Entrevistas

Disruptivo en el arte, la infografía y su personalidad. Una charla con Jaime Serra

Ilustración: Manuel Cabrera.

Jaime Serra Palou nació en Mollerussa, Lleida, España, en 1963. 

Prestidigitador gráfico y habitante del desconcierto, durante más de veinticinco años se ha dedicado a la infografía periodística en algunos medios icónicos de América Latina y Europa. 

Ese bagaje artístico le ha valido ser considerado “el infografista más influyente del mundo en el periodo 1992-2012” por la Society for News Design

Parte de su cotidianidad es recibir invitaciones para participar como ponente en encuentros de diseño, infografía, arte, periodismo y otras formas de interpretación de la realidad. 

Intenta no salir del asombro, y vivir en la periferia de las posturas ideológicas. 

Ejerciendo el  periodismo, Serra vivió entre Argentina y Ecuador durante siete años. 

Hay algo que me llamó la atención cuando revisé documentación sobre ti: te defines como un prestidigitador…

Bueno sí, es una especie de chiste, de juego, de sentido del humor que me parece fundamental en la vida. 

Me resulta muy difícil definirme profesionalmente. No me siento cómodo diciendo que soy infografista. La infografía es una herramienta que sirve para muchas cosas. 

Con la denominación o la etiqueta de ‘periodista’ durante un tiempo me sentí muy cómodo. Pero ya hace años que no ejerzo.

En la actualidad me muevo en un espacio que podríamos considerar más propio de las prácticas artísticas. Y tampoco termino sintiéndome cómodo. Porque en el mundo artístico se ha hablado de mí como diseñador. Luego, en España, se me considera artista.

Es como si nunca hubiera estado en ningún lugar y, probablemente, de alguna forma deliberada, he estado moviéndome siempre entre los límites.

Entonces, eso de prestidigitador es una manera de buscar una etiqueta que haga que me sienta más cómodo.

En una entrevista me preguntaron: ‘¿usted, a qué se dedica?’. Yo contesté: ‘a respirar, soy un respirador’.

En  la cúspide de sus carrera como infografista y periodista, Jaime decidió abandonarlas y dedicarse al arte. En la infografía encontró un camino práctico para aplicar el arte. Además considera que es una persona que se aburre con facilidad y que no puede permanecer durante muchos periodos de tiempo dedicándose a lo mismo:

¿Por qué decidiste dejar la infografía para dedicarte al arte?

 Siempre quise dedicarme al arte,  no sabía muy bien de qué forma ni qué significaba arte. Y eso se fue concretando con la vida, porque decir  ‘me voy a dedicar al arte’ es una cosa como medio vacía. Con qué lo vas hacer, y qué vas a explicar, cómo lo vas a transmitir; es una cosa que en la vida le vas dando forma.

Tuve la suerte o no, no lo sé, de encontrarme con la infografía. Entonces, eso me descubrió también el periodismo y durante unos años desarrollé una enorme pasión por el periodismo.

Pero si en la infografía periodística de alguna manera destaqué, fue porque le aportaba aspectos artísticos, tanto formalmente como de concepto. Habían ideas y formas que iban más allá de lo que se esperaba del periodismo, más plásticas.

¿Qué quiero decir con esto? Que en realidad era el arte lo que me interesaba. El periodismo durante unos años me gustó mucho, luego —yo soy una persona que tiendo a aburrirme— hubo épocas periodísticamente menos importantes para mí y el arte iba ganando espacio.

En un momento dado, no es que lo dejara sino que fui retomando con más pasión el tema del arte y me pregunté cómo abordaría esas manifestaciones artísticas. Encontré en la infografía la herramienta perfecta: había aprendido a manejarla y me había costado muchos años. ¿Por qué iba a ponerle una técnica si, finalmente, lo importante para mí era lo que quería contar? 

Y a la vez el uso de la infografía también tenía su singularidad, lo cual era un plus. Para mí también era un reto, porque debí aplicar el arte en la infografía periodística y eso lo tuve que inventar. Esos retos son los que me mueven en la vida, en realidad.

