Cultura urbana

Eliécer Cárdenas y la obediencia a sí mismo

Ilustración: Manuel Cabrera.

Eliécer Cárdenas se fue de esta vida hace un año con la misma barba apostólica y revolucionaria con la que todos lo conocimos. 

Con la misma ropa de modesta costura -siempre con saco, nunca con corbata- con que solía recorrer las calles de Cuenca

Con la misma voz de río caudaloso con que contestaba los saludos a quienes lo reconocían andando por allí, tuteándose con las cosas sencillas de la vida. 

Sí, sencillas, porque si algo caracterizaba al creador de esa especie de Robin Hood criollo que fue Naún Briones, fue su total desapego por la fatuidad y la pedantería.

Eliécer Cárdenas, el literato incorregible, se fue de este mundo hace 365 días y su inesperada partida enmudeció el mundo literario a través del cual dignificó la palabra.

Los inicios de Eliezer Cardenas

Nació en Tambo Viejo, provincia del Cañar, a medio camino del siglo XX, un día provisto de la magia suficiente para darnos a un ser que, más allá de su reconocida postura política —estuvo afiliado al Partido Comunista—, nunca bajó la cabeza ni la mirada.

Tal cual como esas esfinges de la isla de Pascua: siempre atento, siempre imperturbable.

A los 16 años, imitando los pasos del escritor británico Walter Scott, hizo un remedo de novela sobre las cruzadas que no terminó de escribir porque su incertidumbre de neófito le dijo al oído que no servía y la quemara. 

Siendo todavía un adolescente dio los primeros pasos en la escritura. Fotografía: Cortesía.

Adoptado por Cuenca a temprana edad —luego sería declarado su cronista vitalicio—,  lactó de la erudición de su familia conformada por unos tíos cultísimos.

Sus lazos de consanguinidad lo unían a Ezequiel Cárdenas, compositor de “La bocina”; Nela Martínez Espinosa, política y escritora, y Simón Espinosa Cordero, académico y escritor. 

A sus 20 años publicó en el suplemento cultural de diario El Mercurio, en ese tiempo bajo la dirección del poeta Rubén Astudillo, sus primeros relatos, pero su oficio de narrador despega en 1971 con la publicación del cuentario Hoy al general

Fue jefe de redacción en el diario El Tiempo, director de la Biblioteca Municipal de Cuenca y presidente de la Casa de la Cultura de la misma ciudad. 

De cabello negro y ensortijado, con una especie de cerquillo sobre la frente, de piel más bien blanca, apenas oscurecida por su constante deambular en busca de historias y antihéroes, solía ir de chico a conversar con los presos que elaboraban artesanías en la cárcel del Cañar. 

Conversaba con los presos que hacían artesanías. Fotografía: La Clave Cuenca.

Polvo y Ceniza: su pacto con la eternidad

Cárdenas supo que tendría un pacto inviolable con la eternidad luego de publicar, en 1976, Polvo y Ceniza, premiada por la Casa de la Cultura dos años después.

El jurado estuvo integrado nada menos que por Pedro Jorge Vera (Guayaquil, 1914-1999) y Alicia Yánez Cossío (Quito,1928), dos clásicos de la literatura ecuatoriana.

No estoy seguro de que alguna vez pueda escribir algo mejor que ese pequeño best-seller que es Polvo y Ceniza, confesó en una entrevista el propio autor, nacido el mismo día y año en que le fue concedido el Premio Nobel de Literatura al autor norteamericano William Faulkner.

Uno de los reconocimientos a su labor como escritor. Fotografía: Cortesía.

Esa feliz coincidencia lo ponía a creer en las bondades del destino.

Miraba de reojo, con sus ojos negros de uvas recién lavadas, las críticas: creía que siempre valoraron más lo de afuera. Ante ello solía decir que cada autor, cuando escribe o crea personajes, siempre se ve reflejado en uno de ellos. 

En su caso, no solo Naún Briones, con su contrariada bondad a lomo de caballo, lo representaba, sino otros personajes, la mayoría inconformes con las inequidades de la vida.

Polvo y Ceniza se convierte en el “único lugar en el que es posible impugnar la inequidad y expresar la inconformidad a través de la riesgosa resolución de recurrir al mal como forma de restaurar el bien: robar al rico para repartir entre los pobres”, señala Mariagusta Correa.

