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¡Deja de comer kiwi!

¡Deja de comer kiwi!
¡Deja de comer kiwi!. Ilustración: Aliatna/ Revista Bagre

En casa por lo regular hay fruta para comer en el desayuno o consumirla como refrigerio. Tenemos en un platón manzanas y plátanos, pues en México, se consiguen durante todo el año. También, dependiendo de la estación, hay mangos o melones o fresas o naranjas o mandarinas o duraznos y demás fruta de temporada. Sin embargo, una que pocas veces está en nuestro comedor es el kiwi.

Esa fruta de exterior un tanto peludo pero con una pulpa al interior verde, tersa y brillante no tiene permitida la entrada a mi boca y, por solidaridad, mi familia la come pocas veces. 

Pero no es por falta de gusto que he dejado de consumirla. Al contrario, me encanta su sabor dulce y ligeramente cítrico; su olor fresco sí me manda al trópico, o por lo menos mi mente se transporta a un escenario con palmeras y brisa marina, aunque el kiwi en realidad es un fruto que se da mejor en climas húmedos y fríos. Me gusta que lo corten en rodajas y lo coloquen como adorno sobre pasteles. Les da tanto color.

La razón por la que no consumo kiwi es porque me provoca alergia. ¡Oh, desgracia la mía! Disfrutaba tanto de ese fruto, que no recuerdo haber sufrido de niño alguna molestia por ingerirlo. Me di cuenta, ya siendo adulto, que no somos compatibles. 

Puedo morder un kiwi y todo está bien mientras permanezca entre mi lengua, el paladar, los dientes; pero una vez que el reflejo de tragar manda el bocado hacia la faringe y baja por el esófago llega la reacción: la garganta comienza a cosquillear, tanto que quisiera introducir las manos al interior del cuerpo y rascar con fuerza el músculo irritado. 

Poco a poco la comezón se vuelve un leve escozor y el picor llega también a los oídos. Jamás ha pasado de ahí. No se me hincha la piel, no se inflama la boca, no hay enrojecimiento en los labios ni sarpullido.

Por mucho tiempo pensé que esa era la sensación que todos tenían al comer kiwi, hasta que un día, en la casa de una amiga que estudiaba medicina, me ofrecieron la fruta. 

—El kiwi es una de mis favoritas, nada más que no me gusta mucho esa sensación chistosa en la garganta.

—¿Qué sientes?—dijo ella intrigada.

Al mismo tiempo que mordía y comía un pedazo del fruto fui describiendo cómo reaccionaba mi cuerpo.

—¡Deja de comer eso ya! —ordenó—. No es una sensación chistosa: tienes alergia. 

Días después un médico confirmó el diagnóstico. Desde entonces el kiwi salió de mi dieta. 

Nada se puede hacer por la relación entre mi cuerpo y esa fruta; no hay una cura, solo queda esperar. Las alergias a alimentos desaparecen con el tiempo, sobre todo si estas empiezan en la niñez. Las que se desarrollan cuando uno es adulto, como en mi caso, permanecen. A veces de por vida. 

Podría decir que el kiwi y yo tuvimos una historia. Aún nos queremos, pero no podemos estar juntos porque hay algo tóxico en nuestra relación. 

¿Algún alimento te provoca alergia? ¿Cómo lo descubriste?