Bagrear

Prefiero los cólicos menstruales antes que las migrañas

Ilustración: Aliatna.

¿Alguna vez han conducido en medio de una espesa neblina? Difícil.

O tal vez ¿han manejado bajo una densa lluvia? Complicado.

También dicen que es delicado mantenerse detrás del volante en estado etílico. No lo sé. Nunca lo he hecho.

Si se trata de conducir, para mí, no hay sensación más desagradable que hacerlo cuando me da migraña. Eso sí es feo.

Migraña, sí. Ustedes saben. Ese dolor fuerte de cabeza que aparece poco después de ver un montón de luces (conocida como aura).

En muchos casos, estos síntomas están acompañados de náuseas y vómitos. Pero no es mi caso. Yo solo siento hormigueos en los labios y, a veces, en la mano derecha.

Cuando manejo trato de ir calmada. No siempre lo logro, pero lo intento. Una ocasión estaba con ese ánimo de ir tranquila. Me encontraba a tres  kilómetros de mi casa.

Me detuve al ver el semáforo en rojo. Esperé mi turno. Después regresé a ver al semáforo y se me quedó impregnada la luz. Me di cuenta, que no fue el destello del farol, sino que inició una crisis “migrañosa”.

Para mí, el problema no representa los dolores ni las neuralgias. Creo que los he superado. 

Han pasado dos décadas desde que asumí que nunca me iba a curar de esa horrible molestia, al punto que no consumo pastillas. Los dolores se van como vinieron. Simple.

El aura me pone muy mal

Pero las luces, esas luces parpadeantes son la manera más simple de arruinarme el día.

Prefiero sufrir de cólicos menstruales, que son bastante fuertes (solo los calmo con dos pastillas de Ibuprofeno de 800mg cada una; las tomo cada ocho horas), antes que tener otra jaqueca.

Continué con mi trayecto, mientras trataba de calmarme. Fue difícil. La luz apareció en el lado derecho, lo que implicaba que los carros podía verlos en un margen de 300 grados.

Para ayudarme, acudí a mi sentido del oído. Escuchaba los motores que se acercaban y detenía lentamente el paso.

Cuando veía pasar a los conductores por el costado izquierdo, seguía mi camino. El trayecto fue lento y seguro. Pude manipular la situación.

Cuando llegué a la casa, me eché en la cama, me tapé con una manta negra y me quedé en silencio, hasta que las luces desaparecieron. Eso me demora entre 25 y 35 minutos. Me sentí mejor.

Pero me atacó una pregunta ¿cuándo me dará otra crisis?