Bagrear

Mi anillo único

anillo único
Ilustración: Aliatna

Y de pronto mi anillo único no estaba en el dedo anular de mi mano derecha ni en ningún otro sitio por el que mis ojos sabuesos habían hurgado. 

Lo busqué en mi escritorio, en el armario, en el baño, en la cocina y en todos los lugares por los que me había detenido ese día. 

La noche anterior había jugado un rato con él al percatarme de que podía sacarlo sin mucho esfuerzo, pues la dieta en la que llevo inmersa varios meses ya emigró a mis dedos. 

—En qué momento me lo saqué, dónde lo puse, cómo se me cayó, qué le digo a mi novie— divagaba mi errante cabeza mientras trataba de recordar qué hice después de juguetear con el regalo que me había hecho elle el 14 de febrero. 

Ese día, elle sacó el anillo de una cajita, tomó mi mano derecha y desafió con delicadeza los pliegues de mi robusto anular. 

Cuando el obsequio quedó embonado sentimos alivio, como si ese acto fuera una metáfora que presagiaba el éxito de nuestra relación. 

—Cuídelo, no hay otro igual, su diseño es único— me dijo mientras sostenía mi mano y abría su corazón. 

Y ahí estaba yo, pensando en el anillo con la pena en los hombros y recordando que, algunos días después de haber recibido tan simbólico detalle, le comenté a elle por teléfono —vivimos a 600 km de distancia— que deseaba llevarlo al joyero.

Diseño especial

—Es muy voluminoso. De diámetro interno está bien pero es demasiado ancho, y quiero que el joyero lo funda para que de allí saque dos piezas— le dije. 

La otra pieza, desde luego, para elle

—Nooooooooo. Ese diseño es único, mandé a confeccionar ese anillo especialmente para usted. Si no es de su agrado, no se lo ponga— respondió rotundo, sin una brizna de duda. 

A partir de ese día empecé a llevarlo siempre conmigo. Siempre hasta que desapareció como por arte de magia de mi mano derecha.

Cuando por fin comprendí que no lo encontraría y que talvez en alguna alcantarilla estaría perdido se me ocurrió buscar en el único sitio en donde no había revisado: la lavadora.  

Y allí estaba, en el piso de la máquina vacía, destellando luz, tan pequeñito como nunca antes lo vi. Sin volumen, sin grosor y con un millón más de quilates.