Retratos

Jorge Velasco Mackenzie, a un año de su partida

Velasco Mackenzie
Ilustración: Manuel Cabrera.

Por Cristina Velasco Mackenzie 

Revista Bagre.
Jorge Velasco Mackenzie nació en Guayaquil en el año 1948. Publicó las novelas El rincón de los justos; Tambores para una canción perdida; El ladrón de levita; En nombre de un amor imaginario; Río de sombras; Tatuaje de náufragos; Hallado en la grieta y La casa del fabulante. Fotografía: Cristina Velasco.

Siempre tuve curiosidad por saber si ese fantasma que visitaba en las noches a Jorge Velasco Mackenzie era real. 

Un día me quedé escondida bajo su escritorio; escuchaba el sonido de su máquina de escribir como una sinfonía, y casi cuando estaba por cerrar los ojos lo vi levantarse de golpe y salir del cuarto, enfurecido. 

Esa noche se tomó cinco tazas de café. A ratos parecía asustado de su texto, respiraba con dificultad y se despeinaba. 

Era como si la historia se lo estuviera llevando a él. O, tal vez, era ese fantasma, el de la página en blanco, borrando su último párrafo. 

Era un hombre sencillo. De ojos grandes y tez morena, con manos anchas y nudillos gruesos.  

Desde las cuatro de la mañana iniciaba su jornada entre lecturas y su taza de café.

Su guía literario

En mi adolescencia, el narrador direccionaba mis torpes lecturas, como en un taller literario. Me dejaba notitas entre los libros “léelo, conversamos cuando regrese”.  

El primer libro que me entregó fue El Tambor de Hojalata, de Gunter Grass. Sus recomendaciones estaban llenas de la experiencia vital del buen lector y de ese escritor de narrativa envolvente.

La biblioteca de la casa era su guarida, allí pasaba la mayor parte del día. Cuando nacieron mis hermanos ya no había tanto espacio y durante muchos años tuve que dormir en ese estudio con libros de pared a pared. 

Cuando mi sueño no llegaba, me gustaba inventar el juego de elegir los títulos más extraños. 

Me asustaban algunos como Versos Satánicos, de Salman Rushdie, o Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian, pero el narrador decía: “tienes que leer no solo lo que te gusta, tienes que leer también lo que te parece difícil”.

Algunas veces perseguir una historia lo agobiaba; me contaba de algún personaje que se le estaba muriendo o que tenía que matar. Se planteaba cuál sería el mejor final para alguna novela o cuento.

Crecer a su lado era una aventura. Desenfadado y sin poses, disfruté siempre de su gran sentido del humor. 

Otra de sus artes era inventar la mejor chapa para las personas, algunos amigos o enemigos suyos, como a los novios que llevé a casa; así pasaron el Tarzán de L.E.A., el Cabeza de Muñeca Vieja, el Cara de Naipe, Talibán, entre otros. 

Cuando me molestaba por tanta burla, me daba un abrazo y decía: “es para agarrarles cariño”.

Sus ojos brillaban emocionados en su búsqueda incesante de una forma de decir las cosas a través de la palabra. 

Para sus rutinas de trabajo usaba un cuadernillo de cuadros, donde trazaba garabatos con su letra ligera y temblorosa.

“Clown, dijo sacándome del fondo oloroso a humo y a desgracia, no quiero ser más tu dueño, te abandonaré en la estación de donde nunca debí haberte sacado, estás maldito”, escribía por esos años.

Tuve mucha suerte de disfrutar de su complicidad y un respeto mutuo. El tiempo, como siempre ocurre, pasó factura, y su salud se fue resquebrajando. 

Mientras su cuerpo se debilitaba, su memoria empezó a evidenciarse más lúcida y a iluminar con claridad las andanzas de una vida dedicada a las palabras de maromero.

Durante sus últimos años, pasamos largas horas charlando sobre literatura y arte. Eran aquellos domingos largos, cuando llegaba con el encebollado en la mano, con sus libros, cuadernos y algún chisme de la cultura. 

Recordaba sus inicios y los amigos que conoció, sus primeras lecturas, las anécdotas con grandes escritores. Su pasión por el béisbol. 

Me relató con detalle toda la investigación que venía realizando para la escritura de El Búho en el Espejo.

Su última novela

Recuerdo que eran las fiestas de julio, cuando se apagaron sus luces debido a un accidente cerebrovascular que lo mantuvo en coma. 

Cuando despertó, no quería perder el tiempo en divagaciones, solo terminar su última novela. 

En el hospital empezó a pensar que el tiempo no le alcanzaría y mencionó el nombre de un buen amigo a quien confiarle su obra. No le preocupaban el suero, las inyecciones ni los exámenes, solo pensaba en los capítulos de El Búho.

Antes de cerrar sus ojos, me encomendó sus libros y anotaciones para que los guardara. 

Esa noche de viernes, no pudo escapar como un gato de la violenta tempestad. Nos despedimos entre las paredes blancas del hospital, apreté su mano y le prometí llevarlo por siempre en mi memoria y el de sus personajes. 

El 24 de septiembre de 2021 partió hacia su viaje, donde las aves del delirio le dieron la bienvenida. 

Ya estás de vuelta al paraíso, narrador.

Breve reseña

Revista Bagre.
Jorge Velasco Mackenzie también escribió cuentos tales como: De vuelta al paraíso; Como gato en tempestad; Raymundo y la creación del mundo; Músicos y amaneceres; Palabra del maromero; Clown y otros cuentos; Desde una oscura vigilia; No tanto como todos los cuentos; La mejor edad para morir. Teatro: En esta casa de enfermos y  Tatuajes para el alma. Ensayo: Lecturas tatuadas. Fotografía: Cristina Velasco.

Jorge Eduardo Velasco Mackenzie (Guayaquil, 16 -01-1948 / 24-09-2021). Una de las voces más representativas y relevantes de la literatura ecuatoriana. Licenciado en Literatura y Letras de la Universidad de Guayaquil. 

Fue profesor en la Universidad Técnica de Babahoyo, donde se jubiló. Su primer cuento, Aeropuerto, fue publicado en 1974 en la revista La bufanda del sol

Formó junto a otros escritores el grupo literario Sicoseo. Dejó una extensa obra entre novelas, cuentos, poesía y obras de teatro.