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"No me siento en paz en mi casa"

luto cristo del consuelo
Revista Bagre se solidariza con quienes habitan en el Cristo del Consuelo, barrio tradicional de Guayaquil en donde el 14 de agosto se registró una explosión que dejó dolor e impotencia en todo el país.

Nancy —nombre protegido— vive en el barrio Cristo del Consuelo desde que tiene uso de razón. Allí se crió y formó una familia por la que trabaja infatigablemente. 

La empatía y la extraversión están tatuadas en su ADN, por eso Nancy se ha granjeado el respeto de todos quienes la conocen. 

Esas características, que les son tan propias, hoy, sin embargo no reverberan. 

Las llamadas telefónicas la abruman, los mensajes de texto la estresan, los comentarios que llegan a sus oídos la paralizan. 

Nunca ha tenido tiempo ni ganas de meterse en la vida de nadie, y ahora, tal como están las cosas en donde podría considerarse su refugio, todo lo que expresa le parece un acto de imprudencia, incluso los sentimientos de impotencia y de dolor que deja liberar con amargura. 

 —Por favor, no diga mi nombre ni mi edad ni con quiénes vivo— dice con el terror atravesado en su garganta, como si su voz fuera una lumbre que se contoneara con el viento.

 La parquedad de sus palabras es inversamente proporcional al peso de estas. 

En la madrugada del domingo 14 de agosto hubo una explosión de grandes proporciones a dos cuadras de su casa.  Esa detonación, que enmudeció no solo a su barrio sino a Guayaquil y todo el Ecuador, dejó cinco muertos, diecisiete heridos, y daños materiales en ocho viviendas. 

Aún con la resaca de sus dos malas noches continuas en las ojeras, Nancy conversa con Revista digital Bagre.

 "Estaba dormida con mis hijas y me desperté asustada porque creí que había un terremoto. Saltamos de la cama con miedo y unos segundos más tarde escuché a mi amiga gritar: —mi hijo, mi hijo. 

Me asomé a la ventana para ver lo que estaba sucediendo y los vecinos empezaron a correr.

—¡Una explosión,  una explosión!— gritaban. 

No sabía si salir de mi casa o encerrarme. Tuve miedo, pánico, porque no tenía idea de si las explosiones seguirían. Luego fui al lugar de la explosión, vi a personas que conocía de toda mi vida, fue traumático, me llené de angustia, de miedo, de impotencia. Son vidas, y están también las personas que trabajan y que han hecho sus casas con esfuerzo. Ver los cadáveres. Es una experiencia que creo jamás podré olvidar. 

La verdad tengo miedo de hablar, tengo temor de todo. Desde el día de la explosión hay demasiado movimiento en mi sector. Hay amenazas. Las personas perjudicadas, que tienen familiares muertos, hijos, esposos, no hablan por temor. 

Tengo pánico. Como ha venido la prensa también han venido las autoridades y todos están ofreciendo algo, que van a ayudar a los damnificados, que esto va a cambiar, pero esto ya sucedió antes. Hace tiempo se habló de que había unos muertos en la Calle 8 y vinieron las autoridades, clausuraron algunas de estas casas —donde se realizan fiestas clandestinas— y se prohibió organizar más bailes; eso fue a raíz de la pandemia, o un poquito antes, y esto siguió igual. 

Tengo miedo de que vaya a suceder otra tragedia, tengo pánico, sentimientos encontrados de rabia, dolor, ira.

No puedo dormir bien, cualquier ruido me levanta. Tengo temor de que se vaya a repetir lo mismo o que haya una balacera porque ya ha sucedido. No me siento en paz en mi casa, tengo constantemente miedo, y ese temor les transmito a mis hijas, aunque trato de no hacerlo, pero lo notan. No soy la única que tiene miedo, tambien mi papá, incluso hablábamos hace un rato y me decía que no había podido dormir. Nunca habíamos vivido esto. 

Mi hija, la menor, al ir a clases me preguntó: —Mami, ¿si salgo de casa no me va a pasar nada? 

Son preguntas que hacen los niños. Eso se siente como si me apretaran el corazón, el no saber si podré proteger a mi familia.  

También me dijo: —mami, si voy a la escuela ¿te voy a encontrar cuando regrese?

 —Sí, mija, ya todo pasó, claro que me vas a encontrar.

Fue todo lo que se me ocurrió decir, que ya todo pasó. Y con esas palabras siento el temor de mi hija. Mi otra hija, la mayor, me comentó que solo nos quedaba orar, por los muertos y por nosotros. En sus palabras también encuentro miedo". 

Orar y orar. Ese parece ser el único bálsamo que encuentran los habitantes del legendario barrio. A once cuadras de la explosión se levanta la iglesia Cristo del Consuelo, construida hace 60 años sobre el pantano, a punta de rifas. Hoy, las personas que habitan en sus alrededores sienten como si sus vidas no valieran nada, como si su paso por este mundo fuera un fútil sorteo que se desarrolla sobre un aterrador y cruel pantano. 

Gracias, Nancy —qué pena no poder decir tu nombre— por abrir tu corazón. Te abrazamos con dolor y con el cariño de siempre.