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Mujeres que cambian el mundo

Revista Digital de Ecuador

Mujeres que aman demasiado. El pódcast. Episodio 1: Banderas rojas

Ilustración: Equipo Bagre
En este primer episodio de Mujeres que aman demasiado. El pódcast, les traemos el testimonio de Catherine Peñafiel. Ella nos cuenta cómo fue su relación de codependencia y cómo salió de ella. A lo largo del relato, podemos identificar varias banderas rojas. ¡Bienvenidas!
Autor: Redacción Bagre
Quito - 21 Ene 2025

En el primer episodio de Mujeres que aman demasiado. El pódcast, les traemos el testimonio de Catherine Peñafiel. Queremos agradecer a Catherine por su valentía y generosidad al compartirnos su historia. Desde Bagre, nuestro objetivo, es que más mujeres podamos identifcar las banderas rojas en una relación; y, además, sentir que no estamos solas. A continuación, pueden encontrar su testimonio y también pueden visitar nuestro canal en You Tube:

Hola, mi nombre es Catherine Peñafiel, tengo 50 años, y hace más o menos unos veinte conocí a una persona con la que coincidí por trabajo en una ciudad diferente de Quito, mi ciudad de residencia en esa época: El Coca.

Sigue siendo militar, hasta donde sé, y nos conocimos porque, como periodista que soy, hice una cobertura específica. 

Él estaba asignado para dar seguridad a la persona a la que yo iba a acompañar en un recorrido.

En ese tiempo yo tenía 30 años, él un año menos, y empezamos a conversar como dos personas que coincidieron en la vida.

Éramos amigos, fuimos conversando, casi todos los días hablábamos. Él me llamaba para preguntarme cuestiones del trabajo o para darme algún dato que pudiera servirme, y así fuimos conociéndonos, hasta que un día me contó una historia muy trágica de su vida. 

Supuestamente, no se había casado porque el día de su matrimonio su novia murió en un accidente de tránsito. Eso me generó un shock. El pensar en todo el sufrimiento que estaba atravesando me generó mucha empatía. Y al ver que se abrió de una forma tan vulnerable, yo también hice lo mismo. 

Empezamos a ser amigos. Él iba con frecuencia a mi oficina, tomábamos un café, o cosas así, hasta que finalmente empezamos a salir..

Pasaron unos meses y me enteré que me había mentido, (que era falso lo de la muerte de su novia), y también supe que tenía una relación, pero le perdoné y seguí con él. 

Al poco tiempo, unos dos o tres meses después, nos tuvimos que separar porque a él le dieron el pase a Quito y yo me quedé en el Coca. Tuvimos algunos inconvenientes por la lejanía, pero básicamente seguimos juntos.

Él tenía muchas veces arrebatos de celos en los que intentaba prohibirme tener amistades masculinas; eso era algo que él no toleraba, pero yo de alguna forma no le daba importancia porque una cosa es que yo sea amiga y otra que esté involucrada sentimentalmente. Siempre teníamos ese choque, o sea, básicamente, todo el tiempo que estuvimos juntos hubo ese inconveniente. 

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En algún momento le dije que no entendía por qué juzgaba así, tan a la ligera, relaciones de amistad con el sexo opuesto, cuando él tenía amigas mujeres. Ingenuamente pensaba eso. 

Llegamos a terminar en algún momento por esa razón. Él me celó con mi hermano, que en ese momento aún vivía, y fue un escándalo tan grande que yo dije hasta aquí llego, pero pasaron, creo, como quince días, y volvimos. Me insistió y regresamos, él en Quito, yo en el Coca.

Seguimos manteniendo una relación a distancia, hablábamos por teléfono todos los días, nos escribíamos, nos veíamos cuando yo podía subir a Quito, porque mi familia vive allí. 

En el trabajo me dieron el pase a Ambato y él seguía en Quito, luego yo fui a Santo Domingo, y él a Ambato. Siempre estábamos como cruzados, y (a menudo) teníamos estos inconvenientes de «tú no puedes tener amigos hombres», y yo decía que sí, que eso no tenía nada que ver con los sentimientos ni era un inconveniente para la relación. 

