Bagrear

Mi vecina, la que ama los gatos y pelea con la gente

Ilustración: Aliatna.

Se llama Adelaida (nombre protegido). Es una mujer de mediana edad que se caracteriza por armar escándalos en el vecindario. El motivo: hacer problema a los vecinos por cualquier cosa.

En el barrio ya la tienen fichada. Incluso yo, hace algún tiempo, dejé de saludarla pues hasta a mi hermano un día lo increpó por algo que legalmente estaba correcto.

Pero siempre he pensado que las personas que aman a los animales o a las plantas, tienen su lado bueno, su lado noble, y que en realidad no son malas sino incomprendidas.

Siempre que paso por su casa veo una cantidad de gatos de todos los tamaños y colores.

 También tiene un perro de ojos celestes, sin pedigree, pero no le hace falta, es bonito y de cariño le digo “vecino”. Él me mira y mueve la cola.

Un día, no recuerdo fecha exacta, decidí buscarle conversación a Adelaida, pues me interesaba saber por qué tiene tantos gatos. Alguna vez yo también los tuve, 13 para ser exacta.

Entonces me contó que se los van a botar a su casa y ella de pena los adopta, pero como no tiene dinero para hacerlos esterilizar, estos se multiplican.

Como forma de ayuda, cada vez que compro comida para la única gata que tengo, una gorda y rubia, aprovecho y lo hago también para ellos. Les traigo su dotación de pepas, atún para gatos, paté y bocadillos que son el deleite de sus paladares.

Ella sonríe agradecida cada que le doy la funda con alimento, pues reconoce que el poco dinero que le dan sus dos hijos tiene que distribuirlo y, a veces, queda poco para la manutención de sus adoptados.

Cuando me acuerdo también compro comida para el “vecino”, aunque a este le preparan su aguado de menudencia.

“Rayitas”, “Satanás” y “Junior”

Uno de los gatos que tenía Adelaida era “Rayitas”, así lo bauticé. Era bravo y reacio a dejarse coger, pero llegaba a mi casa a comer. Poco a poco se fue familiarizando conmigo y mi familia.

Entraba a mi dormitorio por la ventana y hacía largas siestas. También llegó a mi casa “Satanás”, así lo bautizó mi hermano, era un gato negro de grandes ojos. Él llegó con la “Rubia”. Ambos pertenecían a unos vecinos que se cambiaron de casa.

Pero como esos dos estaban acostumbrados a estar con nosotros le pedí que los dejara.

Siempre tuve miedo a los gatos negros, pues he escuchado que traen mala suerte, pero ahora que los tuve, ese pensamiento quedó desterrado.

Y después llegó mi querido y recordado “Junior”, era de una casa esquinera diagonal a la mía. Era pequeño y siempre cruzaba la calle para llegar hasta nosotros. A mi me estresaba, pues me daba miedo que fuera atropellado.

Un día decidí quedármelo y me dio los mejores meses de su vida, mucho cariño y risas. Era mi engreído, mi hijito peludo.

Pero los días se volvieron grises. Un día desapareció “Satanás”, él siempre llegaba en la madrugada, a las 03:00. Pasó el tiempo y un día envenenaron a mi “Junior”, lloré a más no poder, pues no entiendo cómo puede haber gente tan despiadada.

Y “Rayitas” apareció a los pocos meses muerto en la esquina de mi casa. Entonces con lágrimas, le fui a decir a Adelaida que su gato falleció y que lo fuera a recoger. Yo no podía, ni siquiera lo vi, era demasiado.

Pero el amor que los gatos le dan a los humanos es tan puro, que a todos los llevo en mi corazón.

La hermana peluda

La “Rubia” sigue con nosotros. Es engreída, juguetona y chistosa. Le digo a mi hijo que es su hermana peluda y él, que también es amante de los animales, se divierte con ella un montón.

Tiene formas muy chistosas de dormir, parece contorsionista. Pero cuando se enoja nos persigue y nos quiere saltar encima, y eso también nos causa risa.

Adelaida también se divierte con sus peluditos, aunque se preocupa, pues a veces se salen de la casa y quieren cruzar la calle; yo veo eso y me estreso, y no me voy hasta que regresan.

No sé cómo llamarán en el vecindario a Adelaida, pero se la ve chistosa rodeada de tantos gatos, un perro, con su voz nada melodiosa, y el cabello desordenado.

Los felinos saben que es su protectora, la siguen y la obedecen. Y el “vecino”, siendo perro, convive en paz con ellos.