Jaime cree más en el trabajo que en la musa llamada inspiración. Su pasión por el trabajo lo llevó, entre otras cosas, a inventar nuevas formas de construir infografías:

¿Qué es la inspiración para ti? ¿Cómo logras conectar con ella?

 He escuchado mucho sobre la inspiración; esta idea que a veces suena como un poco mágica. Como yo la entiendo, la inspiración es trabajar. Yo no creo mucho en la inspiración. Uno se levanta por la mañana y escribe; yo, sobre todo, lo que hago es escribir. A partir de ello se conectan  puntos que alumbran una idea y luego hay que trabajarla más. 

La idea también es poca cosa. Todos tenemos ideas. Hay que trabajar esa idea, darle forma. Finalmente eso deviene en algo. Algunas de estas ideas resulta que tienen éxito y luego parece que han venido de la inspiración. Pero en realidad surgen del trabajo.

Como colofón, el trabajo artístico necesita del espectador como elemento final y es él quien decide si algo es bueno o no. Es parte de la magia. Lo interesante es que sin el espectador, el trabajo no es nada.

La carrera de Jaime se desarrolló en la era del periodismo tradicional. En la actualidad, incluir infografías en un medio digital requiere la participación de un equipo de profesionales expertos en nuevas narrativas digitales. Sin embargo, Jaime considera que lo más importante es tener una buena historia que pueda plasmarse  en una infografía:

Te iniciaste en la infografía en la época del impreso. En la actualidad se vive un salto hacia lo digital. En el impreso, con el infografista bastaba. Pero con la llegada de la era digital se necesita de programadores, diseñadores, animadores. ¿Cómo pueden enfrentar los pequeños medios digitales esta realidad?

Creo que no hay mucho que puedan hacer. Para tener un Ferrari hay que guardar dinero. Al final el éxito no está en los juegos artificiales, por  llamar de alguna forma a las herramientas de la era digital.

Es fantástico hacer infografías con  animaciones, con interacción. Pero si tienes una buena historia, probablemente tenga éxito sin recurrir a esos elementos. 

En realidad lo que nos hace falta, yo creo ahora más que nunca, son buenas historias y una mirada serena de lo que está pasando; y eso va más allá de la tecnología y de los recursos económicos de los que se disponga.

Pese a la grandiosas infografías que se pueden crear con herramientas digitales, Jaime destaca la importancia de contar buenas historias:  

¿Crees que exista una crisis en cuanto a contar historias?

Creo que estamos viviendo en una crisis profunda, muy profunda, de contar historias, de reflexionar sobre el mundo que nos rodea, de narrarlo, de imaginarlo. No pensaba solo en el arte, pensaba más en el periodismo, donde es más evidente. 

Vivimos en una especie de la Edad Media, de la oscuridad. ¿Por qué? No lo sé, pero desde luego me parece que no ayuda el uso que estamos haciendo de la tecnología, concretamente de internet y de las redes sociales.

Y los medios se han sumado a eso: al click, al like, a lo inmediato. Creo que no ayuda tampoco esa especie de cinco minutos de fama que decía Andy Warhol que puede tener cualquiera. Hoy, quienes pululan por las redes sociales, pueden decir cualquier cosa y son atendidos como si fueran el Premio Nobel. Eso es un error.

Para que se puedan escribir buenas historias, Jaime considera que se hace necesaria la participación activa del creador. Frente a un mundo globalizado, donde es muy común hacer periodismo de escritorio, Jaime tiene una mirada crítica:

Y para quiénes escriben historias periodísticas, ¿cuál es el desafío?

Creo que lo primero es vivir.

Cuando empezamos en los diarios no había teléfonos móviles y te mandaban a cubrir una noticia, tenías que viajar, ir al lugar, enfrentar una determinada situación y construir una historia. Ya ni te digo si te mandaban de corresponsal de guerra, imagínate lo que tenías que ser capaz de contar. 

Cuando empecé en el Periódico de Cataluña, recuerdo que no sabía nada de la profesión, y el director, una persona muy histriónica, salió del despacho gritando: "qué hacéis aquí, salid todos a la calle a trabajar". 

Para mí eso era maravilloso: llegar a un trabajo en el que te pidan que salgas a la calle.