Sabíamos enojarnos mucho por estos problemas y terminábamos. Pasaba una semana, pasaban dos, me buscaba, o yo le buscaba, y regresábamos. 

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Luego, en algún momento, terminamos como más o menos seis meses porque le hice una investigación, como una tóxica demente, para saber si estaba con alguna otra persona porque se me hacía extraño que me hablara mucho de una abogada.

Terminé enterándome de que tenía una relación con esta señora, pero como no tenía pruebas, ni fotos ni mensajes ni email, pasé nuevamente por alto (la situación) y regresamos.

Pasó el tiempo, tuvimos una nueva discusión, y la que decidió terminar todo fui yo. La pelea fue muy ofensiva por parte de los dos, él dijo muchas cosas feas de mí, y yo dije muchas cosas feas de él. 

Pensé, no puedo seguir con una persona que me diga esas cosas y de la que yo diga otras; no puedo estar con alguien que saque lo peor de mí, entonces terminamos. 

Pasaron unos tres meses y falleció mi hermano. (Ese fue) el pretexto para que él y yo nos acercáramos y otra vez empezáramos a salir. Llegó un momento en que los dos coincidimos en Quito, y nos veíamos, salíamos, íbamos a restaurantes, caminábamos de la mano. 

Nunca imaginé que él estuviera en algún otro tipo de relación o haciendo algo que me lastimara, porque fue bien incondicional conmigo durante el tiempo que estuve vulnerable por el fallecimiento de mi hermano. Se portó como un muy buen amigo, estuvo para mí, me escuchaba, me llamaba, me acompañaba. 

Estuvimos así un tiempo, luego me fui nuevamente a Santo Domingo y él a Machachi. Después volví a Quito y él se fue a un pueblito de Loja. Posteriormente, le dieron el paso a Shell. 

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En Shell empezó nuevamente a hablar  mucho de una persona. Habíamos tenido una ruptura de casi un año en la que no nos habíamos visto y de repente volvimos a hablar. En esta ocasión, yo le busqué, yo le llamé, yo estuve allí. 

Volvimos a vernos y a estar juntos. Fue entonces cuando empezó a hablarme de una señora que había conocido en Shell, y me decía que estaba ayudándola con un tema personal. 

Me sorprendió porque él hablaba con mucho entusiasmo de esta señora, entonces le dije: «yo creo que tú te enamoraste de ella», y me respondió «cómo crees, si estoy contigo tanto tiempo ¿cómo crees que voy a estar involucrándome con alguien más?».

Para ese momento, nosotros teníamos ya como doce o trece años juntos. No, más, como quince, entonces, entre idas, venidas, peleas, broncas, (rupturas), al final estuve como diecisiete años con él. 

Un día me molesté mucho porque cada vez que estaba conmigo, ya sea conversando, comiendo, de forma íntima o caminando, no importaban las circunstancias, terminaba hablando de esta señora.

Entonces le enfrenté y le dije: «mira, si tú te enamoraste de ella, no tengo bronca, pero sé lo suficientemente sincero, ponte las botas y dime. Ten la seguridad de que yo no voy a hacer ningún escándalo ni voy a estar llamando por teléfono a nadie; esto es importante para mí porque yo quiero saber sobre qué terreno estoy pisando, para dónde estoy yendo, y qué es lo que puedo dimensionar y proyectar en mi vida».

Me dijo que ella era una amiga a la que le estaba ayudando en momentos difíciles y que él reconocía que después de tantos años (conmigo) era hora de formalizar la relación, de hecho hicimos planes para irnos a vivir juntos después de que él terminara el curso de ascenso que estaba en ese momento haciendo. 

Pero yo estaba tan molesta por esta señora que le dije: «mira, no me importa que sea tu amiga, no me importa cuánto te haya ayudado, yo no estoy diciendo que dejes de ser amigo de ella, yo lo único que te pido es que cuando estés conmigo no le escribas, no le contestes, no le mandes mensaje, no le llames por teléfono. Sólo te pido eso, por favor, porque el día que yo me dé cuenta de que estás hablando con ella o enviándole  un mensaje me voy a ir».

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Eso fue un jueves por la noche y el día viernes por la mañana pasó exactamente lo mismo, yo me di la vuelta y al rato que regresé él estaba escribiéndose con esta señora. 

