Bagreando

Algún día tomaremos trenes que se van

“En el siglo XX, el amor es un teléfono que no suena.” Eso dice Frederic Beigbeder en su libro "El amor dura tres años". En el siglo XXI: el amor se reduce a ese mensaje de WhatsApp que no llega nunca, que se confunde con el sonido de las notificaciones del correo electrónico, las noticias del día, o con el beep de la aplicación que me recuerda, insistente, tomar agua cada cierto tiempo.

Pero ese mensaje, igual que la llamada a la que hace mención Beigbeder, no llega nunca.

 Hablamos alguna vez por mensajes de Instagram, un par de años antes de conocernos en persona. Guardo esos mensajes, y los que vinieron después, como si se tratara de los vestigios de una ciudad hermosa que ha quedado en ruinas. Yo fui el arquitecto de esa ciudad.  Fui el planificador, el urbanista, el que construyó cimientos y se imaginó la altura que alcanzarían esas torres.

     Proyecté parques, casas, góndolas en los canales. Una cafetería a la que acudir en una tarde de lluvia torrencial. Una ciudad con montañas de fondo, porque son importantes para mí, y para él también. Porque él me dijo que allá en Caracas le gustaba subir al Ávila, esa montaña que separa la ciudad del Mar Caribe y que en las fotos que he buscado en internet se asemeja a un par de cuerpos acostados juntos.

     Pensaba incluso, en una especie de familia junto a él, por eso, cuando me dijo que se iba, no entendí del todo. Faltaban meses para que tomara un avión con rumbo al otro lado del mar, y yo decidí que lo mejor era adelantarme: partir antes que él, renunciar a todo eso que había imaginado para los dos.

         Me di cuenta, aunque en el fondo probablemente ya lo sabía, que cuando él me miraba no lo hacía de la misma manera en que yo lo miraba. Construí  esa ciudad solo. Y me sentí estúpido. Entonces recordé de nuevo a Beigbeder.

El amor más intenso es el amor no correspondido. Hubiera preferido no saberlo nunca, pero ésta es la verdad: no hay nada peor que amar a alguien que no te ama, y al mismo tiempo se trata de lo más hermoso que jamás me ha ocurrido. Amar a alguien que también te ama es narcisismo. Amar a alguien que no te ama, eso es amor.

Yo estaba así. Enamorado de alguien que había tomado una decisión sin pensar en mí, mientras yo erguía ciudades enteras con su nombre. Por eso decidí irme, perderme los últimos meses que le quedaban todavía aquí. Y no fue fácil enfrentarme al hecho de que, en el fondo deseaba que me buscara, que ese mensaje de WhatsApp llegara en algún momento, en algún punto.

     Yo estaba dispuesto a volver si él me llamaba, aunque a mis amigos les dijera que eso nunca pasaría. Que años y años de fracasos, de relaciones fallidas, de intentos inútiles, me habían enseñado a quererme. A valorarme. A olvidar a aquellos que me habían herido. Pero cuando finalmente llegó el mensaje, no pude negarme: se iba y quería verme antes de irse.

Fui a buscarlo, porque “el amor es un combate perdido de antemano”, porque “el amor es una catástrofe espléndida”, por que “el amor dura lo que tiene que durar” y en mí seguía (sigue) vivo. Y creo que por eso fui, porque yo lo necesitaba. Porque tenía mucho que reclamarle, cosa que no hice, por supuesto, pero también porque quería desearle lo mejor a pesar de todo.

Hace un par de semanas que se marchó. A veces paso manejando cerca del edificio donde vivía y siento un vacío que se expande. La ciudad que construí para ambos hace tiempo esta desierta. “Un día, tomaremos trenes que se van.”, dice Beigbeder.

            Aún estoy esperando el mío.