Bagrear

Y me subí al tagadá…

Ilustración: Ariatna.

Cuando se es muy joven no le tienes miedo a nada y más si andas con amigos que quieren divertirse y no miden los riesgos.

Con mi grupo juvenil -de una reconocida institución de ayuda social- fuimos al parque de diversiones, pues éramos amigos de la hija del dueño de entonces, Aura.

Nos citaron en la mañana, ya que a esa hora no había nadie. La idea era tener los carruseles solo para nosotros, y así fue.

Fuimos unos veinte, entre chicas y chicos, y estábamos maravillados al ver el parque vacío. Los ojos nos brillaban de la emoción. Recorrimos con tranquilidad toda la instalación y de ahí decidimos subirnos en cada uno de los aparatos. 

Las risas no se dejaron esperar, al escuchar cómo gritaban algunos amigos. Sin embargo, esos mismos gritos me hacían recular.

Pero la insistencia de los amigos a veces puede más, así que acepté subirme a regañadientes a unos tres juegos, como la barca pirata, el gusanito, los que para mi eran los menos temibles. El martillo, el pulpo y el tagadá ni de chiste.

Sin embargo, la insistencia del grupo, otra vez, me animó y pensé: bueno es hora de que la adrenalina se suba a la cabeza. Y ahí estaba yo, embarcada en el tagadá; sentada agarrándome bien de los tubos para no resbalar.

La rueda empezó a girar lentamente primero; la velocidad fue aumentando progresivamente. Empezó a girar para adelante y luego en reversa. Mis manos estaban ya sudando y me resbalaba de donde estaba agarrada.

Lo mismo le pasaba al resto, pero no dejábamos de reír. Un amigo, Julio, que es enorme, se paró en el centro de la máquina; desde allí hacía equilibrio para no caerse, mientras nosotros sorteábamos las sacudidas que nos daba el aparato en cuestión.

En este video se recrea exactamente lo que la mayoría de jóvenes aventureros experimentan al subirse a la máquina. Cuenta de YouTube de Luis Aldana.

Pensamos que Julio se había puesto en el centro del tagadá para ayudarnos, qué equivocados que estábamos. Este grandulón,que parecía un enorme nevado, nos daba la mano, pero para tirarnos de una vez y por todas al suelo.

No parábamos de reír, todos quedamos tirados en el piso de aquella máquina que se seguía agitando sin piedad, pero curiosamente allí nos sentíamos seguros.

Luego reparamos en que nosotros éramos el objeto de diversión de los operarios de las máquinas, pues normalmente cada vuelta dura unos tres minutos, pero las nuestras eran interminables y, mientras más pedíamos que paren, ellos reían a mandíbula batiente y el aparato seguía licuándonos.

Algunas personas se dejan caer al piso, pues allí se sienten más seguras. Fotografía: Internet.

Cuando se compadecieron y por fin el tagadá paró vimos nuestros rostros que estaban eran verdes y amarillos, otros de color papel, otros ya parecían Gasparín, y por allí hubo quienes devolvieron lo poco que habían comido.

Desde entonces, cada vez que voy a un parque de diversiones, veo de lejos el tagadá y solo me acerco para reírme de aquellos que caen al piso y rebotan como si fueran pelota pelota, y de los que gritan como si estuvieran perdidos en la selva, porque simplemente me acuerdo de mi.