No se percató que vi su estado de WhatsApp y me sorprendí muy mal cuando me di cuenta de que la tenía grabada como «mi» y el nombre de ella. Me quedé fría, no podía creerlo, sólo cogí mis cosas, me di la vuelta y me fui. 

Él empezó a gritar sin importarle que había más gente allí. Me levanté y me fui sin regresar a ver. Estaba totalmente destruida porque yo decía «son diecisiete años en los que ni siquiera es posible que él haya tenido la honestidad y los pantalones para decirme me enamoré de otra persona, estoy con otra persona». 

Me sentía engañada, me ‘latigueé’ un montón, porque tuve durante estos diecisiete años muchas luces, un montón de banderas rojas, y sabía lo que estaba pasando. Mi intuición me decía que él estaba con otras mujeres pero yo quería creer que me quería y que, si talvez en algún momento tuvo alguna cosa con alguien, era una aventura. Nunca me imaginé que la aventura era yo. 

Esto me golpeó un montón y, sin embargo, había una parte dentro de mí que me decía «él me va a llamar, va a darme una explicación y a decirme no es así, mira, es solamente una amiga», pese a que ese día vi en un celular, que tenía guardado, el nombre de ella con el «mi» (delante). 

Decidí entonces hacer algo que no había hecho en mucho tiempo y fue entrar al Facebook de esta señora. 

Allí encontré que él le comentaba muchas fotografías, le ponía «estás bellísima», «eres una linda», cosas así, y la última publicación me dejó totalmente fuera de mi centro y de todo. Era una fotografía, que ella había subido, donde ellos aparecían juntos, y él le comentaba con otra fotografía en la que él besaba un fondo donde podían verse otras fotos (collage) en las que estaban abrazados o besándose. 

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Yo hice una captura, le mandé, y le dije «no quiero saber nada más, por decencia no me vuelvas a escribir», sin embargo, esperaba que él me diera una explicación. 

Eso fue el viernes. El sábado me timbra un número extraño al celular y cuando contesto me dicen «Katherine, soy fulanita de tal, la novia de este personaje y la futura esposa, porque me voy a casar con él». 

Me quedé en shock. Me dijo que él tenía que pedir su mano ese día, que iban a tener una reunión con sus padres, pero que había decidido hackearle el número de teléfono y acababa de enterarse de que tenía una relación conmigo, con la mamá de sus dos hijos (porque tenía dos hijos), y con alguien más. 

Al principio no quería hablar con esta persona, no me interesaba decirle nada, lo único que quería era salir de toda esa podredumbre que dejé que se generara alrededor de mi vida, pero fue tan insistente que yo creí conocerlo a él. Pensaba que era una persona cien por ciento confiable, por eso hice cosas que ahora a mis sobrinas adolescentes digo que no hagan porque él tenía acceso a muchas cosas mías, como fotografías de cuando íbamos a comer y de todo lo que te puedas imaginar. 

Esta señora me amenazó con publicar esas fotografías si yo me mantenía en la negativa de hablar con ella. Poco tiempo después pensé: ay, por qué caí en el juego de esta gente.

Nos pusimos a conversar y empezamos a atar cabos sobre el envío de mensajes y de fotos, entonces, nos dimos cuenta de que él mandaba los mismos mensajes, las mismas fotografías, las mismas frases de cariño a todas. Y no éramos dos ni tres ni cuatro sino cinco las mujeres que estábamos en ese momento involucradas sentimental y sexualmente con él.

Fue un golpe muy duro porque yo sabía en el fondo lo que estaba pasando, y decía ¿por qué no saqué a este hombre de mi vida?  ¿Por qué permití que llegara a este punto en el que yo terminé totalmente pisoteada, en un charco de lodo, con mi vida destruida y con un miedo atroz a que las cosas fueran mucho más difíciles de manejar?

La relación se hubiese terminado cuando me di cuenta de que me mintió con esto de que su novia había muerto el día de su boda. Esto no hubiese llegado tan lejos si se hubiera acabado en ese momento. O ya lo hubiese superado.

