Bagreando

No pude despedirme de mi padre

Ilustración: Natalia Álvares.

No pude despedirme de mi padre. Una semana antes de su fallecimiento, ingresó a la clínica con un cuadro pulmonar que los médicos, dijeron, se debía a su edad.

Por unos pocos días se recuperó. Lucía contento, con ganas de salir de la clínica y vivir.

—Cuando le den el alta, vamos a regresar a la casa y lo voy a cuidar—le dije.

Me miró y sonrió, mientras estrechaba mi mano entre las suyas. Unas manos que, para mí, seguían siendo grandes y me daban valor.

***

No sé si los dos pecamos de optimistas. Durante su permanencia en la clínica dejó de levantarse por sí mismo de la cama. Sus piernas habían perdido fuerza. Dos enfermeros lo ayudaban a ir al baño y si deseaba levantarse para dar una vuelta por la habitación, se repetía la historia.

¿Era justo que regresara a la casa para estar postrado en una cama?

¿Eso era "vida"?

Antes de esta extraña enfermedad, vino la pandemia y él ya no podía dar sus acostumbrados paseos por el centro de Quito para reunirse con sus amigos jubilados, o simplemente caminar. Entonces pasaba los días enteros mirando por la ventana, mientras suspiraba y la tristeza lo invadía. 

Creo que ya no era feliz.

***

Un día, los médicos que lo asistían en la clínica me comunicaron que su cuadro se había agravado. No permitieron que lo volviera a ver. Dos días después, falleció.

No pude despedirme de mi padre. A la clínica llegó una carroza fúnebre y lo llevó al crematorio. Me entregaron sus cenizas dos días después, en la Cripta del Colegio San Gabriel.

Las llevé hasta una urna y fue en ese lugar en donde me despedí de él. Para siempre.

Cuando regresé a casa, su perfume me recibió en la puerta de entrada. Pregunté si alguien más lo había olido. Me dijeron que no.

A veces me parece sentir sus pasos recorriendo la casa. Otras, lo veo en sueños. Está feliz. Y eso me da paz.