Derechos humanos

Plus size. Romper con la herencia

Plus size. Romper con la herencia.
Plus size. Romper con la herencia. Ilustración: Manuel Cabrera/Revista Bagre

Cecilia despierta. Un golpe de frío recorre su cuerpo. Mira el reloj: marca la 01:34 de la madrugada. Se levanta apurada en busca de otra cobija para abrigarse, se desvía, baja al primer piso donde está la cocina. Abre la puerta del refrigerador, saca la jarra con leche y remoja una pieza de pan. El frío quedó en el olvido. Come con apuro varios trozos remojados y toma dos sorbos del lácteo. Siente una gran carga de alivio al comer. Placer. Va por una segunda pieza de pan. "Uno era suficiente", piensa. Llega la culpa.

Mira de vez en cuando hacia la puerta para que nadie la sorprenda. Guarda el recipiente de pan, limpia las migas y las gotas de leche que cayeron en el fregadero. Sale apurada, antes de que alguien despierte y le diga: "¡Ya estás comiendo!". Se esconde de los reproches. 

Cecilia cepilla sus dientes, como si lavando su boca el estómago quedará vacío. "Solo fueron dos pancitos", se repite, “solo dos pancitos”. En el fondo, ella sabe que dos pancitos representan dos pasos atrás en el régimen de alimentación que tiene que cumplir.

En noviembre de 2019, Cecilia se registró en la Clínica de Cirugía Metabólica y Obesidad del Hospital Carlos Andrade Marín (HCAM), entidad adscrita al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), para reducir su gordura. 

Con 96 kilos y 41 años, Cecilia cumplió los requisitos para sumarse a los 200 aspirantes para acogerse a una cirugía. De acuerdo a cómo evolucione el proceso, el personal le indicará si se somete a un by pass o a una manga gástrica . "Lo que sea, para perder peso", reflexiona. 

La obesidad es una enfermedad crónica, multifactorial y prevenible. Se caracteriza por la acumulación excesiva de grasa en el organismo. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2018 —el informe más actual— advierte que 40,6 por ciento de los ecuatorianos entre 19 y 59 años padece sobrepeso y 22,2 por ciento obesidad. El 61,37 por ciento son hombres y el 67,62 por ciento de los casos son mujeres. 

Cecilia no está sola en su camino por combatir la obesidad. Se registró con su hermana, Nathalia, también de 41 años y de 99 kilos (pidieron nombres en reserva). Juntas se enlistaron por recomendación de una amiga de la Universidad: Ximena, que pesaba 95 kilos hace 10 años. 

De carácter festivo y sonrisa amplia, Ximena parecía no darle importancia a ser "la más grande" de su salón. Ostentaba su felicidad y decía que iba contenta por la vida, sin preocuparse de su apariencia. Mentira. De la noche a la mañana, la chica dejó de vestir blusas talla plus size XXXL (en Ecuador es la talla 42 en adelante). Reemplazó las enormes poleras de algodón que cubrían sus voluptuosos antebrazos por pequeños bividis para mostrar los hombros y perfilar sus pechos; el abdomen pronunciado ya no presiona el cierre del pantalón. 

En un año, Ximena perdió más de 50 kilos. Su figura cambió. Ahora viste prendas con pequeñas y holgadas pretinas, adornadas con algún cinturón. "Ya no soy la más grande de mis compañeros. Me di cuenta de que he sido hermosa", cuenta. 

La experiencia de Ximena motivó a Cecilia y a Nathalia a someterse al procedimiento para erradicar su problema de obesidad.  ¿Por vanidad? "Totalmente", reconocen las hermanas sin pensarlo.  

Para registrarse, como requisito fundamental, los pacientes tienen que pesar alrededor de 90 kilos y no tener más de 65 años. 

Un asunto de familia

Sergio Peralta, médico General, explica que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el sobrepeso se define cuando el índice de masa corporal —IMC (kg/m2)— es igual o superior a 25; y la obesidad como un IMC igual o superior a 30, . 

El experto alerta que "vivir con sobrepeso y obesidad, implica elevados factores de riesgo para el desarrollo en lo laboral, social y familiar, así como problemas de autoestima y depresión".

