Cultura urbana

Jaime Padilla, el pepenador aséptico

recolector
Ilustración: Carlos Almeida.

Son las dos de la tarde y el sol penetra en la piel de los guayaquileños, pero para Jaime Padilla el astro sol es solamente un inocuo dibujo que aprendió a pintar en la escuela. Va con una gorra, una pantaloneta, una camiseta de la selección y unos Crocs; no utiliza camisas que cubran sus curtidos brazos ni embadurna sus poros con un protector solar.  

Sale de su casa a la una de la tarde con un tomatodo, su biblia, su bolso, su bulliciosa radio, y se embarca en un bus de la línea 121 que lo deja en la Garzota, tras una hora de recorrido. 

Jaime no es cantante, tampoco político ni mucho menos cartero, pero canta como si hubiera ganado varios Grammy; saluda como si fuera alcalde; y transita como si entregara cartas.  

Mucha gente lleva años saludándolo sin siquiera conocer su nombre. Jaime es en realidad un recolector de desechos, o pepenador, que encontró en la basura una manera de trabajar digna y honradamente. 

Jaime Padilla recorre un buen sector del norte de Guayaquil. Por cincuenta centavos diarios, recoge la basura en la casa de sus clientes. Fotografías: Isabel Hungría.

Nació en la provincia de Los Ríos, de donde salió cuando cumplió 18 años. Fijó su residencia en el suburbio de Guayaquil, ciudad en la que formó una familia de la que más tarde tuvo que encargarse solo —”con la ayuda de dios” y de su hermana— porque la madre de sus cuatro hijos lo abandonó.  

Ahora, con 52 años, aunque su energía podría ser la envidia de cualquier imberbe, ha olvidado el trago amargo que le supuso la deserción de su pareja. Para enjugar sus lágrimas debió refugiarse en Corintios, Salmos, Mateo, Isaías y en cuanto versículo encontró consuelo.  

Quizá por eso hoy tiene a dios en la punta de la lengua —no deja de mencionarlo— y a satanás confinado en el esternón. En la radio que grita en su pecho escucha solo alabanzas.  

Con esa fe delirante, desde hace siete años acude al centro Cristiano Tabernáculo, ubicado en la Novena y la D, en donde el pastor José Zamora predica el evangelio.  

—Está invitada, pero para ninguna iglesia se necesita invitación —dice con su hablar vertiginoso y locuaz.

Su trabajo de recolector

Desde hace treinta años, Jaime recorre las ciudadelas Garzota, Sauces y Alborada para recoger, de casa en casa, los desperdicios que cada hogar genera. 

Antes de declararse independiente trabajó un año en la empresa de recolección de basura Vachagnon, de la que dice haberse marchado cuando le prohibieron recoger los desechos directamente en los hogares. 

—Vachagnon (empresa que prestaba el servicio de recolección antiguamente) quería que recogiéramos las bolsas solamente en las esquinas de las aceras, pero yo no podía dejar a mi gente botada —remarca con la satisfacción de haber hecho lo correcto al renunciar. 

Ese altruismo del que hace gala no es una actitud artificiosa, pero la filantropía llena el alma, no el estómago, por eso debió primero asegurar su futuro haciendo una serie de ecuaciones. 

—Aquí gano más. Usted viera cómo me regala la gente ropa. Yo no gasto ni en zapatos; me dan comida también. El poder de dios me glorifica. Manos que dan, reciben.

Ya en la Garzota, Jaime va a lo suyo. 

—A veeer —llama a voz en cuello al llegar a la garita en donde se encuentra el guardia que le permite guardar su triciclo. 

El centinela lo observa, abre las compuertas que celosamente custodia, lo deja ingresar y recibe un litro de gaseosa.  

—Hay que ser agradecido —dice Jaime, quien previamente ha comprado la bebida.

Luego, camina raudamente hacia el callejón en donde deja su principal herramienta de trabajo, saca unas llaves de su bolso, abre la caja de metal que tiene adherida a su triciclo y empieza a ordenar sus aperos. 

—Me encanta mi trabajo —aclara mientras se ajusta parsimoniosamente los guantes que en unos minutos lo protegerán del peligro y de la bazofia: se ha cortado tantas veces y ha palpado otras tantas el rigor mortis de perros y gatos que pide siempre a su gente “que coloque en un cartón los vidrios rotos o los animales muertos”.  

—Yo boto los perritos muertos, pero lo que no hago, y me lo han pedido, es botar una mascota viva. Eso no. 

Acto seguido muestra los pertrechos con los que combate cualquier emergencia que se le presente no solo a él sino también a su prójimo: paracetamol, algodón, gasa, alcohol, mascarillas, mertiolate y menticol. 

—A cualquiera se le puede presentar un accidente —remarca. 

Finalmente guarda todo en la cajita, coloca su mano derecha en el manubrio del triciclo, su mano izquierda en la montura y empieza a empujarlo como si estuviera preservando el equilibrio de un niño que por primera vez se sube a una bicicleta.  

Las bolsas de basura se colocan en el triciclo de atrás hacia adelante. Si se hiciera al revés, el vehículo se volcaría.

