La ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos 2024 trajo consigo un vendaval de polémicas y protestas.
Quienes acudieron a su convocatoria, en persona o a través de sus pantallas, vieron con los párpados petrificados, cómo, una pintura considerada sagrada, La última cena, era teatralizada por un grupo de transexuales bajo la estética camp-woke.
Blasfema, sacrílega, apóstata, grotesca, sodomita, exhibicionista, pederasta... La escena drag fue condenada con una virulencia sin parangón.
Y es que para los creyentes conservadores, todo cuanto tiene relación con la población LGBTIQ+ entra en el campo de la perversión.
¿Hechos? El cuadro de La última cena ha sido parodiado por un sinfín de personajes —desde Luis Buñuel hasta Ásterix— y nadie ha arqueado ni media ceja por ello.
Dicho esto, es preciso aclarar que la pieza que causó prurito en ciertas epidermis sensibles no era una evocación al cuadro en el que Jesús y sus apóstoles comparten la mesa para dar paso a la eucaristía, sino la representación de la obra pictórica El festín de los dioses, del pintor neerlandés Jan Hermansz van Bijlert.
Lo que la parodia pretendía —su título es Festividad— era jugar con las connotaciones dionisiacas para conectar a la Grecia olímpica con París.
Por eso, allí donde neófitos críticos de arte —con la Biblia debajo de sus sobacos— vieron una escena de pederastia, el director artístico —Thomas Jolly— puso a Poseidón acariciando a Cibeles y a Ceres, tal como consta en el lienzo original.
Y allí donde rabiosos feligreses observaron a un artista con un testículo en el aire, los botones de pausa de teléfonos y computadoras hallaron... la rasgadura de una media panti.
La mala fe es grande, pero no tanto como el vanguardismo de la libérrima ciudad de París.
Sus enormes postulados —la igualdad, la libertad y la fraternidad— fueron las coordenadas del guion que dio la bienvenida en las riberas del Sena, a 206 delegaciones deportivas, 326.000 espectadores in situ y 17 millones de televidentes en todo el mundo.
—No nos burlamos de nadie más que de nosotros mismos. Puede haber humor; pero no el deseo de burlarse de nadie—dijo sobre la ceremonia su director artístico, Thomas Jolly.
Entonces, ¿la población tradicional exagera cada vez que se ofende porque una gorda lesbiana —Barbara Butch, famosa DJ de la cultura pop— "parodia a Cristo" junto a un séquito de trans y homosexuales?
Probablemente no, si consideramos sus creencias. No obstante, la libertad de expresión está por encima de cualquier dogma.
Luis Basset lo dice mejor en una de sus columnas de opinión en diario El País: "Los dioses y los libros sagrados, las religiones y los dogmas, como los personajes históricos y los mitos, las patrias y las banderas, no tienen derechos ni deberes como los tienen los ciudadanos individuales. No se puede atentar contra el honor de Buda o de Confucio, de Napoleón o de Garibaldi, de Jesucristo o de la Santísima Trinidad".
En otros términos, el honor es facultad exclusiva de los individuos, de modo que no puede haber atentado al honor de dioses y mitos.
No olvidemos, además, que detrás de toda acusación de blasfemia hay una pretensión de absolutismo. Tampoco, ya en la otra orilla, que la libertad de expresión termina cuando incita a la violencia.
En su tratado sobre la tolerancia, uno de los hijos predilectos de París, Voltaire, reivindica el derecho a la blasfemia.
¿No resulta pretencioso acaso atribuirse la capacidad de ofender a Dios, y más presuntuoso aún sentirse idóneo para defenderlo?
Si alguna virtud tiene el Occidente es su adaptación a la ilustración y al pensamiento crítico, a diferencia, por ejemplo, del islam, cuyos seguidores han sido conminados por sus líderes a librar la guerra santa.
La revista francesa Charlie Hebdo y el escritor británico-estadounidense Salman Rushdie pueden dar testimonio de esa furia que puede causar una blasfemia en la religión islámica. En el primer caso, la defensa del honor del profeta Mahoma dejó 12 muertos; y en el segundo, la pérdida de un ojo.
La inauguración de los Juegos Olímpicos 2024 acontece justo en medio de una guerra cultural, en la que los woke (liberales de izquierda) se enfrentan con los antiwoke (conservadores de derecha).
Nadie ha disparado un arma por eso, de momento. Pero Thomas Jolly y Barbara Butch han sido amenazados de muerte, lo que permite colegir que la guerra cultural se encuentra ad portas de otro tipo de guerra. Y todo por unas medias pantis rotas y una cena —que no fue la última— pantagruélica.






