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Mujeres que cambian el mundo

Revista Digital de Ecuador

Guna, la tribu panameña que vive bajo el matriarcado

Ilustración: Equipo Bagre

Los Guna viven en un archipiélago de islas en Panamá bajo sus propias leyes y en matriarcado. En este lugar paradisíaco se imponen al tiempo y la modernidad.

Quito - 23 Jun 2024

Las madrugadas en Panamá son frías y, al contrario del resto del día, hay pocos vehículos en las calles.

Los edificios parecen gigantes saliendo de la bruma. Gigantes de cemento donde apenas hay un par de luces ya encendidas y gente que empieza a limpiarlos desde los pies, desde abajo. Arriba, dentro de los gigantes, viven los más pudientes del país. 

Pero hoy no hablaremos de ellos. Ahora son las cinco de la mañana y el conductor del vehículo, de nombre Luis, nos dice que estamos a tres horas y media del lugar donde vive una de las tribus más sorprendentes de Panamá. Nos dirigimos a la comunidad indígena Guna Yala, en el Caribe panameño, y al otro lado, en el océano Atlántico. Algunos conocen el lugar como San Blas.  

En el vehículo van seis personas: cuatro estadounidenses y dos ecuatorianos. 

“Es raro que un ecuatoriano haga esta ruta turística; generalmente solo llegan a hacer compras por unos días y se van. Este sitio es más para mochileros y gringos”, dice Luis mientras conduce por una carretera larga de cuatro carriles, que va a la par con un tren elevado, sostenido por grandes columnas. El tren parece una enorme serpiente de hierro, interminable. 

Los “gringos” hablan en inglés, de vez en cuando mastican el español. Llevan un diálogo que suena interesante. ¿De qué hablarán los gringos? ¿Por qué, como se pregunta Luis, ellos buscan este tipo de turismo, de lugares aislados, en comunidades indígenas? 

Hay tantas preguntas en medio de una mañana somnolienta. 

En el asiento del copiloto, un estadounidense está atento a la conversación que habíamos entablado con Luis. Escucha decir que llegamos de Ecuador y comenta que él iba a pasar por el país, pero se enteró de que habían militarizado una ciudad costera (Manta), entonces pasó de Perú a Colombia y luego a Panamá.  Eso sí, planea regresar en cualquier momento. Cuando todo esté más tranquilo. 

Luego de hora y media en una ruta directa empieza el camino a las tierras ancestrales de los Guna Yala. Es un camino serpenteado, lleno de todas las curvas que te puedas imaginar. 

“Nos estamos adentrando en la selva”, señala Luis. “Allá a la derecha está Colombia, el Darien, estamos muy cerca de la frontera”. 

Eso es la razón de que existan militares en las vías y retenes cada cierta distancia. 

A mitad del camino hay un control distinto. Dos hombres morenos y bajitos, vestidos de civil, pero acompañados de dos militares, se acercan al chofer y le piden el pago del ingreso a la comuna. 

Son 20 dólares por cada persona que va en el vehículo. 

Ellos son indígenas Guna. Luis dice que tienen sus propias reglas y el Gobierno de Panamá no tiene nada que ver allí. 

El dinero que recaudan es para sus comunidades. Viven bajo su propia ley y el Estado solo se encarga de llevarles educación y salud. Esto ocurre desde el 2010  cuando se declararon independientes. 

El camino serpenteante continúa, el estómago está revuelto de tantas subidas y bajadas de cerros. Siempre el mismo paisaje: árboles, plantas de hojas grandes, tierra arcillosa y de un color rojizo. 

Pero la carretera tiene un final y ese está al borde de un río que nace desde lo profundo de la selva. 

Hemos llegado a una parte de la comuna Gula. Hay dos casas de madera y un baño pequeño. Además de dos botes listos para salir al mar, el río es el camino al océano, a unos diez minutos. 

El río es sagrado. Allí antes los Gunas sepultaban a sus ancestros. Por eso no les agradan mucho las fotos en ese lugar. Es la única condición que tienen.

En el bote se sube una mujer bajita y  escucha en su celular una bachata. Se llama Yani, es quien está a cargo del viaje. 

Yani da las órdenes. Ella es quien organiza a todos en el bote y coordina todo desde su celular. 

La lancha esquiva árboles gigantes que flotan en el río y de pronto se ve el mar, inmenso, azul. Están también las islas con sus palmeras. Al principio se observan cuatro, pero mientras más te acercas al horizonte más islas aparecen. Son pequeñas, la mayoría. Apenas caben una o dos casas. 

