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Revista Digital de Ecuador

En el Cementerio General de Guayaquil alrededor de 200 gatos «conviven» con los difuntos

Ilustración: Equipo Bagre

Nadie sabe, con exactitud, cuándo los gatos llegaron a poblar las frías losas de las tumbas del Cementerio General de Guayaquil. Lo que sí se conoce, es que alguien —que prefiere mantener su identidad en el anonimato— les proporciona alimento de manera regular y periódica

Quito - 31 Mar 2024

El día en que Juan Pérez Ferrusola comenzó a trabajar pintando lápidas en el Cementerio General de Guayaquil, hace 25 años, ya había gatos.

Hombre sin títulos, pero de muchas páginas, siempre había leído que hay una extraña relación —a veces misteriosa, a veces mística, a veces esotérica— entre los gatos y las almas en reposo.

“Chuzo, ver a muchos gatos merodeando por las tumbas más antiguas como que sí da cierto miedito.

No es por exagerar, pero se me despelucó el cuerpo la primera vez que vi a un gato negro cerca del mausoleo del doctor Ildefonso Coronel, arriba, por esas escaleras. Allí está metida toda su familia”.

Don Juan, hoy de 45 años, cree que los animales tienen cierta comunicación con las almas de los difuntos, aunque no de todos, sino de ciertos personajes.

“Mire, hace muchos años, según me cuentan otros compañeros más antiguos, una señora fue enterrada sin estar muerta; le había dado un ataque de catalepsia o algo así.

A media noche se oyó como que alguien gritaba, pero por el miedo nadie se acercó, ¿quién se iba a acercar a esas horas?”.

Con las pupilas dilatadas y la voz emocionada, Pérez recuerda que fue un gato que maullaba el que identificó la tumba de la señora en desgracia.

“Cuando abrieron el sepulcro, la mujer estaba boca abajo, con las manos cortadas, porque en su desesperación por salir había golpeado el vidrio de la caja.

Debe ser muy feo morir así. ¿Y quién se dio cuenta de todo? Un gato, un gato que luego pasaba dando vueltas por el sitio. Yo ya no lo conocí”.

Cierto o no, lo que cuenta Pérez a viva voz es una mínima parte de las historias que involucran a la numerosa población gatuna del camposanto. 

¿Será verdad?

Carla Sánchez, de 70 años, cree saber el origen de todo porque tiene yendo a visitar la tumba de su padre ya mismo medio siglo.

Rodeada por todos lados por silentes inquilinos, algunos célebres como Luis Vernaza o Vicente Rocafuerte, la mujer no duda ni un solo momento en afirmar que la historia de los gatos comenzó con una monja, sólo una.

“Yo sí la alcancé. Era creo de las madres oblatas, y siempre venía con su hábito blanquísimo a darles de comer a unos pocos gatos, que no eran tantos como ahora.

Cuando las puertas estaban cerradas les lanzaba cabezas de pollo cocinadas por las verjas. Otras veces le decía a algún chico de esos que cuidan carros que se subiera por la pared para que les dé de comer”

Pasados los años y cuando los gatos se habían multiplicado por tres, la monja —según los recuerdos, no siempre a la mano de doña Carla—, enfermó.

Delicada de salud y casi sin poder caminar, se daba formas para llegar hasta los mininos y alimentarlos.

“Cuando murió la enterraron aquí mismo. Los gatos que la extrañaban rasgaron tanto su lápida que su nombre desapareció y, con el tiempo, su tumba se perdió para siempre.

Nunca nadie supo su nombre, donde vivía ni nada. Lo único que se sabe es que ayudaba a los gatos”.

El caso de la religiosa benefactora recuerda a sor Elena, una monja que, todas las mañanas, llegaba hasta la plazoleta que está fuera del Policentro, en la avenida Kennedy, y les daba alpiste a cientos de palomas.

Llegaba manejando una Ford 350 y en esa misma se iba, satisfecha y sin decir nada. Cuando murió, las palomas alzaron el vuelo y no volvieron por allí. Se fueron con ella.

Un cambio de mano amiga

Impávidos y con una presencia mayestática que evoca a la de ciertos próceres de la independencia, los gatos del cementerio lucen con buena presencia, razón suficiente para creer que alguien, heredero del ministerio de la monja misteriosa, sigue preocupado por ellos.

Y no es vana la presunción porque, ciertamente, otra persona —mujer también— ha tomado la posta de la beneficencia gatuna.

Todos los días, a eso de las 10 de la mañana, Juana Martínez, una mujer trigueña de pelo ensortijado y sencillos atavíos, convoca a la población de gatos hasta donde está ella.

No es necesario llamarlos, pues ya la conocen. Maúllan de alegría al verla. Lleva consigo un balde de plástico lleno de pepas balanceadas, las cuales riega proporcionalmente en ciertos sectores para que los gatos se alimenten.

No hay peleas, no hay disputas, para todos alcanza. 

“La doctora —se niega a decir su nombre bajo ninguna condición y tampoco quiere que le hagan fotos— me manda todos los días con su chofer a darles de comer a los animalitos.

Gasta bastante, porque sí que son hambrientos, yo traigo cerca de 40 libras de pepas”, dice Martínez, cumpliendo una tarea que se ha vuelto parte de sus obligaciones laborales.

A medida que avanza, cerca de las hileras de palmeras, otros gatos se le acercan. Asegura que su misión es alimentarlos a todos, pero es difícil cumplir con ello a rajatabla, puesto que los gatos no siempre están a la hora que llega.

Algunos se van hasta la parte de arriba, en el cerro, en donde los árboles les ofrecen la posibilidad de agarrar uno que otro pájaro descuidado. 

