Bagrear

Me encerró en la morgue con tres difuntos

Ilustración: Ariatna.

Cuando empecé a dar mis primeros pininos en el vasto mundo del periodismo, me tocó cubrir crónica roja. La verdad es que no tenía miedo, pero reconozco que me daba un poco de recelo estar cerca de las personas fallecidas en circunstancias violentas.

El periodista tiene que ser recursivo y como decimos en nuestro argot “ser 4×4” o sea todoterreno. Así que me llegó la noticia de que habían asesinado a tres antisociales y que estaban en una guardarraya en un cantón del Guayas (Milagro).

No tenía movilización, entonces llamé a Iván, mi amigo fotógrafo y compañero de la universidad. Él presto para este tipo de coberturas no demoró nada y nos encaminamos al lugar de los hechos (muletilla o lugar común).

Yo iba asustada. Cuando llegamos no había nada. Entonces, habitantes del sector nos indicaron que la policía había hecho el levantamiento de los cadáveres y que se los llevaron a la morgue de Milagro. Nuevamente me subí en la moto y raudos nos dirigimos al anfiteatro.

Mi cabeza estaba llena de dudas que quería despejar, pues como periodista siempre nos asaltan ese tipo de inquietudes; quería respuestas.

Cuando llegamos a la morgue de Milagro, que queda a la entrada del cementerio general, estaba llena de curiosos. Muchas personas revoloteaban cual gallinazos por ese cuarto pequeño e insalubre, así era hace más de 15 años.

A tomar fotos

Mi compañero, Iván, me dijo que entrara con él para tomar las fotos. Los curiosos se volvieron testigos de todo lo que allí pasó; me miraron para ver cuál era mi respuesta. Por sus gestos me di cuenta que creían que yo tenía miedo.

La verdad no era temor, me sentía intranquila, pero jamás se los iba a demostrar. Así que sin dudarlo le dije: “vamos”.

Recordé las películas de terror

Una vez dentro de ese pequeño cuarto observé que un cuerpo estaba encima del otro en la mesa donde les practicaban las autopsias. Y comenté: “pero son tres, ¿dónde está el otro?”. A lo que Iván respondió: “Está en el suelo”.

Caminé detrás de él y no sé en qué momento me dejó sola. Fue cuestión de segundos, cuando reaccioné miré a mi alrededor y no estaba. Entonces me invadió la angustia, pensé en gritar, en llorar, no sabía qué hacer.

Luego recuperé la calma y empecé a caminar en reversa y con cuidado, pues no quería tropezarme con nada. Llegué a la puerta de salida y ¿qué creen? Iván la sujetaba desde afuera para no dejarme salir.

Entonces me volteé hacia donde estaban los cuerpos, cerré los ojos y por un momento pensé en películas de terror de muertos que se levantan de sus tumbas.

Imaginé que aquellas personas que fueron asesinadas se estaban levantando y caminaban hacia mí con los brazos extendidos.

Abrí los ojos y con fuerza tiré de la puerta para abrirla. Cuando logré salir todo el mundo estaba expectante de mi reacción. Quizás pensaban que iba a salir hecha un mar de lágrimas o blanca como un papel, pero no.

Ni bien puse un pie afuera de la morgue, todos se echaron a reír, incluido Iván. Lo único que hice fue mover la cabeza a modo de desaprobación, pues la broma se pasó de claro a oscuro y además la situación no era para la burla, pues había tres personas fallecidas.

Me enojé con mi colega. Le pedí que me llevara a la policía para que me den información sobre el suceso. Iván con su risa silvestre y escandalosa me pidió que lo disculpara y lo hice.

Por la noche no dejaba de pensar en esa vivencia y por cualquier cosa miré debajo de la cama antes de dormir. No es que me haya afectado psicológicamente, pero es una de mis tantas anécdotas en este maravilloso mundo del periodismo.