Life

Mujeres que cambian el mundo

Revista Digital de Ecuador

Lisseth Ayoví: «Si no fuera pesista, vendería cocada, como en mi niñez»

Ilustración: Equipo Bagre

"Si no fuera pesista, recogería chatarra y vendería cocada, como en mi niñez", expresa con una sonrisa transparente, Lisseht Ayoví. A sus 26 años de edad, la destacada atleta olímpica mantiene la autenticidad y alegría de una adolescente.

Quito - 8 Sep 2024

"Si no fuera pesista, recogería chatarra y vendería cocada como en mi niñez. No me avergüenzo", expresa Lisseth Ayoví durante la entrevista que la destacada atleta olímpica le concedió a Bagre.

La fortaleza de la que está hecha la pesista Lisseth Ayoví es concomitante con los kilos que ha levantado. 

Sus robustos brazos y sus aceradas piernas son una suerte de pilares en cuyo interior yace su férreo carácter y su inquebrantable voluntad. 

Ganó una medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Lima 2019 y una de plata en los Panamericanos de Santiago 2023, en la categoría +87 kg.

En el Panamericano de pesas de este año, disputado en Caracas, se alzó con triple medalla de oro.

Hace menos de un mes —el 11 de agosto— participó en los Juegos Olímpicos Francia 2024, en donde se adjudicó un diploma que la acredita como la cuarta mejor pesista del mundo en su categoría. 

No se lo esperaba. Acababa de recuperarse de una "espantosa" lesión en sus rodillas y se aprestaba a competir contra las durísimas “patronas” —así llama a las chinas, sus más grandes oponentes—. 

La hazaña que logró Lisseth en París le ha hecho merecedora de una ráfaga continua de aplausos que agradece no solamente con palabras sino también con gestos.  

Hoy, 27 de agosto, por ejemplo, le araña unos minutos a su agenda para confirmar que va a recibirnos en el hotel en el que se hospedará más tarde en Guayaquil. 

—A la hora que sea, pero después de que me desocupe —promete a través de su celular. 

Cuando por fin, a las ocho de la noche,  arriba al hotel, envía un mensaje para pedirnos que subamos a su habitación. Cinco minutos más tarde, tocamos a su puerta.

El agotamiento y el hambre la interpelan —una tarrina de comida se yergue sádica sobre su tocador—, sin embargo, recibe a Bagre como si fuera el chaulafán que lleva largo rato alborotando sus papilas gustativas. 

—Ahora sí —dice con un halo de urgencia,  mientras se apoltrona en la amplia cama en la que más tarde descansará. 

Luce unas extensiones trenzadas, un jean azul con calcomanías y una blusa negra imbricada de corazones rojos que palpitan con cada carcajada que deja escapar de su garganta.

¿Cómo se involucra Lisseth Ayoví en el levantamiento de pesas?

Empecé a los diez años. Mi hermana, Yaritza Corozo, alzaba también pesas pero se retiró y yo seguí. 

¿Y cuándo fue que se dio cuenta de que lo suyo era la halterofilia?

Tenía 13 o 14 años, fui a una competencia internacional —primeros juegos de la juventud— y  quedé en segundo lugar. En ese momento me di cuenta de que quería continuar.  

¿Cuál ha sido la mayor de sus motivaciones?

Ayudar a mi familia porque de esto es lo que uno vive, ¿no? Tener mis cosas y superarme.

alt="Lisseth Ayoví si no fuera pesista recogería chatarra y vendería cocada como en mi niñez

Considerando que el eje de su vida son los discos, ¿con qué tipo de música entrena? ¿Full Karol G?

Jajaja, discos de 25 kilos. No, a mi entrenador —el de Machala— no le gusta la bulla. No soy amante de la música. Oigo alabanzas, y cuando me sale el diablo, jajaja, otros ritmos, pero reguetón no porque me parece vulgar. 

Lisseth Ayoví: "No me avergüenzo"

¿Si no fuera pesista a qué actividad se dedicaría?

Ni idea. Seguiría vendiendo cocada. Jajajajaja. Lo hice durante mi niñez, y no lo digo para causar lástima, pero en mi conciencia y en mi conocimiento (SIC) recogía chatarra y vendía cocada para poder comer. No me avergüenzo.

Si hubiera que destacar algo de Lisseth podría decirse que su estentórea carcajada, cuya detonación posee la gracia del contagio, es su inequívoca impronta. Algo de eso observamos los ecuatorianos cuando en el preludio de su última participación en Francia no paró de sonreír mientras se arengaba a sí misma como si estuviera en la primera línea de un campo de batalla. En esa lid, no sólo salió indemne sino que se adjudicó un diploma olímpico. Levantó 123 kg en arranque y 160 kg en envión.

¿Estaba planificado ese grito aguerrido que lanzó antes de su último levantamiento en París 2024?

No, salió en el momento. La verdad no imaginaba cómo iba a salir. Fue la emoción. Me salió del alma. 

¿Ingresó a la plataforma con nervios?

No, fui a divertirme. Estaba nerviosa antes del pesaje, luego me relajé.

