Mucho se ha dicho sobre el caso de Pamela Ati. Cada día las noticias informan sobre esta “violación en manada”, perpetrada por miembros del Ejército ecuatoriano.
Duele abordar este tema desde la visión que tengo de abogada penalista, porque esto va mucho más allá.
El cruel asesinato de Pamela Ati, trae a mi memoria cuando litigaba por un caso de delito de odio racial, contra un miembro del Ejército. Varios de los testigos dijeron, durante su testimonio, que la víctima de odio racial estaba por “debajo de las mujeres”.
Esa frase caló hondo en quienes participamos en este caso. ¿Qué podía ser peor que las mujeres? En ese caso, ser peor que las mujeres, era ser negro.
Entonces, nos encontrábamos ante una realidad de distinciones definidas y preestablecidas en la mente de quienes se formaban para ser parte del Ejército.
Era notorio que para ser oficial del Ejército ecuatoriano, el aspirante debía tener ciertas características: primero ser hombre, luego ser blanco; y, además, venir de lo que se conoce como “noble cuna”.
¿Era posible que admitieran apellidos indígenas dentro de las filas de oficiales? No.
Por cierto, otro comentario insólito era que debían tener novias o enamoradas de real belleza, casi modelos. Futuras esposas de los oficiales.
Pamela Ati, además de ser mujer, no tenía un apellido precisamente de origen español. Su padre no fue general, sino sargento.
¿Qué es la mujer dentro del Ejército? ¿Cómo se la observa?
Desde que se “permitió” el ingreso de mujeres a la Escuela de Oficiales de las Fuerzas Armadas se había detectado en las escuelas militares de Latinoamérica y de los Estados Unidos que existían problemas de acoso y violación.
En sus inicios, no se conocían estos casos en la Escuela Superior Militar Eloy Alfaro —ESMIL—, quizá porque los reglamentos eran incipientes y habrían de irlos desarrollando conforme se iban integrando más mujeres.
No obstante, en todos estos años que ingresaron —han transcurrido varias décadas y “formado” a varias generaciones— ni una sola ha llegado a ser parte del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, es más, no existe ni una sola mujer que haya ascendido a General.
Como siempre, el Ejército justifica esta injusticia diciendo que, por su condición, la mujer prefiere darle mayor importancia a su hogar, su matrimonio o maternidad, y que eso impide que alcance el ascenso. Desde luego, los hombres sí pueden contraer matrimonio y ser padres, porque tienen todas las facilidades para ascender.
Dicho esto, puedo vislumbrar el discurso oficial: que sí hay mujeres ascendidas que llegaron a algún rango superior. Y es cierto, pero solo en el campo de “Servicios y Especialistas”, no en el de “Oficiales del Ejército”, que es donde se ejerce el poder.
Lo más preocupante, sin embargo, son los problemas de acoso al interior de las Fuerzas Armadas, lo que difícilmente puede ser denunciado cuando son los superiores quienes ejercen este tipo de violencia.
¿Qué puede hacer una mujer de grado inferior ante el acoso de un superior, si sabe que se juega su carrera, su imagen y el costo que debió invertir su familia para que pudiera llegar a tener esta profesión?
Hace varios años me invitaron a dar una conferencia de derechos humanos en uno de los fuertes militares, donde el tema principal era, precisamente, el acoso.
Allí, en medio de un centenar de hombres de distintos grados militares, había solo tres mujeres, y a dos ellas se les caían las lágrimas durante mi intervención. Yo no podía dejar de mirarlas.
Más tarde, le pregunté a una oficial joven el motivo de sus lágrimas, y ella me respondió que los problemas de acoso eran muy fuertes en su trabajo, pero que prefería no decir nada, porque era imposible denunciar.
Como lo mencioné, en el testimonio de los cadetes, por el caso de delito de odio racial, se evidenciaba la condición andrógena de las Fuerzas Armadas.
En otras palabras, las mujeres son percibidas como inferiores, tal como lo señalaban en sus narraciones los militares, y ahora lo estamos evidenciando con lo ocurrido con Pamela Ati.

En una ocasión, un miembro del Ejército expresó que ellos eran formados para la guerra, de modo que si una mujer quería estar en el campo de batalla, debía someterse a lo que viniera: ser torturada, golpeada, e incluso, quizá violada.
Con espanto escuché este tipo de declaraciones cuando fui Fiscal de la Comisión de la Verdad.
¿Qué es una mujer dentro del Ejército nacional?
¿Un ser inferior? ¿Acaso se las debe violar o torturar como parte del proceso de formación para la guerra?
Mil preguntas vienen a mi mente…Pero lo más preocupante es que se han presentado otros casos como el de Pamela Ati dentro del Ejército, que han quedado en la impunidad y el olvido.
Las Fuerzas Armadas, sin embargo, no asumen una responsabilidad como entidad que debe velar por la seguridad de todos sus ciudadanos y, más aún, de sus propios miembros.
Al Ejército le preocupa el cuidado de su imagen, de su historia de glorias. Por tanto, sobre lo ocurrido con Pamela Ati, dirá que fue una cuestión de copas, que únicamente los violadores son los responsables.
Mientras el Ejército tenga una formación y concepción patriarcal, mientras a la mujer se la conciba desde una visión androcéntrica, mientras sea considerada un ser inferior, y se mantenga el racismo y clasismo en las filas castrenses, casos como el de Pamela Ati se repetirán.
Además, nunca veremos una General mujer como parte del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.







