¡No a las balas! En Manta, Ecuador, el arte y la cultura se levantan contra la violencia

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Ilustación: Manuel Cabrera.
En Manta, una ciudad marítima de Ecuador, donde la violencia recrudece, iniciativas culturales privadas le hacen frente. Parece utopía. Pero no lo es. Está comprobado que el arte y la cultura, son armas efectivas para combatir la violencia

Dice Luis Darwing Canales que hace unos días intentó vender sus churros en la  cancha de futbol de un barrio de Manta y le robaron todo.

Dice también que desde entonces no ha regresado por allá y prefiere venderlos aquí, en la playa El Murciélago, donde una o dos veces al mes unas 300 personas llegan a mirar una película sentados en la arena, frente al mar. 

Luis Darwing: flaco, humilde, migrante venezolano de hablar sencillo y sin poses.

Cuenta además que más gente como él, vendedores ambulantes, necesitan espacios como este. 

Cree, y de eso está seguro, que sus churros se venden mejor en sitios donde llegan personas tranquilas y donde, además, hay policías que los cuiden.

“Es que es mejor para todos, dígame si no tengo razón. Mire nomás cuantas personas han llegado para ver la película, eso es ventas para mí, y además es bueno”, agrega mientras sus churros emanan un olor agradable, una mezcla entre salado y dulce. 

—¿Quiere uno? —pregunta—.Apure, que la película va a empezar. 

La cita es en la playa. Son las siete de la noche. Una pantalla del tamaño de una pared mediana es colgada desde una cabaña en la playa El Murciélago.

El venezolano, Luis Darwing, se gana la vida vendiendo churros en las playas de Manta. Para él, que existan espacios culturales, es una oportunidad de negocio. Fotografías: Leonardo Ceballos.

Al frente de la pantalla hay un proyector y detrás del aparato al menos 300 personas, quizás más, que han llegado a ver la película “Conquistando a mamá”, producción ecuatoriana. 

Hace frio, el viento sopla fuerte. La gente lleva vino, galletas, comida, sabanas, toallas,  sillas.

Lleva además miedo, sí, temor a que pase algo, aunque allí nunca ha pasado nada. Pero con esto de la violencia, la pelea entre bandas, nunca se sabe qué mismo va a suceder. 

Llevan también ganas de distraerse, de desconectarse de lo que pasa en los barrios, donde “zumba” la bala, donde está la otra Manta con sus 194 muertes violentas, con sus heridos, con los que sobreviven. 

Anahí Pilozo, estudiante universitaria, ha llegado a ver la película con su amiga Noemí. Dice Anahí que para muchos es un desafío salir en las noches, que a ella le ha costado tomar la decisión de ir a la playa porque “uno nunca sabe lo que va a pasar”.

Esa es la frase  de su mamá, para ella es una mujer sabia. Siempre le pide que se cuide y Anahí lo hace,  pero necesita salir, “hay que vencer el miedo”, comenta “No podemos seguir en casa siempre”.  

El proyecto Cine a orillas del Mar, se toma la playa de El Murciélago para hacerle frente al miedo y la violencia.

Ganarle la guerra al miedo

Manta, al igual que gran parte del Ecuador, atraviesa por uno de sus años más violentos. La cifra de muertos en el Distrito Policial, que comprende también los cantones Montecristi y Jaramijó, llegó a los 194.

Alguien, un amigo periodista me dijo que nunca se había visto algo así. Que el año más violento de los que tienen registro los medios de comunicación es el 2009.

En ese entonces la cifra llegó a las 100 muertes violentas, pero eso fue durante todo el año. Ahora, el 2023  aún no termina y los números, faltando un trimestre para que finalice el año, casi se han duplicado. Y eso es lo que preocupa. 

De allí la necesidad de crear espacios culturales donde la gente se aleje de la violencia, espacios que sean un escape para la comunidad, afirma Antonio Cedeño, fundador de Cine a Orillas del Mar.

Este espacio cultural se realiza en plena playa donde en las noches los robos eran frecuentes. Ahora eso ha cambiado. 

Antonio es un productor con pinta de alumno estudioso. Usa lentes, habla rápido. Lleva una mochila con cuadernos y plumas (bolígrafos). Lleva una computadora y ganas de cambiar el mundo, seguro fue un buen alumno en el colegio.