En vida, con el libro de su autoría Polvo y Ceniza. Fotografía: YouTube.

Según esta experta en la obra de Cárdenas —acádemica cuencana y pupila entrañable del escritor— él estaba consciente de que la escritura tenía un trasfondo, que no era una gratuidad ni el capricho de algo que podría llamarse inspiración o epifanía.

Literatura de inconformidad social

En Hoy al general…, su primera colección de cuentos, encuentra una preocupación del autor por las formas en las que los cuerpos son desechados desde un poder que surge en escenarios sociales (Las limosnas), familiares (Honor familiar) y estatales (Hoy al general…).

Estos elementos revalidan su sensibilidad de escritor que alcanza las inquietudes académicas de hoy: el cuerpo, los afectos y las formas del sentir.

Su manifiesta tendencia política reverberó en su escritura poblada de tensión social y de hechos reivindicativos, como en su novela Cabalgata nocturna.

Más allá del escritor

Clarita Medina, periodista guayaquileña y directora de A vuelo de página, programa cultural con asiento en Guayaquil, lo entrevistó el 23 de septiembre del 2020 y pudo departir largamente con él. 

A ella le llamó la atención de Eliécer, su sencillez.

"Un hombre tremendamente sencillo, a pesar de ser uno los escritores más prolíficos e importantes de la literatura ecuatoriana de la segunda mitad del siglo XX e inicios del siglo XXI”, dice Clarita de Cárdenas.

Con un sentido del humor fuera de lo común, presto a crear sobrenombres y siempre con una sonrisa a la mano —según el recuerdo de su hija Berenice—, Cárdenas estructuró su carrera literaria salvando extremas dificultades.

"Mientras en ciudades como Guayaquil o Quito, la Casa de la Cultura o la Universidad Central auspiciaban a otros autores en la década de los 70, en su caso, las publicaciones debieron salir de su propio bolsillo". 

Algo corpulento, amante del tango, de la zamba, el café, el cine y el danzón cubano, consecuente con esa hoja de ruta insoslayable que le había diseñado la vida, siempre se dio tiempo para atender las exigencias de la cultura y animar a los jóvenes a que sigan escribiendo.

"Hablaba poco pero cuando le preguntabas era un enciclopedia", dice Berenice de su progenitor. 

El pinar de Segismundo lo descubre como un conocedor de la cultura ecuatoriana porque toma personajes reales de la literatura —metaliteratura— y los vuelve literarios al dotarlos de unas características que solo a un escritor consumado se le pueden ocurrir”, reflexiona Clarita sobre dicha obra.  

Tan solo dos días antes de su muerte presentó en Azogues El hijo del sastre, de Juan Castanier Muñoz, y prologó la muestra de un pintor mexicano en Cuenca.

Inquilino por 30 días en su juventud temprana del expenal García Moreno, por “rojo”, revoltoso e inconforme con la dictadura de Velasco Ibarra, Cárdenas, que fue acusado de querer incendiar la Gobernación del Azuay, era un hombre sensible.

Llegaba a las lágrimas cuando algún evento lo conmovía (un homenaje de su hija Soledad, en el programa de Tv La Caja de Pandora, así lo confirma).

Tenía por costumbre “empuñar” los labios cuando hablaba, como si tratara de filtrar cada una de sus palabras y de sus pensamientos.

Solía recordar, al mejor estilo del poeta chileno Pablo Neruda en la Isla Negra, que cuando los militares allanaron su casa en Cuenca, en busca de armas u otro material subversivo, lo que encontraron fueron libros, realmente, “las mejores armas”.

Desdeñoso de la tecnología y de las redes sociales, acostumbrado desde siempre al tecleo de la máquina de escribir, apoyado por su cómplice de vida, Carmita Patiño, quien transcribía y vertebraba sus textos, el escritor cañarense jamás se prestó para oficiarse de autobombo.

En la presentación de su libro El Pinar de Segismundo. Fotografía: Pinterest.

Eliécer Cárdenas en realidad se solazaba con todo lo que le evocara cultura, de ahí que continuamente decidiera desdoblarse para asistir a cada evento al que fuera invitado.

Paciente y disciplinado con la escritura, Cárdenas dejó tras de sí más de veinte novelas e innumerables artículos, todos los cuales nos llevan a la certeza de que, pasados los siglos y los siglos, nunca serán… ni polvo ni ceniza.