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Monotonía, ¡hasta la vista, baby!

Instantes video Monotonía. Fotografía: Getty Images.

Para cuando escribo estas líneas, el nuevo video de la cantante colombiana, Shakira, Monotonía, está a punto de llegar a los 24 millones de reproducciones. Un millón por cada hora, una vez lanzado en la esfera pública. “¡Misión cumplida!”, deben comentar los managers de la artista barranquillera.

Al minuto siguiente que las redes sociales estallaron (el pasado mes de junio) con la noticia de la separación de Shakira y su marido Gerard Piqué, se sucedió una avalancha de comentarios que reclamaba el advenimiento del álbum del despecho. El caramelito que la telerrealidad estaba esperando para terminar de espabilarnos del sopor al que nos redujo la pandemia.

Nada como un buen escándalo de infidelidad —protagonizado por una pareja de celebridades— para que el marketing mediático de aquí y de allá se nutra de jugosos dólares.

La bazuca que se dispara —a los pocos segundos de iniciado el video de Monotonía— no es otra cosa que el escupitajo con el que la marca Shakira le contesta al mundo entero su demanda. Parecería decir:

—¿Despecho querían? ¡Despecho tienen!

Un des-pecho gore y literal que perfora el torso de la cantante y deja —por dos de los tres minutos que dura el cilp— ya no la herida abierta de la virgen doliente; más bien, el gran boquete en medio del tórax con el que Arnold Schwarzenegger deambulaba, en busca del tiempo perdido.

La comparación con el filme de acción se antoja, cuando vemos a Shakira (tan silvestre como Sarah O’Connor) volar por el pasillo del supermercado tras el brutal impacto que recibe desde un arma de grueso y fálico calibre, que la hace arrastrarse por el suelo, buscar a gatas su corazón (que ha quedado en el piso); levantarse…y seguir adelante. Mirando al futuro, con los mismos ojos de venganza con los que Linda Hamilton nos hizo saber en 1984 que regresaría. Shakira volverá. Esta saga recién empieza.

Instante del vido Monotonía. Fotografía: Getty Images.

Son por demás interesantes los gestos políticamente incorrectos que ofrece Monotonía: mientras la letra interpela el amor romántico, la imagen describe un descarnado femicidio. Las contradicciones aparecen una y otra vez.

Con ello, la propuesta artística nos retrata como la audiencia vouyerista que quiere ver lo más oprobioso del jet set. La colombiana explota nuestro morbo hasta el paroxismo. Nos ofrece el melodrama de su vida a través de la narrativa de un cómic. 

En otra viñeta, irrumpe un cantante latinoamericano (Ozuna), cimarrón, de cabello larguísmo trenzado. Toma el lugar del exmarido de Shakira: caucásico, español y deportista. Ella, físicamente entrega su corazón sangrante al portorriqueño; él, lo guarda cuidadosamente en una bóveda metálica.

Cuando la cantante se aleja de la escena con la llave en la mano, casi casi podemos escuchar los acordes finales y retumbantes de Terminator. Sus pisadas en cámara lenta gritan: ¡Hasta la vista, baby!

Pero esa no es la única bofetada con la que Monotonía castiga al público: todo el universo hispanoparlante esperaba un tema con el que la artista se manifieste cual una Paquita la del Barrio 2.0.

¡Oh (maravillosa) sorpresa! la letra dice:

No fue culpa tuya

ni tampoco mía.

Fue culpa de la monotonía

En ese gesto impredecible radica la honestidad de Shakira como la mujer detrás de la marca. Si bien, musicalmente, está bastante lejos de su brillo noventero, al menos no ondea una forzada bandera feminista. Lo que se agradece…desde luego. 

Nunca dije nada, pero me dolía.

¡Mmm, ah…!

Yo sabía que esto pasaría.

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