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Me latigueé, me acosé, me señalé, me culpé, pero, dije: tengo que buscar la forma de, esta vez sí, de cerrar definitivamente la puerta, no quiero más de esto, entonces fui con un psicólogo, con una terapeuta y con un ginecólogo. Me hice todos los exámenes que había de ETS (enfermedades de transmisión sexual). Aún me los sigo haciendo porque no me siento a salvo de estas enfermedades, pese a que han pasado casi cuatro años. 

Con el psicólogo estuve casi un año completo, y sigo con mi terapeuta, también estuve con un acupunturista que me apoyó un montón en este proceso. 

Ha sido muy difícil, pero lo más complicado ha sido para mí que, si bien en algún momento dije «es que yo amo demasiado a este hombre», lo que finalmente entendí después de todo esto es que no fue que le amé demasiado sino que yo me amé poco. Fue entender que estaba repitiendo ciertos patrones conductuales, ciertas situaciones que en mi círculo eran normales, porque el tema este de que finalmente era mi marido, aunque no firmáramos ningún papel, (evidencia que) la sociedad es permisiva con las cosas que hacen los hombres, sin importar si esto significa destruir o pisotear al otro. Y yo también fui permisiva porque dejé que me pisoteara, y al final me eché la culpa. 

Darme cuenta de que no fue así me ha llevado un proceso largo, extenso, de mucha plata también. He logrado comprender que, más allá de dejarlo o no, es una situación de amor propio, de confianza en mí, (porque) no me sentía suficiente para él. 

En algún momento de la relación me preguntaba que cómo era posible que un hombre como él se fijara en una mujer como yo, y ahora viendo las cosas en perspectiva, desde otros zapatos, con otros ojos, me doy cuenta de que esto es como esa relación en la que tú te aferras y crees que sólo mereces lo que yo estaba recibiendo. 

Me resultó muy duro al inicio porque él necesitaba con urgencia echarle la culpa a alguien de todo lo que le estaba pasando, de cómo su vida se estaba destruyendo. Y tomó la decisión de culparme a mí. Me llamó, me amenazó, me agredió verbalmente, me dijo cosas muy feas, al punto que tuve que ir a una tenencia política para solicitar medidas cautelares para que no se me acercara ni me escribiera ni me llamara.

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O sea, llegué a ese extremo en la parte legal, y no tuve la suficiente valentía para presentar una denuncia en la Fiscalía. Ahora no sé si me arrepiento de no haberlo hecho. 

Hay ratos en los que pienso que debí hacerlo, porque no es posible que un hombre, después de todas las cosas que hizo no solo conmigo, sino con mucha gente, siga por la vida sin haber sufrido ninguna consecuencia. Pero hay otras veces en las que digo no, yo actué bien, siempre hice las cosas de frente, lo único que espero es que el universo le ponga en el camino que él requiera para que aprenda y le cobre todas las faltas que tuvo y las lágrimas que yo derramé. 

Todo esto, de alguna forma, también me ha dado paz, porque no está en mis manos esto de vengarme, o de cobrarle, o del ojo por ojo, diente por diente. Le he pedido al universo que sea él quien cobre todas las cosas que sucedieron estos años, incluso en el tema del dinero porque, al final, sumando, restando,  multiplicando y dividiendo, él me quedó debiendo dinero, y luego de sesiones largas con la psicóloga y mi terapeuta dije, al final, ya fue.

O sea, en diecisiete años lo que pasó, pasó, y que ese dinero se quede ahí. Por unos dólares, que no eran pocos, no voy a estar manteniendo comunicación o ese cordón umbilical que antes era el pretexto para hablar nuevamente con él.

Esta vez decidí que ya se perdía, no importaba. Mi paz vale mucho más que ese dinero, mi tranquilidad vale mucho más que ese teléfono que compré con la promesa de él que iba a pagarlo.

Me ha costado muchísimo entender que el universo y la vida ponen (en el camino) a las personas que te van a enseñar algo. 

En algún momento mi terapeuta me decía «algo te vino a enseñar él», o sea «una persona no se queda diecisiete años en tu vida solamente porque tú quieres que esté en tu vida, esa persona vino a enseñarte algo, y tienes que agradecerle». 

