Cultura urbana

Justicia literaria: Escribir de sexo, acariciándose y tecleando

Ilustración: Manuel Cabrera.

Levantarse todos los días y buscar el mejor atuendo para sentir que al cubrirse se disipará cualquier miedo moderno siempre ha sido el engaño más grande. A las mujeres se les ha enseñado desde pequeñas que hay que “adornar la jaula”, cualquiera que esta sea, para que la protección llegue, en forma de ángel guardián. Una vez descubierta la estrategia, se suele repetir en dosis hasta que vamos naturalizando el comportamiento, los códigos y normas que nos enseñan, como, por ejemplo, la vergüenza a la desnudez del cuerpo y los tabús que existen sobre el sexo.

Y es aquí donde me detendré, porque la desnudez no es precisamente estar sin ropa, es descubrir que una se pertenece y se quiere a su manera. Como un aliciente, el sexo tiene sus matices y en este artículo descubriremos que el miedo, el dolor, el amante con sus juegos de cama, la necesidad obstaculizada, el orgasmo sostenido (espero que este lo sea, querida lectora o ser masculino) lo llevaremos al día de gloria, donde los cuerpos resuciten y cantemos “I touch my self” de Divinyls

¿Por qué escribir de sexo es peligroso?

Anais Nin, escritora de raíces cubanas y francesas, no se hizo esta pregunta jamás. Ella, de manera directa, jugó con lo prohibido y lo escribió: la evidencia de las noches inacabadas que terminaban en orgasmos la retrata en sus obras Delta de Venus y Pajaritos, sus relatos condensaron el arte de las palabras con los líquidos que expulsan los cuerpos extasiados. A ello hay que aumentarle su interés por el psicoanálisis. Detrás de las palpitaciones existía un fantasma, el padre. Ese abandono paterno la llevó a escribir una carta de infortunio y dudas. Años más tarde editó La casa del incesto, donde menciona que en un reencuentro con su padre ocurrió una relación sexual. 

Como anécdota se cuenta que un lector anónimo le pagaba para que siguiera con sus escritos eróticos. Nin nunca reconoció la palabra pudor, pues para explorar el deseo no se necesitan jueces ni moralejas.

A Nin la fama la alcanzó con la segunda ola feminista, de la cual se volvió unos de sus íconos. La escritura desde los ovarios es lo más cercano a la profundidad, lugar donde Anais navegaba. Amantes tomados para personajes de libros, una luz para las siguientes generaciones, una escritora de grandes inundaciones. 

Anais Nin.

En una entrada de su diario se lee: 

“Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Henry. ¡Y él todo estaba ahí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor sensualidad! Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría”. 

¿Ya hay algo de humedad en usted? 

¿Quiere excitarse este 2023?

En las discusiones literarias al erotismo se lo suele considerar plato de segunda mesa. Las palabras que comúnmente se expulsan en el acto sexual, para algunas personas, no pueden ser mezcladas en el arte de la palabra, en lo sagrado de las páginas, porque es cruzar una línea que ruboriza al más letrado de la Real Academia de la Lengua.

Sin embargo para la escritora española Diana Gutiérrez no existe tal diferencia. Es más, cruza y provoca con la novela ¡Sí, mi capitana!, inspirada en una historia de romance y sexo entre dos piratas, que se desarrolla entre 1730 y 1760.

Con diálogos sencillos y digeribles se presenta este romance entre mujeres, que ha provocado cierta molestia en los grupos LGBTI extremistas debido a hay penes en una historia lésbica. Pero experimentar y mezclar para que el libro sea atractivo es una lucha sea cual sea el género. 

Diana Gutiérrez.

Aquí un fragmento de la obra:

“Podría haberle prometido la luna en esos momentos. Françoise chupó con más fuerza y le cogió los testículos con la otra mano. Klaus jadeó. Vio que María estaba acariciando a Françoise entre los muslos mientras permanecía agarrada a las sábanas, y que el capitán había intensificado su ritmo. Barnet apretó las enormes tetas de la mujer contra su polla, se movió más rápido aún y, apenas ensanchando las aletas de la nariz, disparó un manantial de semen que aterrizó sobre el rostro y el cabello de María, las nalgas de Françoise y hasta el muslo de Klaus. Continuó moviéndose más despacio mientras empapaba los pechos, el estómago y por fin el vientre de la mujer”. 

Espías de una cama inventada

Para la escritora argentina Alicia Steimberg, la masturbación es una receta clave para entenderse por completo. Un tabú hasta el día hoy, a partir del que se sugieren cosas tan absurdas como la ceguera profunda o que nacen pelos en las manos. Pero masturbarse es el principio del placer, asumir que siempre se aprende algo nuevo, más aún cuando las manos no están de adorno. 

La autosatisfacción es un ejercicio libre y propio que nos permite experimentar y conocer los límites de nuestro deseo. En la novela Amatista, Steimberg cuenta cómo dos chicas frotan sus cuerpos para experimentar el juego previo y llevarlo a lo más sublime que surge después de una eyaculación. Su escritura recuerda que la invención también acompaña a esos pequeños relatos extraordinarios, pero que de todas formas se necesita salvajismo.

Alicia Steimberg.

¿Una casa de placer para la poesía?

Sonia Barba, una todóloga del arte, apostó hace muchos años por crear un prostíbulo poético en Barcelona. Por ello es considerada una madame. La estrategia está en que sus chicas lean poesías, una especie de acto que ella considera como un coito, pero sin los órganos sexuales para llevarlo a cabo.

Podemos decir que la escritura erótica actúa como un burdel poético donde se estacionan todos los personajes inventados o no y juegan con su creador. Aquí todos vuelan en orgías demenciales. Si no me cree, le invito a leer la colección de literatura erótica publicada bajo el sello de Bruguera.

Sonia Barba.

Y si ya no existe papel, puedes escribir en mi cuerpo

En Japón existía la costumbre erótica de escribir en los cuerpos de las mujeres. El libro de la almohada, de Sei Shōnagon, se basa en los escritos que hacía la protagonista al final de cada día y guardaba en una especie de diario debajo de su almohada, una obra que inspiró tanto, al punto que se realizó una película que narra lo que era para una dama vivir en un palacio. El padre de Nagiko, la protagonista del filme, escribía en el cuerpo de su hija cada cumpleaños. Por eso la frase: “Usa mi cuerpo como las páginas de un libro… De tu libro".

Escribir de sexo, escribir acariciándose y tecleando. Escribir sin el temor al repudio. Escribir desde la transgresión. Escribir porque me siento sexy. Escribir cuando no me siento sexy. Escribir desde lo oscuro y perverso. Escribir porque es respirar. Escribir erotismo, pornografía, porque esa es mi arma.

La historia del mundo está llena de monstruos, pero nosotras resistimos desde lo prohibido; las sirenas gritamos. ¿Nos escuchas?