“Nosotros propones un espacio de paz, un sitio donde la gente se aleja de los conflictos de la ciudad.

Esto relaja a la gente, es un sitio de encuentro comunitario. La comunidad se apodera del espacio público y eso es bueno.

Entre todos se cuidan. Por eso, en todo este tiempo, nunca ha pasado nada”, cuenta y se enorgullece de aquello. 

El Espigón, otro espacio de Manta donde sus habitantes acuden para disfrutar de actividades al aire libre.

Llenar los espacios públicos de arte y cultura

Cine a Orillas del Mar empezó por el 2015, pero tuvo una para en el 2016 por el terremoto.

Es un espacio gratuito. No se paga por ver las películas. Y además allí no se proyectan filmes comerciales que se puedes ver en los cines de algún mall. Allí las películas buscan dejar un mensaje, generar reflexión. 

Antonio dice que la cultura no cambia el mundo, pero sí cambia a las personas que cambian el mundo. 

Cuenta que con  espacios como este  se genera conversación, debates, una transformación en las personas.

—Debería haber más espacios como este en los barrios, en cualquier espacio público —señala—. La gente los necesita. 

Y tiene razón. Un ejemplo de aquello es la ciudad de Medellín, en Colombia. En 1991 fue la ciudad más violenta del mundo, con una tasa de 381 muertos por cada 100.000 habitantes. Casi 20 por día. La mayoría eran jóvenes y la causa de muerte, herida de bala. 

Entre 1992 y 2020, se logró bajar en un 96,3 % la tasa de muerte por homicidio. 

¿Y cuáles fueron los factores que lo permitieron? 

El buque Azart enfrenta la inseguridad y la violencia con arte y cultura.

A partir de transformaciones emprendidas a principios de los 90 y aceleradas desde 2004, la ciudad colombiana pasó de invertir el 0.68 % de su presupuesto público en cultura en 2002 al 5% en 2007.

Hasta 2020 esa inversión se mantuvo entre el 3% y el 5 % y se centró en la construcción de equipamientos culturales de alto valor simbólico en los barrios de mayor pobreza, violencia y densidad poblacional.

Se desarrollaron parques – biblioteca, centros de desarrollo cultural, casas de la música y las llamadas “unidades de vida articulada” (UVA). 

Es decir, la cultura le gane espacio a la violencia con instalaciones donde, además, se fomentan prácticas deportivas y educativas. 

En eso está de acuerdo la psicóloga y actriz Brith Vaca, quien actúa en la película que se proyectó en Cine a Orillas del Mar, en la playa El Murciélago de Manta. 

Para Brith, el arte es una de las formas más efectivas para lograr que la gente se conecte consigo misma; y, a través de esa conexión, se generen procesos de transformación. 

“Estamos viviendo el fruto de lo que se sembró hace 15 años cuando toda una generación empezó a ser bombardeada, adoctrinada, con producciones audiovisuales como  La Muñeca de la Mafia, El Patrón del Mal.

Y hoy tenemos una generación que normaliza el gusto por actividades unidas a la delincuencia y la propia delincuencia”, expresa. 

Interior del buque Azart.

Por eso cree  necesario promover más espacios sociales, culturales que ayuden a romper la cadena de miedo, que permitan que las familias se reúnan. 

Luis Espinoza es director de Cultura del Municipio de Manta. Él coincide en que los espacios donde se desarrollan la cultura y otras manifestaciones artísticas, dan resultados positivos en la lucha contra la delincuencia. 

Y cita como ejemplo el espigón de Manta. Un antiguo muelle donde antes se consumía drogas, y se escondían delincuentes. Incluso algunos cadáveres fueron hallados en el sitio.

Ahora es un espacio donde cada noche acuden las familias porque se realizan ferias y actividades culturales como: danza, encuentros de poetas, exposiciones de pintura, entre otros eventos. 

“Yo creo firmemente que la cultura rescata a los niños y a los jóvenes, los sensibiliza. Transforma la vida del ser humano”, expresa Luis Espinoza. 

Además comenta que Manta tiene una agenda de al menos 20 eventos culturales y artísticos por mes.

Sin embargo, lo más importante es el trabajo con actividades como cursos y talleres artísticos y culturales que está llegando a los barrios. 

