Bagrear

El "perrito orejón" volvió a brillar

Ilustración: Aliatna.

Tener una mascota requiere de compromiso, mucho compromiso.

No solo se trata de poseer un perro porque de cachorro luce bonito, mucho menos porque un niño le pide uno a sus padres como regalo de Navidad.

Tener una mascota implica responsabilidad, y no todas las personas la asumen.

Entiendo que ser dueña de un perrito (en mi caso de dos), me obliga a limpiar si ensucian, a alimentarlos, a darles abrigo, a llevarlos al veterinario y, sobre todo, a darles cariño.

Otra de esas obligaciones es sacarlos a pasear. Así lo hago: todos los días, al menos media hora.

Uno de ellos, un Basset hound de dos años, me exige su "vueltita de la tarde". No es fácil engañarlo; identifica perfectamente cuando son las 17:00.

Con ligera dificultad (porque no deja de moverse cuando se da cuenta que se va de paseo), le coloco su correa para caminar media cuadra, hasta la esquina, y otras dos cuadras hasta un parque con cerramiento.

Mi “cuzco” orejón es muy sociable. Siempre se emociona al ver a un "coleguita". Se le acerca con su colita blanquinegra bien erguida.

El otro animalito le corresponde y, al mismo tiempo, ambos saltan y corren hacia el parque.

Mi perrito es lento, sus patas chatas no le permiten acelerar.

Parece que los demás cánidos se le ríen. Lo regresan a ver, se detienen y salen de nuevo en apresurada carrera. Nunca alcanza a sus amiguitos.

Ha pasado un año ya con esta rutina. Algunos vecinos ya conocen a mis mascotas; yo también identifico a algunas, particularmente a dos caninos mestizos (runas) de talla grande. Uno es rubio y el otro es blanco.

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Hace tres semanas saqué a pasear a mis perritos. Entramos al parque. Dejé que mi mascota diera su vuelta sobre la hierba. De pronto, el rubio y el blanco lo atacaron.

Vi que uno de ellos le mordió la cadera izquierda. Grité como pude y me acerqué a defenderlo. Huyeron cuando llegué.

Pensé: "No pasó nada. Solo fue un susto". Error. 

El sufrimiento

En la noche, mi perrito empezó a temblar, no quería comer e inflaba sus colgados cachetes, antes de echarse a llorar.

Eran las 21:00 del viernes. Su veterinaria estaba de fiesta. No nos recibió.

Por mi desesperación, acudí a otro médico. Uno al que no le tenía confianza. Y ahora confirmo por qué. El doctor me cobró $ 80 por tres inyecciones.

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Mi perrito durmió toda la noche y en la mañana comió mejor. Pero el domingo, el malestar regresó y, el costado izquierdo de su cadera, empezó a inflamarse.

El lunes lo llevamos a su "veterinaria de cabecera".

En consulta, la doctora nos dio el diagnóstico. Grave infección en la zona perianal debido a corte por colmillo. 

Delicado tratamiento

La veterinaria no ocultó su asombro. Mi mascota tenía una profunda herida que originó un absceso interno. Hubo que intervenirlo de emergencia.

"La mordida de un perro callejero es infecciosa. Siempre meten el hocico en la basura y en otros lugares que no me quiero imaginar", advirtió.

Se necesitaron dos cirugías y seis puntos para cerrar la herida. Eso, sin tomar en cuenta las medicinas y su alimentación no inconosa (pollo y carne molida).

Lo que se debe conocer sobre los Basset hound. Video: YouTube.

Fuera de los $ 280 que implicó las operaciones y que él llevara un humillante cuello isabelino durante dos semanas -para que no se toque los puntos ni se abra la herida- fue necesario ayudarlo a comer y a que tome agua, porque el collar no le permitía saciar sus necesidades.

En la noche, le costaba dormir. Lloraba hasta que lo cargaba; se acomodaba con timidez y ocupaba más de la mitad de la cama.

Yo dormía incómoda, pero era un alivio verlo descansar.

Todo esfuerzo valió la pena. En una semana y media, mi "perrito chato" volvió a brillar.

Retomó sus rutinas. A las 06:30 espera a un perro ovejero gris, para ladrarle desde su mirilla. Sigue robándose los zapatos de mi sobrina y de nuevo fastidia a su "ñaño", un cocker blanquinegro.

Vecinos irresponsables

El domingo saqué a mis mascotas al parque. Vi a lo lejos al rubio y al blanco. No se acercaron.

Tuve la intención de averiguar con los vecinos de quién son esos perros, pero luego pensé que sería ridículo ir a los dueños y decirles que me paguen el valor que gasté por la atención médica.

Llegué a la conclusión que, si no tienen la decencia de mantener de forma responsable a sus perros, mucho menos se harán cargo por el valor que gasté en mi mascota.

Más bien sentí pena por esos dos animales que atacaron a mi perrito. Su agresión es por falta de cariño, de atención.