Cultura urbana

¡Zapatero a tus zapatos!

Iván Barrero tenía 13 años y holgazaneaba como si le pagaran por ello. Fue su madre quien lo llevó ante la presencia de un pariente, su cuñado, un zapatero curtido que necesitaba un ayudante.  

Iván primero lo pensó. Al cabo de unos días acudió resuelto porque prefería oler pegamento bajo la sombra que cargar sacos de cemento a cielo abierto con su padre, quien se dedicaba a la construcción. (Si de algo tenía certeza el muchacho, a esa edad en la que todo es incertidumbre, es que no quería ser albañil).  

Iván Barrero. Zapatero de Guayaquil. Revista Bagre.
Iván Barrero remienda zapatos desde hace 25 años. En este oficio encuentra una forma de subsistir. Fotografía: Isabel Hungría.

Iván acudió al taller y recibió de manos de quien fuera su maestro, Hugo Cordero, varias herramientas: goma, clavos, cuchilla y martillo para que pegara las suelas de los zapatos maltrechos que había en el lugar.  

Con estos instrumentos, el pupilo aprendió a restaurar calzado, pero la factura de ese aprendizaje fue saldada con martillazos en los dedos, incisiones en las falanges y uñas, y un fuerte escozor en la nariz, a causa del vapor tóxico de la goma que buscaba irremediablemente sus fosas nasales.

Landry, una asistente de fierros

Mientras narra sus inicios, Iván le da pedal a un mamotreto de la edad de Matusalén que le simplifica la vida.  Se trata de la máquina cosedora Landry número 36, un cachivache macuco cuya estridencia inunda de ruido el lugar y eclipsa la voz del artesano. 

La máquina Landy es una reliquia de por lo menos 100 años; es eterna, yo me muero y ella seguirá —dice mientras la acaricia.

El zapatero también le echa flores a la rematadora, que tiene 20 años y cuya función es pulir. 

—Fue hecha por manos ecuatorianas, artesanal, eléctrica —explica.

Iván enciende la máquina y empieza a pulir una suela. Su voz pierde nervio por el ruido, pero se puede escuchar: 

—¡Es una maravilla!

Zapatero Iván Barrero. Revista Bagre.
Las herramientas que usa Iván son sus compañeras y al mismo tiempo sus verdugas. Como sea, el zapatero se deshace en elogios hacia ellas. Fotografía: Isabel Hungría.

—¡Brruumm, bruum!— se activa el armatoste después de que el maestro le embona un zapato marca Crocs y pisa uno de los dos pedales con los que el artefacto se encarga  de remendar. 

Pareciera que el macrocéfalo zueco estuviera echado sobre el cadalso en espera de la guillotina, cuando Iván empieza su faena. 

—¡Brummm, brumm! —picotea la aguja y zurce el zapato derrotado. Al cabo de unos minutos, este sale fortalecido. 

En medio del barullo de la Landry —porque tengo bastante trabajo, dice Iván— conversa sobre los entresijos de su oficio —también de su vida— y lo que su práctica comporta. 

—¡Uhhh!, cuántas veces me hice cortes en las manos, incluso ahora me he lastimado cuando estoy apurado o estresado. Todos estos son cortes con navaja —muestra sus cicatrices. 

También tiene cortes en el pecho. 

—Al perfilar con el estilete desde afuera hacia adentro —coloca sus brazos como si tocara un violín para graficar— me hacía cortes en el tórax. Antiguamente se trabajaba solamente con suela. Los frutos de la modernidad, como la cosedora, la remendadora y la pulidora,  no han podido poner coto a la miríada de accidentes que ha sufrido. 

Hace cuatro años se pegó dos puntazos en el pulgar izquierdo con la Landry y su aguja le atravesó el dedo. Por suerte no perforó el hueso, pero la manecilla, que tiene un gancho, se quedó prensada en su dedo y tuvo que ir así al hospital. 

Allí le pusieron anestesia y se la sacaron. 

—Esta máquina tiene harta fuerza— relata mientras le da unas cuantas palmadas. 

Aunque las máquinas no sean la panacea, confiesa que el oficio ha cambiado. 

