Cultura pop

Oppenheimer y el punto de vista (no en Japón)

oppenheimer
Ilustración: Manuel Cabrera

La peli empieza con un Robert Oppenheimer (Oppie para sus colegas y amigos) joven, brillantísimo, estudioso de la física… que va de Estados Unidos a Europa y viceversa para formarse como científico, destacar entre otros teóricos y, por aquello del momento histórico, las guerras y las carreras armamentísticas en las que se embarcan las potencias, liderar años después un proyecto científico y militar que devino en la fabricación de las primeras bombas atómicas que vio este mundo y, particularmente, Japón. 

El proyecto se llamó Manhattan, aunque se cocinó (a fuego rápido, digamos) en Los Álamos, Nuevo México, Estados Unidos. Y, como ustedes ya saben, ha dado para otras pelis, libros, trabajos documentales y ficciones de todo tipo. Entre ellos, el reciente filme del director británico-estadunidense Christopher Nolan, cuyo título es Oppenheimer y se basa en el libro American Prometheus, de Kai Bird y Martin J. Sherwin. Una obra de 721 páginas que ganó el Pulitzer a la mejor biografía en 2006.

El elenco es un lujo, con un Cillian Murphy encarnando al carismático y atormentado Oppenheimer, una actuación memorable de Robert Downey Jr., Emily Blunt, Matt Damon… y hasta el genial Gary Oldman sale por ahí unos minutos interpretando al entonces presidente de Estados Unidos Harry Truman. 

La música, compuesta por el sueco Ludwig Göransson, acompaña en todo momento los conflictos interiores y externos que proponen las tres horas de película y es nada menos que maravillosa.

Las imágenes, secuencias, movimientos de cámara, planos (hay muchos primeros planos como para no olvidar la bronca interior que se ve en la cara de Oppie) son excelentes.

La recreación de la época, o sea de los años 1940 y pico y un poco antes, es impecable. La explicación científica (porque se trata también de una película sobre ciencia) no es pesadamente técnica, ñoña o especializada y se complementa con efectos visuales, por lo cual no queda más que agradecer a Nolan y los suyos.

Se trata, para ya no hacer más largo el asunto, de una gran película sobre la que se seguirá hablando seguramente por largo tiempo y a la que no le faltarán premios y todo tipo de reconocimientos. ¿Cuál es el problema con Oppenheimer, entonces?

Narrativamente hablando, podría dividirse en tres grandes momentos: 1) Oppenheimer, el estudiante y científico, 2) Oppenheimer, la imagen pública del Proyecto Manhattan y “el padre de la bomba atómica”, y 3) el asesinato de la imagen pública de Oppenheimer, el peso de la culpa y su redención. Y es por ahí, en mi opinión, donde la película es cuestionable. No sólo porque la tercera parte es, en términos de mantener la tensión/atención (ya creadas y lanzadas las primeras bombas, ¿qué queda?), la más floja, sino porque en el segundo y tercer momento es donde más se nota la importancia del punto de vista, del lugar desde donde elegimos narrar. Porque narrar es ordenar un mundo, tomar decisiones, y Nolan tomó las suyas.

La peli de Nolan se vende además con una biografía épica, y en ella, creo yo, pesa más lo segundo, quizá demasiado, porque es cierto que se muestra a Oppie, el ser humano que se debate entre dilemas éticos. Pero la atención recae (o al menos eso me pasó a mí, como espectador) en Oppenheimer, líder y la cara más visible del Proyecto Manhattan, que “se atrevió a poner en riesgo al mundo para salvarlo”, con el argumento de que si no eran los estadounidenses los primeros en hacer realidad las armas nucleares iban a ser los nazis, con Adolf Hitler a la cabeza. 

Desde los tiempos de Homero, la épica se ha basado en contar hazañas o hechos legendarios y ha servido para encumbrar héroes, sino modelos. De modo que lo normal, después de los 180 minutos de Oppenheimer, es ponerse del lado de la hazaña y el héroe. Empatizar con ambos. Con Oppie, luego de entender sus razones y verlo poco menos que flagelado ante la opinión pública, y con Oppenheimer, porque se acepta que el bombardeo atómico en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki dio fin, al menos en el discurso oficial, a una Segunda Guerra Mundial que ya estaba prácticamente terminada, aunque, quién sabe (se deja la duda), si no era por esas bombas, capaz que no.

En el libro y la peli se usa asimismo la figura de “Prometeo americano”, la del titán que robó el fuego a los antiguos dioses para dárselo a los humanos y, por supuesto, fue castigado. Oppie se embarcó en la fabricación de una bomba atómica, cuyo fin no era calentar o cocinar lo mismo que arrasar como en el caso del fuego, sino ser utilizada como arma de guerra y, por lo mismo (¿qué esperaba?), dar paso al desarrollo de otros artefactos de destrucción masiva, aunque a él luego no le gustara esa idea.

Me parece más apropiada, en ese sentido, la figura que usa Richard Sennett en su ensayo El artesano. Sennett habla sobre la caja de Pandora, la seducción por lo desconocido y el temor a desatar dolor y todo tipo de males sobre el mundo, y da una frase de Oppenheimer que deja ver su fascinación científica por lo primero: “cuando ves algo técnicamente atractivo, sigues adelante y lo haces”. En La condición humana, Hannah Arendt habla también acerca de la primera arma de destrucción masiva, como resultado de la combinación de la ceguera científica y el poder burocrático, ocupados en cumplir su trabajo. En la peli de Nolan, Oppie no parece demasiado ciego, pero sufre, eso sí, el acecho de un oscuro sistema político mucho más poderoso que él e incluso se ve a un presidente llamarlo “llorón”, luego de que él tratara de redimirse. 

El estreno de Oppenheimer ocurrió el 20 de julio, a pocas semanas de que se cumpliera un año más de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945. En la épica de Nolan se da el dato de 200 mil muertos durante y después de la bomba y se muestran imágenes fuera de contexto, correspondientes solo a la mente de Oppie, sobre el dolor y un par de cuerpos calcinados. No se muestra Japón, cómo quedaron esas ciudades o las víctimas: Nolan tomó una decisión, asumió un punto de vista. 

Otro punto de vista es el de, por ejemplo, John Hersey en su crónica periodística, convertida en libro y obra de culto, acerca de lo que tuvieron que pasar durante y después seis sobrevivientes: la obra se llama Hiroshima. O el del documental Oppenheimer: el dilema de la bomba atómica, de Christopher Cassel, que se publicó también en 2023. O el del compositor japonés Ryūichi Sakamoto, que escribió, sin palabras, su ‘Oppenheimer’s Aria’, entre otras tantas obras y autores. 

Decía el teórico de la comunicación Walter J. Ong que Estados Unidos es sobre todo un imperio de ideas, que no conquista directamente tierras, al estilo de los viejos imperios, sino que luego de la Segunda Guerra Mundial encontró la manera de hacer crecer su liderazgo a partir de ideas que le otorgan cierta superioridad moral o democrática y son aceptadas casi como obligatorias por todo el mundo. El punto de vista desde donde se elige contar una historia (o la Historia) es clave en ese sentido. 

Está claro que lo hecho por Nolan no es una obra documental o periodística, en la que para no faltar a la ética y el principio de equilibrio (detesto aquello de “la objetividad”) lo mínimo sería contar un hecho histórico desde varios lados. Y tampoco es que tenga la obligación o pretenda serlo. Oppenheimer, insisto, es una gran película de ficción.