Las ciudades del sur de Latinoamérica están cargadas de nostalgia, de escenarios y paisajes que transportan en el tiempo con sus colores, formas, luces y sombras.
Valparaíso, en Chile, es una de esas ciudades. Hoy pensé en la brisa fría, que la recorre por estas épocas del año y vinieron a mi mente las paletas de colores fríos, cálidos y neutros de sus casas centenarias. Y, como en las escenas de una película, volví a las historias de la infancia, que mi padre me contaba de su abuelos y con ellas, vino la reflexión.
Valparaíso, Chile, 1947. En las calles de esta ciudad costera, todo es claridad y luz.
Es medio día, y como acostumbraba, el abuelo Humberto llega a casa a almorzar. Su apariencia es impecable, y su presencia, imponente.
El abuelo Humberto ingresa por el portón, sube las escaleras de espiral, pisa los tablones que rechinan con cada uno de sus pasos. Se sostiene del frío pasamanos de metal dorado y reluciente. Llega al segundo piso inundado de fotopsias y volutas de humo y rayos de sol. Se despoja del sombrero estilo fedora de color marrón chocolate. Desata el nudo de la corbata de diseños art deco con un respiro que lo regresa a la vida. Y grita.
Da la orden y mi abuela corre a descalzarlo de los captoe bicolor. Se deshace de los ajustados resortes que sostienen las medias de algodón crudo, tira su cinturón de piel y deja caer los pantalones plisados de un traje marrón claro. Procede a retirarse el blazer de hombros anchos, desabrochando sus tres botones.

Emite una nueva orden. Esta vez, para solicitar que mi abuela le saque la camisa. Cuando finaliza este ritual, se coloca una bata de seda verde, como las botellas que guardan vino en el mueble de su habitación. Está listo para sentarse a almorzar.
Come de manera rápida pero ceremoniosa, poniendo atención a todos los detalles: los cubiertos, la vajilla, el mantel. Ignora a su esposa y sus tres hijos. Vocifera sobre cualquier cosa sin razón, sólo para reafirmar su dominio en un juego de poder.
Sale del comedor con pasos decididos. Deja sentir su ausencia.
Regresa a su habitación para vestirse de nuevo. Le aguarda el segundo conjunto del día. Este atuendo vestirá desde las catorce hasta las veinte horas.
El atuendo se caracteriza por tonos azules oscuros, cromática más coherente con las horas de la tarde. También cambia su calzado, medias, corbata, reloj, sombrero y pañuelo en la solapa del blazer. Revisa su peinado y su perfume. Se despide y se aventura nuevamente a la calle. Camina hacia su oficina, ubicada en el centro de Valparaíso, dejando la huella imponente de hombre poderoso...
Este relato sobre mi abuelo Humberto revela la transversalidad entre historia, indumentaria, sociedad y cultura. Además de sus capacidades intrínsecas para tejer lenguajes propios que van más allá del análisis superficial de"modas pasajeras y ancladas a estereotipos".

Derribar el paradigma de que "quienes se preocupan de la moda y la imagen son superficiales"
Protección, función social, diferenciación, identidad, pertenencia y pudor. Todas estas son funciones de la vestimenta. Sin embargo, su papel va mucho más allá: al elegir cómo vestirnos, declaramos el modo en el que decidimos habitar en el planeta. Más allá de un estilo o una tendencia, todos deberíamos tener libertad a la hora de elegir nuestra vestimenta.
En el artículo científico "Identidad a través de la moda", escrito por Amaya Sánchez-Contador Uría, la autora señala que "la moda nos vincula y relaciona a unos con otros. Pero sobre todo, con nosotros mismos. En esto radica su importancia".
Por lo tanto, no se entiende que las personas que nos interesamos en el mundo de la ropa, las tendencias, la moda y la imagen en general, seamos tildadas de "superficiales, vacías o incluso, carentes de sentido e inteligencia". Entonces se vuelve interesante analizar cómo surge este paradigma.