Antes los zapatos se pulían; ahora no tanto porque la gente no usa suelas, sino plantas, que son de plástico. El pegamento tampoco es igual. En mi juventud abría un tarro de goma y debía apartarme porque salía un vapor que me hacía toser, por eso muchos zapateros murieron de afecciones pulmonares. 

Entonces Iván se extiende en sus cavilaciones.  Así menciona que el pegamento de ahora se despega fácilmente, por eso hay gente que compra zapatos y los trae inmediatamente a coser. 

Revista Bagre.
"Esta máquina, pulidora, tiene más años que usted y yo juntos", dice Iván en su taller de reparación de zapatos. Fotografía: Isabel Hungría.

Iván guarda silencio. Luego de unos segundos sentencia categóricamente: es la codicia. 

—Todo es comercial. Se trata de que los zapatos se dañen para que los clientes vuelvan a comprar. Ya no hay nada para toda la vida, por eso los seres humanos ya no duramos mucho—, saca a limpio. 

Tal vez él no lo sepa, pero eso que dice —todo es comercial— tiene un nombre: obsolescencia programada. 

Iván remienda zapatos oficialmente desde hace 20 años, aunque fue hace 25 que se vinculó con este oficio.

Los secretos

En un solo día, Iván arregla alrededor de unos veinte pares de zapatos; no obstante lo que más le satisface es coser.  No puede decir lo mismo de otra actividad que realiza con asiduidad, sacar suelas, porque debe tener cuidado de no romper la parte superior del zapato. 

En su taller, lo suficientemente grande para poner en marcha varias máquinas, retoza una figura que llama la atención de sus clientes: se trata de una pierna de metal, cuyo pie se levanta airoso entre todas las piezas que le rodean. 

—Es una plancha para golpear; en ese pie se mete el zapato y se le golpea— explica. 

Revista Bagre.
La pierna de cabeza parece una obra de arte. Con ella, Iván golpea el zapato para darle forma. Fotografía: Isabel Hungría.

A Iván no le sorprende que a su taller lleguen zapatos que ya están para botar porque mucha gente se ha acostumbrado a ese calzado. Tampoco se escandaliza con los zapatos que huelen mal o que tienen tierra en la plantilla. Eso sí, rechaza rotundamente, y sin dilaciones, los zapatos mojados. 

¿Cuánto se puede ensanchar o alargar un zapato?, le consultamos y él responde con solvencia, poniendo en evidencia que el axioma "zapatero a tus zapatos" no fue creado en balde: “solamente un número, pero zapatos como los Crocs no pueden ancharse porque son de caucho”.  

Ellos 42, ellas 37

Un cliente llega. Desea que el maestro remiende la cartera de su esposa. Iván le informa que tiene que dejarla. El señor coloca la cartera encima del mostrador y se va. 

—Si se la arregló y se la lleva ahora mismo más tarde volverá para que haga nuevamente el trabajo —señala el artesano. 

Vuelve entonces a demostrar que la experiencia no es un accidente cuando explica el motivo por el cual los zapatos que tienen la medida perfecta generan ampollas. 

 —Son muy hondos. En ese caso se les debe poner espuma en las plantas para que eleven el pie y no haya roce con el talón.   

Prosigue, con la mirada atenta en lo que hace, que los zapatos solamente pueden ser ensanchados un número. Entonces, toma la máquina —que parece una balanza antigua de tienda de abarrotes— y coloca los zapatos en la horma ensanchadora. 

Revista Bagre.
La máquina ensanchadora de horma hace magia, ya que con ella los zapatos pueden crecer un número. Fotografía: Isabel Hungría.

—Mire, aquí se ponen. Solamente los zapatos deportivos necesitan estar en la máquina dos días —instruye con un tono doctoral. 

Sin margen de duda señala que los ecuatorianos calzan generalmente 42 y las ecuatorianas 37

Y son precisamente estas últimas quienes más aportan a su modesto patrimonio con cada bocatapa que se ven urgidas a reemplazar.

—El hombre viene y solamente pide que le cosan un par de zapatos—, matiza entre el apuro y la certeza. 

Barrero sonríe, de fondo se escucha el rugir de la Landry…