendo en mi teléfono. Creo que es lo más loco que he hecho durante mis procesos de escritura. Claro que eso no tiene nada que ver con el delirio o el éxtasis, y mucho más con una obsesión llevada hasta un punto extremo, hasta el dolor corporal. 

—Entonces ¿no has quemado alguno de tus libros? ¿No has escuchado nunca el crepitar de sus hojas?

—No, nunca he quemado ninguno de mis libros, no estoy a favor de quemar libros, si hay alguno que no me gusta prefiero regalarlo… 

—En la ponencia de hoy has hecho un recuento de varios instrumentos musicales, lo que me orilla a pensar en el tambor, cuyo sonido nos devuelve al útero, al vientre materno. Las mujeres, a través de las batucadas, estamos haciendo una resignificación del tambor, cuyo uso en algún momento de la historia nos fue proscrito. ¿Llegas al estudio de los sonidos a través del feminismo? 

—No y sí, por supuesto que empecé a interesarme en la música también por todas las cantantes que me encantan, pero mi interés en la música y en la experiencia sónica no tiene que ver necesariamente con el feminismo, tiene que ver con lo mítico, tiene que ver con la experiencia que la música produce en los cuerpos, indistintamente de si son hombres o mujeres, o se consideren hombres o mujeres. 

En realidad lo que me interesa del sonido es esa experiencia espectral, nocturna, emocional, y sí es cierto que he estado leyendo mucho sobre música y en esas lecturas me interesa poderosamente la relación entre la música y lo femenino. 

Lo que cuentas de los tambores es totalmente cierto. Me parece interesante esa experiencia de semejanza del vientre del tambor y el vientre del útero; a mí me parece increíble que se haya prohibido que las mujeres tocaran el tambor, ese es un hecho histórico muy interesante, y si lo pensamos ahora con respecto a las grandes bateristas que existen siguen siendo menos conocidas que los grandes bateristas hombres. 

Me interesan, sobre todo cuando pienso en música y la experiencia de lo femenino, todos esos monstruos femeninos que cantan y seducen con su canto; hay algo con el tema de la elevación de la voz, eso que Ficino —Marsilio— llamaba un animal aéreo. 

Me parece atractivo y está por alguna razón arquetipal ligado a lo femenino. 

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—¿Cómo está el feminismo en España? ¿Continúa fulgurante como ayer? 

—Creo que es un feminismo al que le hace falta mucha deconstrucción, le hace falta antirracismo, limpiar sus filas de transfobia, de putofobia. Le hace falta decolonizarse.

—Los conciertos, la energía y los sonidos son parte gravitante de tu última novela, ¿en qué concierto Mónica Ojeda ha vibrado con mayor ímpetu  y en qué otro evento de similares características, en cualquier tiempo, ha querido estar?

—Una vez casi muero en un concierto de Radiohead, en Buenos Aires (jajaja), porque me vi atrapada entre la gente, había muchísima, todos estábamos enfebrecidos por la música y de repente mis pies ya no tocaban el suelo. 

Me estaba moviendo de todas maneras, porque la marea humana me arrastraba de un sitio a otro y, claro, estábamos tan apretados que yo flotaba, pero los otros cuerpos me llevaban. 

Éramos como una especie de marea humana. Hacía mucho calor. Llegó un punto en el cual no pude respirar, sentía que me estaba ahogando; un chico me sacó de la marea. 

Creo que esa es la experiencia más intensa que he vivido en un concierto, y ahora estoy muy contenta porque en octubre voy a ir a ver a Nick Cave en Madrid, que es uno de mis cantantes favoritos, así que espero que esta nueva experiencia supere todavía la de Radiohead. 

—»Cantando se hace más dulce el llorar» has mencionado repetidamente. Esta premisa pone en mis retinas las ahora habituales imágenes de velorios en los que integrantes de bandas de Guayaquil cantan a sus muertos como si quisieran permear los intersticios de sus almas con cada palabra entonada… Infiero, por tu aproximación a la muerte y al canto [a través de la literatura], que tu mirada sobre este ritual está lejos de ser desdeñosa… ¿Qué lectura puedes hacer de este acto ya casi litúrgico? 

—Nunca siento desdén por las prácticas culturales, además todas me parecen bastante fascinantes y dicen mucho sobre la gestión de las emociones de determinadas comunidades, así que yo encuentro que no es una cosa solamente de Guayaquil esta tradición de cantar a los muertos, es algo que vemos en muchos sitios. 

Históricamente, tenemos a las plañideras y esta idea de la musicalización durante los velorios, precisamente en el orden de lo que dice Boecio, que cantando se hace más dulce el llorar. 

La idea de cantarle al muerto es algo realmente antiquísimo y no es privativo de nuestras comunidades. Así que me parece que es algo que va en sintonía con toda esta experiencia de la música como una forma de traer de vuelta a los muertos, pero también como una forma de recordarlos a través del canto, y también como una forma de sufrir, pero a la vez ratificar la vida por encima de la muerte. 

—¿Y cuál sería para ti el velorio o sepelio perfecto? 

—Ufff. Jajaja. Uno en el que PJ Harvey y la resucitada Lhasa de Sela canten juntas. Ese sería el mejor sepelio.

—Decías que en la parte más oscura de las cuevas es donde se encuentran las pinturas rupestres, el sitio con mayor eco, y «el peor lugar para dibujar». ¿Cuál sería para ti el peor sitio para escribir? 

Cualquier sitio en donde yo sintiera que estoy insegura. Escribir, por ejemplo en una ciudad peligrosa, en un lugar abierto, donde te puede pasar algo, ese sería el peor sitio para escribir. 

Los otros sitios creo que se pueden salvar a la hora de la escritura, pero un cuerpo aterrado difícilmente puede escribir. La escritura exige una temporalidad del cuerpo lenta, y el miedo acelera todo, lo pone a una velocidad imparable.

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