¿Cuáles eran sus expectativas durante la competencia?

Me imaginaba que quedaría en un octavo o noveno lugar, porque las competidoras eran duras. Las china y las coreanas son las patronas. Tuve una lesión espantosa, además, que no creí que fuera a recuperarme en tan poco tiempo, llegué incluso a pensar en el retiro.

En la halterofilia femenina existen siete categorías. La barra pesa 15 kg y mide 2.01 metros de largo. Cada peso, o disco, se diferencia por un color distinto: el rojo pesa 25 kg, el azul 20, el verde 10, el blanco 5, el negro 2.5 y el cromado 1.25. 

¿Cómo fue que se produjo esa lesión?

Me dañé las rodillas. Fue en Venezuela, en febrero, se me viraron las patas. Jajaja. Da chiste ahora, pero casi me... jajajaja. 

Iba por los 158 kg, hice el clean —posición en la que el levantador mueve la barra desde el piso hasta los deltoides, sin apoyarla por completo sobre la clavícula—, y cuando iba a pararme se me viraron los pies. 

Justo faltaba una competencia. Dije, chuta, ya me quedé paralítica, pensé en todo lo malo, y cuando me dijeron que tenía roto no sé qué... Ayy, no, no... Me dio algo feo, dije se acabó, pero creo mucho en Dios, estoy segura de que él me curó porque mi recuperación debía ser larga. 

Hice terapia, piscina y fortalecimiento. Fui a Tailandia para obtener el cupo para los JJ.OO. pero no participé, solamente tuve que presentarme porque con el puntaje que había logrado en Venezuela fue suficiente. 

Cada vez que tengo algún dolor y veo cómo mis compañeras avanzan, me decepciono. 

Debido al gran esfuerzo que exigen los ejercicios de esta disciplina, los atletas están expuestos a diversos tipos de lesiones, como luxaciones, fractura de muñecas, de codo, distensión en articulación de rodillas y esguince de tobillos. 

alt="Lissethe Ayovi si no fuera pesista reocgeria chatarra y venderia cocada como en mi niñez"

Si tuviera que agradecer a alguien por sus logros, ¿a qué persona le daría ese privilegio?

A mi mamá, María Vitángela Cabezas Valencia. Yo estoy donde estoy por ella. Me castigaba cuando no iba a entrenar. Ahora vive en los Estados Unidos, pero me dejó encarrilada.  

¿Y a quién le dedica su diploma?

A Dios, sin él no estaría donde estoy; a mi mamá, gracias a ella sigo aquí; a mis entrenadores, por su paciencia —Joffre Bustamante y Hugo Quelal—; a todos los que han estado pendientes de mi competencia; y, a todo el público ecuatoriano.  

¿Y a qué deportista admira? 

Admiro a todas las chicas, porque todas en sus categorías se esfuerzan por ser las mejores. Todas son una inspiración para mí.

¿Conoce a las campeonas olímpicas Neisi Dajomes y Angie Palacios?

Las conozco, claro que sí. 

En 1987 se celebró el primer campeonato de halterofilia femenina. El Comité Olímpico Internacional aprobó en 1997 la participación de las mujeres en unos Juegos Olímpicos, pero fue en Sídney 2000 donde pudieron competir por primera vez. 

¿Qué trajo de Francia además de la alegría de haber conseguido un cuarto puesto?

La Torre Eiffel... Uhh. Fui a verla, de cerca es otro nivel. Ufff. Fui en tren con mi entrenador a verla. Es inmensa. Ufff. 

¿Y cuál ha sido la anécdota más bonita que ha vivido hasta este momento en la halterofilia?

Disfrutar de los Juegos Olímpicos y haber conseguido el diploma. Para mí es importante, quizá para otros no, pero fueron mis primeros juegos. Yo creo que hice una buena competencia, mejoré mi marca. 

¿Qué metas tiene por delante Lisseth Ayoví?

Seguir dando lo mejor de mí y, si Dios lo permite, clasificar a los siguientes juegos olímpicos. Vamos a darle con todo. Jajajajaja. 

Lisseth tiene 26 años, pero posee la candidez de una adolescente. Sus padres migraron de Esmeraldas a Machala antes de que ella naciera, de ahí que se autoproclame cien por ciento machaleña. Lo dice repetidamente, como si quisiera dejar claro que en Machala también hay talento.

Al finalizar la entrevista, le preguntamos sobre su temperamento. Dice que trata de sonreír la mayor parte del tiempo porque “amargándose no saca nada”. Entonces, se pone de pie, camina hacia el espejo que decora la habitación, se mira fijamente, y empieza a lanzarse besos. A continuación manifiesta, categórica y altiva: Yo me amo, yo me amo, me aaaaaamooooo. Inmediatamente después, emerge su risa estentórea y una vez  más los rojos corazones que lleva en su blusa bombean sin descanso…

Para leer más textos como "Lisseth Ayoví: "Si no fuera pesista, recogería chatarra y vendería cocada como en mi niñez", ingresa a la sección Entrevistas de Bagre, la revista digital de Ecuador.