Esta situación no es lejana para Nathalia, quien tiene un IMC de 32. Ella reconoce que se siente fastidiada de llegar a cualquier tienda de ropa para buscar los pantalones más grandes, plus size. "El color, el modelo y la textura no me importan. Lo único que me interesa es entrar en una prenda. Con un cuerpo delgado es más fácil y más económico encontrar ropa", refiere. 

Detrás del deseo por lucir pantalones con talle delgado, se encuentra una carga familiar, no solo por herencia, sino por afectaciones a la salud.   

El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) concluyó que las enfermedades derivadas de la gordura integraron las principales causas de defunciones en el país durante 2020, con más de 33 mil 874 decesos .

El Ministerio de Salud Pública (MSP) alerta que el sobrepeso constituye un factor de riesgo para las enfermedades isquémicas del corazón, hipertensivas y cerebrovasculares, así como a la diabetes mellitus. 

Sobre este tema, la familia de Cecilia y Nathalia no ha sido la excepción. Sus abuelos paternos, Manuel y Jacinta, defendían el refrán "en la gordura hay hermosura". Don Manuel retaba a sus hijas cuando las veía iniciar una dieta. Tras un regaño les repetía: "Coman. Al comer tenemos vida". Como una gran ironía, cenar en exceso le originó a Manuel una serie de problemas asociados al sobrepeso: sufrió varios infartos al corazón debido a la presión alta; ingresó al hospital en al menos seis ocasiones, una de ellas debido a una severa hemorragia nasal. No faltaron los médicos que le impusieran "dietas verdes", que no duraban más de una semana. "No soy conejo", repetía el hombre. Volvía a comer carne y fritos. Murió a los 65 años. 

Doña Jacinta también presentó un cuadro de presión alta. Además, sufrió problemas de circulación que ocasionaron várices a consecuencia del sobrepeso. Alberto, el menor de los tíos, era el "más gordito". Un peso superior a los 120 kilos redondeó en diabetes. Los largos y costosos tratamientos con naturistas, homeópatas y endocrinólogos no dieron resultados. Pereció a los 55 años.  

Daniela, la abuelita paterna de Cecilia y Nathalia, falleció en 1991 por una crisis de azúcar resultante de una diabetes. En 1988, le amputaron la pierna izquierda a causa de una úlcera diabética que se focalizó en el dedo gordo. Las curaciones con sangre de drago para suturar la herida no frenaron el daño en los vasos y nervios. 

Daniela se movilizaba en silla de ruedas. Tres años antes de su deceso limitó sus movimientos en una cama. La mujer de 112 kilos se convirtió en una persona de "piel y hueso". Perdió peso en forma abrupta debido a la degeneración de su trastorno. Llegó a pesar 49 kilos. 

La obesidad tiene rostro de mujer

De acuerdo a datos entregados por el Ministerio de Salud Pública, el índice de sobrepeso y obesidad en Ecuador va en aumento. 

En 2019, se registraron 137 mil 652 pacientes con diagnóstico confirmado; en 2020, fueron 113 mil 924 casos. Y en 2021 la cifra se incrementó a 158.183 diagnósticos. Hasta abril de 2022 se confirmaron 55 mil 782. Los casos de sobrepeso se concentraron entre los 19 y 59 años. 

Para Roberto Intriago, médico general, el incremento de pacientes después de 2020 fue previsible tras la pandemia por la covid-19. Lo más alarmante es que el aumento se concentró en mujeres. 

Por ejemplo, en Pichincha, entre 2019 y lo que va de 2022 se ratificaron 12 mil 516 casos de sobrepeso en hombres; mientras que, en el mismo plazo, 68 mil 552 mujeres ingresaron a la lista.

"El confinamiento obligatorio sometió a los ciudadanos a encerrarse. Y como no tenían en qué más entretenerse o se sentían estresados por el encierro, se distraían comiendo. Y lo más común era consumir comida chatarra", explica Intriago. 

La cirugía, una solución

Bruno, padre de Cecilia y Nathalia, continuó con el "legado familiar". A los 71 años, le prescribieron Glucofage, un medicamento que se usa para tratar la diabetes mellitus. Tenía que tomar una dosis en la mañana e, inmediatamente, reducir la ingesta de azúcar. Nunca cumplió el tratamiento. 