En las noches, cuando no podía dormir, me preguntaba qué podía agradecerle a este hijo de la mamá, ¿lo que me ha hecho llorar, lo que me ha hecho sufrir, las cosas que me ha dicho, la forma en que me ha tratado? Porque cuando uno toma la decisión de dar por terminado este tipo de relaciones empieza a ver cosas que no veía antes, por ejemplo, él nunca me gritó o me dijo una palabra fuera de proporción, nunca me agredió o me miró mal, nunca me sentí agredida o violentada ni física ni psicológica ni sexualmente.

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Pero luego me di cuenta de que había otras formas que son mucho más sutiles. Me manipulaba terriblemente, por ejemplo, me llamaba y me decía, «ah, lo que pasa es que hoy tuve que pagar tal cosa del curso, ya me quedé sin dinero, y no tengo ni siquiera para merendar». 

Entonces, yo le decía «no te preocupes mi amor, ya te deposito”, y ni siquiera él me lo pedía, yo le depositaba. Resulta además que a esta señora con la que conversé le ha sabido decir lo mismo, por eso ella también le depositaba dinero. 

Él decía «ay, pobrecito de mí, pasa tal cosa», y yo, la salvadora, corría para ayudarle, para que él hiciera su curso y estuviera bien. Eso fue durante los diecisiete años en los que viví totalmente manipulada, (porque) él hacía y decía las cosas de tal forma que yo pensaba que todo era mi culpa, que yo era la culpable de que él se portara así o se fijara en otras mujeres. 

Todo era mi culpa, entonces, cuando me dijeron que le agradeciera porque él vino a enseñarme algo, yo pensaba que no tenía nada que agradecerle.  

Luego, cuando me propuse hacerlo, sentía que eran palabras huecas y vacías, pero llegó un momento en que vi lo que vino a enseñarme, y estoy realmente agradecida, aunque resulte un poco irónico y pocas personas logren entenderlo. 

Realmente estoy agradecida porque él estuvo diecisiete años conmigo para enseñarme que yo soy primero, que yo estoy por encima de cualquier persona, y que lo primero que tengo que hacer es trabajar en mí y amarme. La palabra feminista (cobró sentido para mí), porque siempre estoy pendiente de todas las causas feministas y reclamo los derechos de las mujeres, pero no me había dado cuenta de que yo también era una mujer violentada. 

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Y ahora veo el tema de la violencia con unos ojos diferentes, porque muchas veces uno dice «pero ay, a esta mujer le pegan y por qué no se va», y por más que una aprenda, lea, se capacite, y esté en estas circunstancias, dispuesta a apoyar, a tender una mano y a ser empática, mientras uno no lo vive no logra entender que no es fácil decir hasta aquí y seguir adelante.

Es bien difícil entender, comprender y ver que eres el centro de la violencia; tienes que pasar por esto para poder interiorizar y también sacudirte. Él me enseñó eso. 

Digo Dios mío, cómo me costó tanto tiempo, diecisiete años, aprender esto cuando tenía que haberlo entendido en un año. Y viéndolo en perspectiva ni siquiera fueron diecisiete años porque, de alguna forma, el mismo patrón que tuve con él durante esos años se repitió con mis parejas anteriores desde que tenía 19 años. 

Entonces, sí es bien complicado, pero al final de todo este camino yo estoy muy agradecida porque él estuvo diecisiete años y si es que no hubiese estado todo ese tiempo, (hubiera venido) otra persona a enseñarme lo que él me quiso enseñar, y volvía a pasar lo mismo. 

Creo que si eso hubiera pasado (al final) habría perdido la fe en la humanidad. Él estuvo 17 años, mucho tiempo sí, pero creo que fue el tiempo que yo requería para poder entender y comprender que soy primero. 

Eso es lo que me deja una relación de 17 años tan intensa, tan dolorosa y hasta apasionada: yo soy primero, yo valgo más que cualquier persona en este mundo. 

Cuando sientas que llegues al fondo y que no puedes caer más bajo, es ahí donde vas a encontrar el impulso para poder avanzar y entender que las mujeres que aman demasiado no es que amen demasiado, es que nos amamos demasiado poco nosotras mismas.  

Estás invitada a ser parte de esta experiencia, y participar con tu propia historia en Mujeres que aman demasiado. El pódcast. Para compartirnos tu testimonio y ponerte en contacto con el Equipo Bagre, click aquí.

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