Ahora sucede justo lo contrario: los periodistas no salen a la calle, en las ruedas de prensa no se les permite preguntar. Así, ¿qué historia se pueden contar?

Antes los periodistas viajábamos. En el lugar no habían oído hablar de tu cultura ni tú de la suya, no sabías gran cosa y tenías que aprender, explorar, ejercitar la curiosidad. 

Pero ahora tomas un vuelo barato y te vas un rato a otro país donde comen lo mismo que tú y lo venden en tu idioma. Así no se puede construir historias.

¿Y qué sucede si voy a la guerra y mi escritura, mi historia, es totalmente autorreferencial, pero además ególatra: yo fui, yo estuve, yo vi…?

Bueno, para mí no es así. Creo que ya hace muchos años en general, en el periodismo, se tomó un camino que no era el de la objetividad. Y esa cosa no existe.

En la objetividad se supone que estamos todos y en realidad no está nadie.

En la infografía se ve eso con mucha claridad,  concretamente en los datos, en las visualizaciones de datos. Mucho más en la actualidad: con esas visualizaciones de millones de datos, que son objetivos, que están generándose ahora mismo desde millones de dispositivos móviles y que no los genera un sujeto, sino que son objetivos.

Por primera vez tenemos datos totalmente objetivos de las conductas humanas, de dónde nos movemos, con Google Maps, por ejemplo. O sea, el error humano se ha ido eliminando.

La objetividad también se construye con aquello de lo que estamos constituidos los seres humanos: hechos, sensaciones, experiencias, reflexiones; y de ahí resulta una "verdad", la de un sujeto concreto, que puede verse reflejado en ella, a lo mejor por oposición: porque no se siente parte de esa "verdad", o porque sus experiencias son totalmente contrarias.

Creo que necesitamos historias contadas por una persona que hace una cosa concreta, en un lugar concreto y se enfrente a una situación concreta. Porque en el lado humano nos encontramos todos y cualquiera de nosotros puede sentirse reflejado en una historia.

En tal caso el reto es no dejar de escribir, no dejar de viajar y no dejar de impresionarse porque puede ser que  escribas una gran historia con la que la gente no conecte y otra que no es tan buena con la que sí haya conexión. 

El que decidirá si la historia es relevante, si es interesante o no vale la pena, será el lector. Pero ese no puede ser el motivo para escribir o no. 

Tomando en cuenta que Jaime considera que es una persona a quien le aburre moverse en un escenario conocido durante periodos largos de tiempo, es pertinente indagar sobre cómo se encuentra en la actualidad, cuáles son sus perspectivas y derroteros:

En este momento, ¿cómo definirías tu mundo interior, hacia dónde te llevan tus reflexiones, qué te falta por descubrir, a dónde te gustaría ir?

Considero que siempre he tenido suerte y he logrado realizar muchas cosas.

Pero ahora mismo estoy en la mayor crisis de mi vida. Siento que es un momento de profundo aburrimiento, porque no tengo idea de a dónde voy.

La infografía está bien como herramienta, pero ya no me interesa más, la he estirado mucho. Se podría decir que ya no me apetece. El contar historias también me ha dejado de interesar.  En cuanto a medios de comunicación, me he ido apartando de ellos y con el arte también estoy un poco en crisis.

No tengo idea de qué voy a inventar. Es posible que me dedique a hacer algo que nada tenga que ver con lo que hice antes.

La verdad todavía no tengo claro qué haré.

Me siento como la anécdota de Andy Warhol: mientras caminaba en The Factory, su estudio de arte, tomó el teléfono y dijo: “es Dios. Pero no sé qué preguntarle”. En mi caso, si ahora mismo me llama Dios por teléfono, yo no sabría qué decirle…

Jaime considera que siempre se ha movido entre los límites. Cree que en ellos existe riqueza y que facilitan la mixtura de ideas. A la vez, hacerlo alimenta su caos interior. Y a él le encanta:

¿Crees que tu vida ahora está muy ordenada?

No. Pero el entorno sí, la vida de los que me rodean está muy ordenada. Yo internamente  siempre soy un caos. Y es el estado que más me gusta. Porque del caos, del choque de estrellas, siempre nace algo nuevo, algo mejor.