Bagrear

Mi necio cabello

Ilustración: Aliatna.

El cabello siempre me ha causado dolores de cabeza. Nunca supe cómo tratarlo. Cuando era pequeña me peinaba como mi hermano porque era el único integrante de la familia que tenía el cabello un poco parecido al mío, y sin embargo escuchaba permanentemente la orden: ¡péinate!

Mis primeros referentes de cuidado personal fueron mi mamá y mi hermana, pero ellas tenían el cabello lacio, de modo que debía encargarme sin ayuda de ese monstruo fino, indomable y poroso que crecía obstinadamente como maldición.  

El corte hongo, que se puso de moda en mi adolescencia, le trajo algo de paz a mi vida; en cambio el copete, tan creído y arrogante, me devolvió al infierno.

Los cintillos y las diademas fueron mis cómplices durante algunas temporadas.

Para ilustrar cómo era mi cabello podría decir que se parecía mucho al de Emme Muñiz, la hija adolescente de Jennifer Lopez. Y me alegra tanto ver cómo ella lo luce naturalmente,  sin complejos

Cuando descubrí la plancha, a mis 24 años, pensé que ese invento era el más valioso que se había creado sobre la faz de la tierra.

Quería que todos me vieran porque la estopa que había llevado siempre se convirtió en una hermosa y domable cabellera. Además, después de mi primer planchado pensé: —no he sido tan fea—. 

Los gastos en la peluquería se fueron incrementando con el planchado, de modo que tomé la decisión de comprarme mi propia plancha. Esta herramienta, tan mágica, salió de las peluquerías y se convirtió en otra imprescindible pieza de mi hogar.

Sin embargo, al poco tiempo me di cuenta de que tener una plancha no era la solución porque si bien dejaba ordenado mi cabello, algunas partes quedaban porosas.

No era la plancha; eran mis torpes manos queriendo imitar la destreza de una peluquera.

Tiempo después vino la keratina. —¡Eureka!, la solución a todos mis problemas—, creí.

La keratina se encargó de mantener alisado mi cabello por algún tiempo, pero cada vez que recibía el tratamiento las hebras se iban poniendo más pastosas.

Llegué a verme como un pollo mojado cada vez que salía de la peluquería —y los días siguientes— sin embargo, no quería desistir de la idea de lucir el cabello terso y arreglado, por eso un día le dije a mi peluquera Mariela, luego de continuos tratamientos con keratina, que me colocara la cremosa solución solo en las puntas. A los tres días me di cuenta de que había botado el dinero a la basura.

Seguí insistiendo con nuevas ideas para tener el cabello lacio sin que me viera como un mal remedo de una japonesa trasnochada.

—Mariela, no dejes tan concentrado el tratamiento—, le pedí en otra ocasión. A los veinte días la keratina había desaparecido.  

La última vez que me sometí a ese mismo tratamiento se me ocurrió, un día después de aplicarlo, lavarme el cabello con detergente para que no se viera tan grasoso. Al cabo de tres semanas, la keratina era historia.

Lo último que hice fue probar con botox capilar, un tratamiento alisador menos invasivo que la keratina, cuyos resultados son un cabello igual de lacio pero solo un poco, un poquito, menos grasoso. Y ahí voy, esperando que gane volumen y pierda grasa.

Ahora me pregunto, ¿qué habría pasado si no hubiese recibido críticas sobre mi cabello cuando era niña?

La sociedad nos orilla a despojarnos de nuestras raíces, a peinarnos como blancas, a disfrazarnos. Cabellos hegemónicos, lamentablemente, también hay, y el mío nunca perteneció a ese grupo.

Quien sabe si hoy, de no haberme colocado tanta basura todos estos años sobre la cabeza, podría parecerme a la Gaviota, o a Julia Roberts, o a Concha Buika.