En el camino nos encontramos con más lanchas, con más turistas, más islas. Ahora ya se cuentan por decenas, por dónde las mires. En total, se conoce que el archipiélago de Guna Yala tiene 350 islas, pero sólo 49 están habitadas y pertenecen a los Guna y a sus familias.

Yani tiene una y lleva su nombre. Allí es donde vamos.

Los Guna viven a lo largo de la costa este del Caribe. Son cerca de 8.000 personas. Ellos son dueños del paraíso y lo saben. Por eso han decidido abrirse al turismo y atraer a los gringos que no dejan de tomarse fotos, hacer TikTok entre las palmeras y la arena blanca.

Seguramente están sorprendidos. Tal vez no se explican cómo alguien que no es Elon Musk tiene su propia isla privada. Creo que todos nos hacemos esa pregunta. 

Pero hay más interrogantes en el aire. Yani, la bajita y sorprendente capitana de la lancha, sigue dando órdenes al llegar a la isla. 

Pregunta qué queremos comer: ¿pollo o pescado? Ya cuando tiene la respuesta, manda a preparar. Dos mujeres y un hombre ingresan a la cocina y otros salen en el bote nuevamente.

Es que en la tribu Guna las mujeres juegan el papel principal. Los hombres desde muy temprano se van a realizar sus labores y la isla queda bajo el mando de las mujeres.

Ellas gestionan los bienes a su criterio, por eso, si un hombre quiere vender o comprar algo, entonces debe pedirle permiso a su esposa.

La comuna es matriarcal y eso está estipulado oficialmente en sus estatutos. En el matrimonio la mujer lleva al hombre, el cual, a su vez, está obligado a trabajar para la familia de la esposa.

Esa es la razón por la que Yani es quien da las órdenes y los demás, incluidos nosotros, obedecemos, al final, somos visitantes.

Es hora del almuerzo: pescado, arroz con coco y ensalada. 

¿Gustó comida?, pregunta Yani. Muy bueno, le digo. 

Los “gringos” que apenas entienden el español contestan “Rico, rico, mucho rico”. 

Un bote nos espera en el muelle. Hay que conocer las otras islas. El guía se llama Ibe. Es sociable. Habla español, pero también su lengua nativa, la lengua guna. Suena raro, es como un trabalenguas, pero a mil por horas. Ibe dice que las islas, todas, pertenecen a sus abuelos. 

Ellos llegaron desde Colombia hace muchos años, cientos de años, huyendo de los españoles que buscaban oro y plata. Sus ancestros tenían collares de esos metales preciosos. Tenían aretes, anillos y cuentan que cuando los españoles los vieron seguramente “ojos se abrirse grandes de avaricia, de celos”, expresa. 

Entonces todos  salieron en sus botes con sus familias y se encontraron con las islas donde empezaron a vivir. Otros buscaron la costa y se adentraron por el río hasta fundar poblados pequeños, ocultos en la selva. 

Cada isla  pertenece a una familia Guna, y alguna vez perteneció a sus abuelos y tatarabuelos y así a otras generaciones. 

“Ahora nosotros tenemos que cuidar las islas y las enseñamos a turistas, como forma de ganar monedas pues;  para vivir”, comenta en su español mal hablado. 

Ibe nos lleva en medio del océano, en medio de un mar turquesa donde el agua llega a la cintura, porque allí abajo hay una montaña de arena que alguna vez fue una isla que no se terminó de formar.

Los estadounidenses no dejan de tomarse fotos y de pronto Ibe les dice en inglés que se acerquen al bote. Entonces Ibe ya no solo habla Guna y español sino también un poco de inglés y es sorprendente, al menos para mi. Pero me dirá después que es solo lo básico para conversar con los turistas. Lo elemental: hello, bye, good morning, eso y unas cuantas frases que ha escuchado. 

alt="archipielago Guna Yala en Panamá"

Regresamos a la costa. En el camino hay canoas con gente de vestidos coloridos, hermosos.  Ibe dicen que esa es su ropa tradicional llamada "mola". Son hechas a mano, capa por capa y cada tejido quiere decir algo, es como si tuvieran escrita una historia en la tela. Se pueden leer o interpretar, al menos ellos saben lo que significa.

Los vestidos son un arcoíris, de muchos colores, mucho verde y blanco. Adentro en tierra hay mujeres vestidas así. Otra vez navegamos por el río sagrado, esta vez para llegar al puerto y regresar a la Panamá del capital. del dinero, de los edificios que parecen gigantes donde se mueve una economía que bordea los 72 mil millones de dólares. Con gente millonaria que vive en enormes torres de apartamentos, pero que no tienen islas privadas. Los Guna, si las tienen, sus abuelos se las heredaron.