Bagrear

Los gajes del oficio y del teletrabajo

Ilustración: Aliatna.

El teletrabajo no me convence. Cuando la pandemia estaba en auge, el personal de la empresa dispuso la jornada desde casa, para evitar contagios.

Pensé: "voy a dormir más". Con esta modalidad estaba en pie a las 07:30; a las 08:00 me sentaba al frente del computador, después de darme una ducha y desayunar.

Vi que la modificación de vida que dejó la pandemia por la covid-19, tenía sus lados positivos.

Ya no me levantaba a las 05:50, para esperar el bus a las 06:55. Si llegaba a la parada a las 07:00, los buses ya no se detenían, porque iban atiborrados de oficinistas y universitarios.

El camino era de una hora, pero si me sorprendía la "hora pico" el trayecto se extendía en hora y media.

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Con la modalidad del "despacho en casa", también pensé: "Ya no será necesario timbrar apurada el ingreso", aunque -la verdad- nunca me preocupó. Con el horario que me planteé, llegaba a la oficina 30 y hasta 40 minutos antes de la hora de ingreso.

Ese lapso era de utilidad, ya que resolvía pendientes.

Luego de dos semanas de encierro entendí cuánto valoro el silencio. Mi computadora se encontraba en un cuartito de 4×4 metros, al lado izquierdo de la cocina y al frente de la lavandería.

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El ruido impide concentrarse

La habitación era pequeña, pero lo suficientemente grande para instalar el ordenador, el CPU con la impresora, adornado de un altar con la imagen de la Virgen del Cisne y una figura de San José y el arcángel Gabriel.

Atender en las reuniones por Zoom era imposible. No faltó el instante en que sonaba la licuadora triturando los aliños.

Si no, era el pitido de la olla de presión o el chirrido de la carne de pollo al caer sobre la sartén con el aceite caliente.

Todo era un complot para interrumpir mi calma. Cuando hablaba por teléfono, no escuchaba por el ruido del altoparlante de un camión que repetía la canción para vender gas.

Tampoco faltaron los ladridos impertinentes de mis mascotas o el timbre de los empleados para medir el agua o la luz.

La fórmula del teletrabajo me dio más obligaciones en mi casa. Si no tenía que lavar los platos, sacar la basura o barrer el patio, debía hacer mandados de la tienda.

El panorama mejoró un año y medio después. Mi familia invirtió en la remodelación de la casa. La cocina se amplió y eliminaron el cuarto de la computadora.

El estudio se instaló en donde era el dormitorio de mi mamá, porque construyeron otro con un baño privado. En el nuevo espacio no hay ruidos. Me puedo concentrar.

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Las reuniones virtuales son más llevaderas. Salvo un detalle. La cámara del Zoom da a la puerta del cuarto.

En una reunión, mi madre entró en brasier. Con suma discreción apagué la cámara. Y le dije: "mami cuando esté en reunión entra con cuidado, te acabaron de ver en ropa interior".

Ella palideció. Salió con un aire de vergüenza.

Pero no le dije que yo también fallé. Vi de reojo que una compañera se burló discretamente. Cuando me di cuenta, el micrófono estaba encendido.