Cultura urbana

Soplar la vela o morir en el intento

Gabriela. soplar la vela o morir en el intento
Ilustración: Manuel Cabrera

El 11 de septiembre es una fecha importante para recordar. No hablo del día en que el telégrafo eléctrico se utilizó por primera vez (1853), o cuando los Beatles terminaron de grabar Love Me Do (1962); ni del golpe de Estado dirigido por Augusto Pinochet, en Chile, que provocó el suicidio de Salvador Allende (1973). Mucho menos me voy a referir al instante en el que la Unión Soviética retiró sus tropas de Cuba (1991). Hay eventos más importantes. Mi cumpleaños, por ejemplo. No quiero mencionar el año porque luego la gente hace cuentas y termina asustada por mi edad. 

Soy muy severa para celebrar mi onomástico. Creo que por eso no he tenido suerte. De ahí mi fijación en esas festividades con torta, globos y serpentinas. Nunca me ha tocado una fiesta así. En primer lugar, no he tenido un cumple que se celebre solo para mí. Soy gemela, nací cinco minutos antes que mi hermana, María Auxiliadora. 

Luego de un parto complicado que duró siete horas, el doctor Francisco Benavídez recibió a las primeras mellizas del Hospital Manuel Ygnacio Monteros, en Loja. La noticia corrió por los pasillos. Hubo pacientes, madres primerizas y enfermeras que se acercaban curiosos a la Unidad de Ginecología, para ver a las recién nacidas. Bueno, así me lo ha contado mi mamá.

La novedad vino acompañada de una mala noticia. Me dieron 15 días de vida. El doctor Benavídez (finadito), muy creyente, curuchupa y devoto, recomendó mi bautizo lo antes posible. Los diagnósticos fallaron. Sigo aquí. 

Mis padres no pasaron por alto el primer año de vida de las gemelas. Me describieron que, en la casa de mis abuelos (en las calles 18 de Noviembre y Cariamanga) se colocaron sillas y mesas con manteles para servir caramelos, bizcochos, carmelitas y empanadas. Hubo dos pasteles, uno por cada una. Los preparó doña Mariana de Ortega, madre de Benjamín "El Gato" Ortega, uno de los cantautores más emblemáticos de la ciudad, compositor de “Matinal”, “Te has ido de repente”, “Te sigo queriendo”, “Añoranzas” y otras canciones que, la verdad, no conozco.

Con el pasar del tiempo, el cumpleaños de las gemelas dejó de ser novedad. Pero después del 11 de septiembre de 2001, ya no fue lo mismo. El atentado de las Torres Gemelas, en Estados Unidos, sirvió de parodia. No faltó el amigo cruel que nos llamara por teléfono: “Por su cumple botaron las torres gemelas”. 

Se me hizo denso servirme un pastel mientras miraba en la televisión el impacto del avión contra los emblemáticos pilares del World Trade Center y su posterior derrumbe. 

También he vivido festejos aburridos. Cursaba la primaria cuando una amiguita del barrio, en el sector de Carcelén, nos invitó a celebrar los nueve años. A su casa llegaron los ruidosos y presumidos primos con enormes cajas de regalos. Me llamó la atención una enorme torta, cargada de crema blanca con uvas negras; alrededor papas fritas, chitos y montón de bombones. Los niños llevaron gorritos y silbatos. Sus padres no dejaron de aplaudir a mi vecina. Y pensé: “En mi cumple va a ser igual”. Pasaron seis meses. Llegó mi día, por supuesto el de mi hermana también. En la noche hubo un plato de arroz con pollo. Nada más. 

En la época de la escuela y del colegio, la situación fue igual. Solo se celebraba a los compañeros nacidos entre octubre y julio, lo que duraba el ciclo escolar. En la universidad pasó lo mismo. En una ocasión varios amigos de mi hermana organizaron una reunión en un bar con karaoke y me invitaron. Celebramos en grande. Le llevaron pastel de vainilla, soplamos las velitas y cantamos el resto de la tarde. 

Mis amigas no me llamaron. Un mes y 26 días después, una de ellas me regaló una bolsa de dulces. “Disculpa la demora”, me dijo con cara de arrepentida. “No te preocupes, lo que importa es la intención”. Me los comí a regañadientes. 

Hubo otros instantes que me marcaron. Como el día en que me trajeron un pastel de chocolate con Coca Cola y galletas Óreo. Pensé: “Si me conocieran un poquito sabrían que no puedo comer chocolate ni galletas, porque me causan migraña. Y tampoco bebo cola negra”.

La culpa es mía por llenarme de expectativas. Me rendí. Feliz cumpleaños, Love Me Do.