En las tardes, Bruno llevaba para sus hijas pasteles de naranja y dulces de guayaba, sus favoritos. Para calmar la sed, antes de irse a dormir, nada mejor que limonada, agua de coco o de horchata, endulzado con cuatro cucharadas grandes de azúcar. A veces, cinco y seis, "por si acaso". En los fines de semana, si el tiempo y el humor alcanzaban, preparaba mermelada de frutilla o de piña, endulzados con panela, azúcar y grandes cantidades de esencia de vainilla. 

Elsa (91 kilos), hermana mayor de Cecilia y Nathalia, también fue sorprendida por desórdenes de peso. Al igual que su padre, consumía Glucofage. Elsa empezó a perder peso después de que le suministraron píldoras para reducir el estrés por ansiedad, con lo que redujo sus impulsos por comer. Sin embargo, no se detuvo el proceso degenerativo. A los 45 años, sufrió un infarto, resultante de un problema pulmonar. 

Adriana (89 kilos), la segunda de las cuatro hermanas, tomó recaudos para romper la "herencia familiar". En 2020, pidió un préstamo quirografario de cinco mil dólares en el IESS, para pagar el procedimiento médico en un hospital privado, en el norte de Quito. La operación costó cuatro mil 500 dólares, pero redujeron el valor de la cirugía a cuatro mil, por una promoción: un "combo 2×1″. Su esposo, Jaime (115 kilos), se sometió a la intervención, beneficiándose del descuento.

Jaime reconoce que su decisión tuvo un sentido de desesperación. "No había camisa que me cerrara. Todos los ternos me quedaban pequeños. No tenía qué vestir". La ropa de talla plus size, cuenta, solo la encontraba en tiendas de Ipiales o de Pasto (Colombia). A eso se sumó que ya no tenía rendimiento físico para jugar fútbol "con los viejos amigos del colegio", dice.

Jaime se sometió a un bypass gástrico al ver que su hermano mayor, Fernando, perdió casi 70 kilos. "Mi ñaño se dormía hasta cuando manejaba. Desde que se operó, no solo se convirtió en un hombre delgado, sino también vigoroso", comenta. 

Adriana y Jaime también se registraron en una lista de pacientes para una cirugía de reducción de peso en otro hospital del IESS, pero luego desistieron. Si bien la operación les resultaba gratuita, para ellos el año y medio de espera y los engorrosos trámites no merecían la pena. El matrimonio pagó la operación en un hospital privado. En menos de cuatro semanas ingresaron al quirófano. Tres meses después, cada uno perdió más de 40 kilos. 

La reducción del tejido adiposo y de tallas fueron paulatinas tras una larga terapia a base de aguas aromáticas, caldos, compotas y papillas; un monitoreo nutricional y el apoyo de un psicólogo. 

"Los resultados son buenos. Ahora como menos. Con muy poco me siento satisfecha", cuenta Adriana.  

El doctor Roberto Intriago advierte que la solución a los problemas de sobrepeso no es acudir a las intervenciones quirúrgicas. De hecho, el experto asegura que estas operaciones de tercer nivel deben ser entendidas como un último recurso para las personas que tienen un alto índice de masa corporal y que no pueden reducir su volumen. 

Explica que en todos los casos, las personas interesadas primero tienen que asumir dos compromisos. El primero, actividad física, especialmente cardiovascular (caminata, trote, natación, aeróbicos, etcétera). El segundo, controlar la alimentación y tomar mucha agua.  

“Si estos dos hábitos son permanentes, la pérdida de peso es segura”, observa. 

Larga espera

Cecilia y Nathalia saben que el tiempo corre. Tres años de esperar la cirugía para reducir peso han sido demasiados. Aunque cuentan con el dinero para intervenirse en una clínica privada, se mantienen en la idea de continuar el tratamiento en ese hospital público. Ambas están convencidas de que es mejor seguir el largo procedimiento, que implica cambiar sus hábitos alimenticios, antes que operarse sin hacer conciencia de la responsabilidad que implica una cirugía de esta magnitud. 

Ellas coinciden en su deseo de llegar a una consulta médica, en donde los doctores no las miren con distancia y que les digan una y otra vez que su pronunciado volumen es el "responsable de todos los males".