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Apuntes de un viaje a la Sierra

Revista Bagre
Las montañas cubiertas de vegetación pueblan la Sierra. El paisaje, con su paz bucólica, invita al viajero a despojarse del estrés y relajarse. Fotografía: GoRaymi.

Aunque resulta insoportable oír a todo volumen a Jackie Chan decir aquello de "hostia, tío, lo habéis matao", es un buen síntoma de que el bus sigue con su itinerario inalterable de Guayaquil a Ambato.

Ya en el terminal de Durán no faltan los que ofrecen audífonos para defenderse del dialecto de Chan y cargadores portátiles que, por lo menos, servirán durante las horas que perdure el viaje. Mañana, quién sabe. 

"Bajo tu amparo nos acogemos, santa madre de dios", reza un letrero grande en uno de los buses que acoderan en uno de los andenes.

El panorama

Por varios kilómetros, el panorama en el parterre central es el mismo: un árbol se clona como si fuera la figura repetida de algún álbum. 

Me pregunto: qué nombre tiene, y en seguida pienso en que mi abuelo lo sabría. 

Hoy sabemos cuántos gigas tiene una memoria pero desconocemos cómo se llama el árbol que tenemos enfrente.

Pronto la vía Durán-Boliche será un muestrario verde oscuro de árboles y plantas de todo tipo.

Un cartel verdiblanco indica que Bucay está a 38 kilómetros, Pallatanga a 75 y Riobamba a 165. 

La transición 

Revista Bagre. Pallatanga.
La transición entre la Sierra y la Costa empieza cuando la neblina se apodera de la atmósfera. Su espesor no es siempre el mismo, pues depende de la timidez o del vigor del sol. Fotografía: Revista Bagre.

El cielo cada vez parece más al alcance de la mano; la cordillera es un tapiz accidentado en el que aún no se divisan las parcelas serranas y sus fértiles terrenos.

El pallatangueño Arnulfo, compañero de asiento, entabla un diálogo del que fluye mucha confianza, como si fuéramos dos viejos conocidos. 

Hablamos de las virtudes de la fritada y del choclo, comida típica de Pallatanga; también de sus orígenes y de la posibilidad, casi siempre certera, de que, estando en la Sierra lo confundan con costeño, y estando en la Costa, con serrano. 

Según él, el nombre Pallatanga nació de la fusión de dos nombres indígenas, Palla y Tanga, tal cual como la leyenda de Guayas y Quil. 

-En Pallatanga sembramos frejoles, tomates, pimientos y moras. Ahorita ha de ir viendo, ya ha de estar la feria al lado de la vía-, comenta don Arnulfo. 

Un tramo difícil

A las 10:50, con tres horas ya de recorrido, arribo a Pallatanga.

Sé que de aquí para arriba todo es curva y grandes cuestas hasta la Loma de Navas, desde donde se puede ver al abuelo de los Andes, el Chimborazo. 

Estamos a una hora y diez minutos de ese lugar, aproximadamente. Eso es lo más alto que hay que atravesar, luego de la Loma de Navas el bus va a bajar otra vez. 

El descenso desde el pueblo de Pangor, ubicado a unos 20 minutos, me pondrá más tarde en contacto con la laguna de Colta, otro atractivo de la zona.  

Son las 11:21, ni un minuto más. El bus arrostra el ascenso, sorteando cada curva en medio de una neblina que parece anunciar fuego en alguna parte. 

Y los burritos, y los trajes, y las chalinas y los anacos y las bayetas… No hay duda, estamos ya en la Sierra.

Y entonces se arremolinan en la cabeza otras preguntas: ¿Manuela Sáenz subió por aquí cuando volvió de Lima? ¿La misión Geodésica también atravesó estas cumbres? 

Pienso en las casitas que, tachonadas de ponchos tendidos en los cordeles, van quedando a un lado del camino y surgen más preguntas: ¿quiénes viven ahí, cómo se trasladan, tienen luz? ¿Conocen el mar? 

Colta y la Balbanera

A las 12:30 pasamos Colta, comunidad en donde nació lo que hoy es Ecuador. 

Allí llegaron los conquistadores y levantaron, en 1534, la primera Iglesia católica en suelo ecuatoriano, es decir, la Balbanera. 

Llegando a Riobamba el chicle ha perdido todo su sabor. 

La Sultana de los Andes goza de aire puro y tiene, tras de sí, el mérito de haber sido cuna de la primera Constituyente del país. 

Fue allí en donde se firmó la primera Constitución, allá por 1830. 

Son las 13:46 en Alobamba, la atmósfera se atiborra de vaquitas. 

Veinticuatro minutos después llego a Ambato.

El obispo español José Pérez Calama (1740-1793) enseñó a los ambateños, con grandísimo esmero, a preparar el famoso pan de Ambato, para deleite de todos los ecuatorianos y de esta guayaquileña.  

El paisaje que se aprecia en la Sierra es un regalo para las retinas, agotadas de ver tanto cemento a diario. Video: Revista Bagre.