Las responsables de su creación e imposición son la tradición judeo-cristiana y algunas creencias orientales que volcaron todo su interés en el mundo interior de los seres humanos. Así, impusieron el paradigma de que el valor de las personas está en lo que no podemos ver. Es decir, en lo espiritual.
El momento en que la espiritualidad se contrapone con la superficie , termina por desmerecerla. Estas doctrinas nos llevan a creer en la superficialidad del cuerpo y su maldad ligada al pecado de la vanidad y la lujuria. Por ejemplo, en Timoteo 2, 9 se lee “las mujeres deben comportarse y vestir de manera modesta y sobria. No deben vestir ricos peinados, ornamentos de oro, ni ricos vestidos".
Por su parte, Fray Bernardino de Sahagún expresó en el siglo XVI: "No has de vestir con lo bueno, ni conlo que está bordado; aunque sea necesario, sólo usa lo modesto y lo liso".
Sin embargo, es esta superficie corporal —que tanto desdeñan las religiones— la portadora de esencias. Por lo tanto, todos deberíamos vestirnos como queramos.
Los cambios sociales han estado anclados a cambios en la indumentaria
Pese a que el arte de la indumentaria es relativamente joven, ha estado anclado a la evolución de la cultura y la sociedad desde hace siglos. Se encontraron piojos corporales, como evidencia de cubrir los cuerpos con vestimenta, que datan de no más de 42 mil años atrás.
También se han hallado agujas de marfil y hueso que demuestran que se modificaron fibras animales y vegetales hace sólo 30 mil años. Sin embargo, durante la revolución industrial, el sector de la indumentaria se convirtió en uno de los primeros en mecanizarse.
Veamos algunos ejemplos de cómo la indumentaria ha refleja a la cultura y la sociedad a travéz del tiempo:

La antigua creencia egipcia que consideraba impura la lana, reservando el lino para los sacerdotes. En la antigua Grecia, las botas estaban destinadas, de manera exclusiva, a guerreros y militares. Los flecos en las túnicas que la Biblia prescribe para los hijos de Israel.
Los vibrantes tejidos medievales que distinguía a la clase pudiente en Europa. Los ocho pares de guantes semanales ordenados por María Antonieta. La influencia neoclásica de los franceses en toda Europa. El corset victoriano.
El primer pantalón para mujeres, diseñado a mitad del siglo XIX. Su utilización se convirtió en símbolo de libertad.
El cabello lacio en mujeres, como muestra de rebeldía, a inicios del siglo XX. El labial rojo victoria de la década de 1940, en plena guerra mundial. La popularización de la mezclilla para el streetwear, que pasó de ser un tejido usado por obreros, a imponerse en las pasarelas y convertirse en un básico en todas las capas y estratos sociales.

Todas estas expresiones históricas demuestran que la manera en que nos presentamos, nos otorga un lugar en el mundo, nos concede o retira privilegios, crea comunidades y construye un discurso sobre nosotros mismos.
Desde la Grecia Antigua hasta las revoluciones industriales, la evolución del arte de vestir refleja que la vestimenta moldea la percepción y la sociedad.
Aprendiendo a tener experiencias estéticas que vayan más allá de lo superficial

Si consideramos el cuerpo como el templo de nuestra alma, ¿por qué no adoptar la preocupación de los griegos por el ejercicio, la higiene, la alimentación y los elementos que lo cubren? Descuidar nuestra vestimenta, como sugieren las creencias dogmáticas y religiosas, es descuidar el lugar que ocupamos en el mundo y no prestar atención a lo que comunicamos.
Así como evitamos errores lingüísticos al hablar o escribir, deberíamos ser capaces de liberar la preocupación religiosa que etiqueta como vanidad el cuidado de nuestra imagen. Porque la forma en que nos vestimos es una expresión de nuestra identidad y una manera de habitareste planeta.

Como cita Amaya Sánchez-Contador Uría, "es necesario aprender a tener experiencias estéticas que sean más que la experimentación de cánones de belleza impuestos, porque representan un autoconocimiento sensorial y emocional".
Por lo tanto, no se trata sólo de seguir tendencias. Sino de construir de forma consciente nuestro lenguaje visual, como una manifestación libre y auténtica de nuestra identidad, nuestros valores, creencias y paradigmas.