“Yo los espero un rato, pero si no bajan o no vienen, les dejo en un rinconcito y me voy. Puede ser que alcancen algo”, dice la joven, quien, al parecer, también se ve satisfecha por lo que hace desde hace ya 10 años.

Desde la zona perimetral del camposanto se oye un pito repetidas veces, señal de que Juana Martínez debe retirarse, pues le esperan otras obligaciones. 

El nombre de la doctora, como el de la monja, queda flotando en medio de las tumbas de elegante construcción. Pero sobre todo, en medio de los gatos que, agradecidos, vuelven a su siesta que se prolongará varias horas entre cruces y ángeles de mármol. 

No están solos

Venerados por los egipcios hace más de 4.000 años, tanto que se hacían enterrar con sus mascotas para que los acompañaran en su viaje al “más allá” y hasta tenían una diosa en forma de un felino (Bastet), los gatos del cementerio están ubicados por colonias, es decir, por grupos, unos más numerosos que otros.  

De acuerdo con Álex Alvarado, voluntario de la Fundación Edith, que también brinda un apoyo importante en el cuidado de los felinos, su “zona de confort”, en donde tienen mayor presencia, son las puertas 2, 3 y 4, correspondientes al Cementerio Patrimonial, en donde se encuentran las tumbas más antiguas y las más artísticas. 

“Aquí hay aproximadamente unos 200 gatos, de todas las razas. Se los encuentra más que nada en las primeras puertas, pero también los hay en las últimas, como la 13 y la 15.

Incluso, del lado de las salas de velación, en la sala Plegaria, en la parte de enfrente, también los hay”, precisa Alvarado, quien tiene 8 meses en ese menester.

Respecto al cuidado que les prodiga, señala que la alimentación se hace en forma diaria, mediante un recorrido por puntos específicos, es decir, en donde los gatos se concentran.

Algunas bandejas, llenas y vacías, son muestra del trabajo que realizan.

“Al día se gasta un poco más de un quintal de pepas en la alimentación.

Pero no sólo eso, También se los vacuna, se les da vitaminas y, cuando tienen alguna cosa más grave, se los lleva a un consultorio, en donde son revisados por el doctor Vicente Chonillo, profesional veterinario que es parte de la Fundación”. 

Aprovechando que se encuentra degustando su ración de pepas, Alvarado, sin miedo alguno, coge entre sus brazos a “Patrona”, una de las líderes de la población gatuna, y señala que, cuando uno de ellos muere, “se lo entierra en el cerro, en la parte más alta.

Por cuestiones de higiene no se los puede dejar botados en cualquier parte”.

Vistos todos estos detalles, se podría afirmar que los gatos del cementerio gozan de una buena situación, sin embargo, no faltan las quejas por su presencia.

“Hay gente mala que hasta nos dice que por qué no les damos veneno, que hagamos esto y lo otro.

Algunas personas reclaman que ciertas partes apestan, pero eso es mentira, porque los animalitos buscan la tierra para hacer sus necesidades”, dice Paulo Lino, guardia de seguridad de la puerta 2, quien agrega que los animales son botados en la madrugada por las verjas superiores del cerramiento.

“A veces hasta dejan a las gatas preñadas cuando están a punto de parir y ya aquí se quedan.

Hay un plomito que me lo quiero llevar, pero no se deja coger. Ya lo tengo bien visto. A mi hija menor le gustan”

Coincidencias con París

Uno de los cementerios más grandes y concurridos de la capital francesa es el de Peré Lachaise, famoso no sólo por tener entre sus huéspedes a célebres personajes del arte y la cultura como Edith Piaf, Óscar Wilde o Federico Chopin, sino también…gatos, muchos gatos.

Es quizás el único panteón que, gracias a la presencia gatuna, ha sido tomado como un parque, concentrando buena parte de los turistas que visitan la “Ciudad Luz”.

Tal como en el cementerio francés, los gatos guayaquileños que viven en el Cementerio General de Guayaquil, están rodeados de personajes como Eloy Alfaro, Medardo Ángel Silva, Enrique C. Sotomayor, Pedro Carbo y un prócer de la independencia, el venezolano León de Febres Cordero.

Tal afinidad se ha demostrado no sólo con las celebridades fallecidas, ya que intelectuales de la trascendencia de Jorge Luis Borges, Virginia Wolf, Julio Cortázar, Ernest Hemingway y Pablo Picasso, entre muchos otros, los tuvieron de mascota.

No salen para nada

Con menos vidas de las que se les atribuyen —en promedio pueden llegar a vivir hasta 13 años—, solitarios, independientes y a veces poco amistosos, los mininos no pasan del gran perímetro de cemento que rodea el lugar de descanso, ni siquiera cuando se acerca un vendedor ambulante.

Viven y mueren dentro de sus muros, acostumbrados a la presencia de propios y extraños.

A pesar de que casi siempre se los ve descansando, también se dan tiempo para jugar entre ellos, corretear uno tras del otro, perseguir a alguna hoja que arrastra el viento y hasta aceptar la caricia de algún ser humano. 

“Cada 2 de noviembre, cuando hay full gente, por el Día de los Difuntos, los gatos pasan encaramados en las partes más altas, se suben arribísima, como para que no los molesten.

Hay gente, especialmente niños inquietos, que quieren jugar con ellos”, cuenta Lino, mientras algunos de ellos, se pasean por sus pies.

¿Y qué pasa en las noches? De acuerdo con el celador, salen a darse sus vueltas.

A veces pelean, pero casi no se los escucha, tan sólo sus ojos, intensos como luciérnagas de alto voltaje, alumbran la oscuridad.

“Son parte de nosotros. Se podría decir que es como si tuviéramos 200 gatos de mascotas”.

Lino sonríe, abre la enorme puerta de hierro a un visitante y piensa, sin duda, en el gato plomo, ese que quiere llevarse a casa…