La gente me quiere

Da unos cuantos pasos, se detiene en una casa, llama a voz en grito —“a veeer”— y aparece una señora con una bolsa grande de basura. Él ingresa hasta el soportal, agarra la funda, la pone en su bicicleta, recibe un dólar y agradece —“dios me la bendiga”— como si ese dinero fuera su primer sueldo.   

—Yo no reciclo —aclara mientras agarra unas pomas que encuentra en una vereda, pero dice que un amigo suyo lo hace y que por eso recoge lo que encuentra. 

Hace su recorrido, mayormente a pie, y acomoda en su vehículo las bolsas de atrás para adelante porque si las pone en la trompa del triciclo —como lo hizo cuando era un neófito pepenador— el armatoste se va de bruces. 

No es maña, son las leyes de la física, por eso, a la hora de descargar, lo hace al revés: de adelante para atrás. Hasta hace dos años Puerto Limpio recogía en la ciudad, incluida las parroquias rurales, 4.200 toneladas diarias de basura, un número significativamente más alto que las 2.200 toneladas que reporta Quito o las 517 que produce Cuenca. Sin embargo, Quito recicla muy poco (o mucho menos): apenas 1,8 % de todo lo que produce.

A pesar de que Jaime se considera cauto, no se ha visto libre de accidentes, pero como “Dios siempre me protege”, dice, ha salido indemne. 

En una ocasión su triciclo se volvió autónomo. Apresuró su paso en una larga pendiente. Jaime, raudo, se vio obligado a lanzar las bolsas de basura que llevaba en sus manos y correr detrás del rebelde desbocado. No logró alcanzarlo. 

—Yo siempre le doy mantenimiento a la bicicleta; mire las llantas, mire las llantas, son nuevas; hay gente que anda con llantas lisas —comenta. 

En otra ocasión, cuando dejaba su triciclo guardado en Sauces 1, se olvidó de ponerle candado y al siguiente día no lo encontró. Fue así que compró el que ahora tiene, desde hace 15 años, con la ayuda de su gente. Lo compró en 150 dólares porque no era nuevo. 

“Es alegre y optimista” dice Elena de Jaime mientras le cancela los cincuenta centavos que le paga diariamente por sus servicios.

Vecina de Sauces 1, Elena tiene 70 años y vive con una hija cuyo horario de trabajo no le permite sacar la basura a la hora que pasa el carro recolector, de ahí que agradezca el trabajo de Jaime. 

Dios en la punta de su lengua

Los diálogos que Jaime mantiene permanentemente con Dios no se quedan solo en monólogos. Su creador se ha manifestado, dice, cuando él le ha hecho una petición.

—Cinco veces le he pedido al señor que detenga la lluvia y la ha detenido. Un día tenía el encauchado puesto y dios me dijo “si quieres que te quite la lluvia, sácate el encauchado”; lo hice y se fue la lluvia —un conato de risa que no termina de detonar asoma entonces. 

Jaime recorre La Garzota, luego Sauces 1, después la Alborada, luego otra vez Sauces y concluye en la Garzota, pero en cada urbanización desecha la basura en los recolectores municipales para no llevar tanto peso de un punto a otro. 

El hombre de risa permanente y optimismo inmarcesible, trabaja de dos a seis de la tarde, gana de 20 a 25 dólares diarios, recorre cada día 10 kilómetros y visita alrededor de 50 casas.

Bajo el influjo de sus creencias religiosas, olvida la hediondez de los organismos que traslada y entrega sus anhelos a su aséptica vida.

—Hola amigo —saluda a un policía que revisa su celular en un patrullero; el agente le responde y Jaime dice que así no conozca a una persona la saluda
—. Si me contestan, bien, y si no lo hacen no hay problema porque el que pierde es él, no yo. 

Jaime es alegre, jovial, caritativo. Ha visto retribuidas esas virtudes cuando ha devuelto las billeteras, carteras y maletines que ha encontrado al reunir los desechos. En una ocasión, le regalaron cincuenta dólares por rescatar de entre unos escombros un portafolio que contenía los títulos de propiedad de dos vehículos.

Jaime ha extendido los brazos de su filantropía hasta la provincia en la que nació, de ahí que solicitara que arreglaran un camino vecinal que le costó a él palabras y al gobierno provincial 370 mil dólares, dice. Agrega que actualmente está poniendo todos sus esfuerzos para que arreglen otra carretera.  

—Claro que no va a ser hoy día, y muchos presidentes puede haber, pero el gobernador del mundo es el padre celestial.  

Jaime no entrega epístolas en su triciclo, aunque lleva un fajo de ellas y contagia de alegría a los vecinos que ven en las muescas que se forman en sus mejillas la declaración de principios de su existencia.  

—La declaro bendecida —dice el predicador al irse; entonces corretea al lado de su bicicleta, pega un brinco para poder aterrizar en la montura y empieza a pedalear como si estuviera dando un paseo por un campo sembrado de flores. 

La caja de resonancia que tiene en su pecho vuelve más bucólico el paisaje: No puedo parar de alabarte, no / no puedo parar de alabarte noooo / no puedo parar de alabarte Cristooo.