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El retorno al gym, una lucha con la escalera y la elíptica

Las escaleras para llegar al gimnasio se convirtieron en mi pesadilla. Ilustración: Aliatna

En marzo, para aprovechar el tiempo que aún le quedaba a mi hijo de vacaciones, ambos decidimos ingresar al gimnasio, algo nuevo para él, pero no para mi que siempre me gustó estar en forma, aunque por años abandoné esta actividad por falta de tiempo.

Reencontrarme con las máquinas, las caminadoras y el sudor que chorrea a borbotones fue retroceder al pasado, con la diferencia que mis músculos estaban entumecidos y me sentí soberanamente sedentaria. Dos años de encierro por la pandemia me daban el derecho a etiquetarme así.

El primer día fue muy motivador, quieres explorar qué hay de nuevo, te has mentalizado en ponerte fitness, quieres aprovechar hasta el último segundo para sacarle el jugo a tu cuerpo.

Sin embargo, allí estaban dos de mis grandes enemigas: la larga e interminable escalera para llegar al primer piso del gimnasio (funciona en tres pisos) y la máquina elíptica.

Odiaba los calentamientos en esa máquina, pues mis pobres músculos gritaban auxilio y yo solo tenía que callar, pues no era dable mostrar flaqueza, aunque el coach sabe interpretar hasta el cansancio los gestos del rostro.

Todos los días me miraba al espejo para ver si había bajado de peso, uno de mis objetivos, pero me veía igual, y claro con una semana, imposible. Pasó el tiempo y ya van cuatro meses, con sus respectivos descansos obligatorios en feriado o cuando la salud se quebranta.

Dejé de verme al espejo, pero noté que mi ropa me quedaba holgada, buen síntoma, sin embargo, cuando me pesaba apenas había bajado tres o cuatro libras.

Entonces investigué y supe que mi cuerpo estaba sometido a un proceso de recomposición muscular, es decir, estaba quemando grasa y ganando masa muscular.

Empecé a mirar mi abdomen y noté dos largas líneas laterales. Le decía a mi hijo: ya estoy definiendo y él, a sus 14 años, experto en hacerme bullyng, me miraba y solo respondía: bueno con una leve sonrisa en su rostro.

Yo soltaba la carcajada, porque es exactamente igual a mí, tiene humor negro y le gusta hacer bullying, pero en el buen sentido de la palabra.

También noté cómo el cuerpo de él se iba estilizando y eso me ayudaba a esforzarme y no quedarme atrás, aunque honestamente, en las rutinas diarias, muchas veces le llevaba la delantera.

A la elíptica le cogí el golpe y ya no la odio, es mi compañera y le tengo respeto. En las últimas rutinas me tocó hacer ejercicio en la stepmill, una máquina que simula una escalera, como la de los centros comerciales, pero obviamente mucho más pequeña.

En esta máquina lo que más se trabaja son las piernas, pero es donde más se suda o por lo menos a mi me pasa. Todo está en recuperar el aliento y seguir como si nada.

Un día, convencida en que mi cuerpo ya estaba un poco definido o estilizado, le pregunté al coach si veía avances o cambios y su respuesta me dejó muda: “Yo no veo cambios”.

Quizás la cara que puse lo alertó e inmediatamente me dijo: “Los cambios los ven los demás. Algunas personas me han dicho que han visto tu avance y soltura”. Me quedé más tranquila, pues supe que el tiempo no había pasado en vano.

Cuando hacemos un pare obligatorio erróneamente pienso que vamos a retroceder y que vamos a recuperar lo que con trabajo hemos perdido: peso y grasa, pero no es así.

El instructor explica que el cuerpo cuando quiere descansar se manifiesta de alguna manera, ya sea con dolor, o hasta enfermándose, y que es parte del proceso.

Ir al gym definitivamente es una forma de vida que eliges llevar adelante y que el cuerpo con el tiempo te lo agradece.

Poco a poco le he tomado gusto a todas las máquinas, al peso muerto, a las abdominales, al escorpión en reversa, al caterpillar, a los climbers, pero curiosamente, la que me sigue viendo la cara es la escalera para llegar al primer piso del gym.

No sé qué tiene, pero me canso al subirla, llego con el último aliento y eso que el entrenamiento es de casi dos horas y lo resisto, pero esa escalera me la tiene dedicada o será que yo no la entiendo.