“Allí se trabaja en el proceso de formación a través de las escuelas de arte. Tenemos escuelas sinfónicas, talleres de guitarra, de canto, de piano. Los profesores van a los barrios y trabajan en espacios que tiene el municipio”, agrega Espinoza. 

Otro espacio del buque Azart.

El Departamento de Cultura de Manta tiene un presupuesto de 300 mil dólares anuales, pero para una ciudad que crece, siempre serán limitados los recursos”, afirma Luis. 

Azart, el buque que navega en los mares del arte

En 1945 un buque recorría los mares buscando minas en plena segunda Guerra Mundial. Hoy, ese barco está en Manta y es un espacio de arte y cultura. 

El buque Azart no pasa desapercibido en la playa de San Mateo de Manta. Está instalado en la arena, no en el mar. 

Los últimos 32 años navegó alrededor del mundo con una tripulación compuesta de artistas. El actor y literato europeo August Dirks lo compró y lo convirtió en un teatro.

En 1994, en su lugar de atraque, en el puerto de Ámsterdam, Holanda, fue rebautizado como Azartplein (Plaza Azart).

Desde ese momento, el buque se convirtió en el hogar y medio de transporte de una compañía de teatro multicultural que ha navegado por distintos mares y ha llegado a las costas de más de 200 ciudades, en 20 países de tres continentes.

En junio de 2021, el barco teatro llegó a San Mateo, después de ganar un concurso y ser donado a la Corporación Cultural para el Humor y la Vida.

Ahora busca ganar un espacio para la cultura. Lo hace en una población pesquera de cinco mil habitantes, peleando de frente contra la violencia y el consumo de alcohol y drogas.

El buque Azart guarda en sus paredes, recuerdos de los distintos puertos que ha visitado. En la actualidad se encuentra en las playas de Manta.

Son las nueve  de la mañana y el buque Azart tiene en el aire una mezcla de café, mate y brisa marina. 

Se sube al barco por una angosta escalera que arroja al visitante a la parte interna.

Allí un perro labrador usa su nariz fría para oler a los visitantes y luego, en un acto de ignorarlos, se acuesta en las tablas colocando su cabeza encima de sus piernas delanteras.

El perro se llama  Socole y llegó desde Argentina, junto a su dueño Sebastián Burgos, el causante de que el buque Azart ahora huela a mate. 

Socole comparte territorio con Moretti, un gato que hace diez años se subió en Italia y desde entonces no ha dejado el barco. 

También están Erika, otra argentina que ha llegado a realizar voluntariado; y Diana Cancino, directora artística de la Corporación Amor y Vida, fundación que administra la nave.  

Eso es todo. Ellos son la tripulación de un barco que hace dos años llegó a Manta con el afán de ganar un espacio para la cultura. Actualmente siguen en ese lucha.

“Queremos que la gente encuentre ese punto seguro, un lugar donde acudir.

¿Enfentar la violencia con arte? Parece una utopía. Pero no lo es. Durante su época más sangrienta, Medellín lo logró. Por eso, los tripulantes del buque Azart, se empeñan en seguir adelante.

Buscamos fortalecer el tejido social con  eventos y talleres gratuitos de teatro, danza, música, turismo”, explica Diana, sentada a un lado de una improvisada mesa, en medio del barco.

Dice que está consciente de la situación actual. Sabe que están en una ciudad con altos índices de violencia y por eso es importante apostarle a la salud mental. 

“El arte es una herramienta maravillosa para disminuir la violencia. Por eso hay que consumir cultura, habilitar espacios para distraerse”, afirma. 

Los fines de semana la gente acude al busque para ver funciones de teatro, danza, presentaciones de títeres o músicos.

Se paga una entrada que bordea los cinco dólares. Con ese dinero le dan mantenimiento a la nave y además, les cancelan a los artistas. 

Pero van más allá. Diana cuenta que en el afán de inmiscuir a los jóvenes en la cultura, están brindando talleres gratuitos. 

Trabajan con al menos  133 personas entre adolescentes y jóvenes de 13 y 29 años. Les dan clases de actuación, música y danza. 

También capacitan a las  esposas de pescadores en bisutería y artesanías. Además trabajan con adultos mayores en el rescate de las costumbres ancestrales. 

Diana Cansino es parte de la tripulación del buque Azart.

“La cultura es un faro para el turismo y es importante para San Mateo porque  fortalecemos la identidad a través de las artes”, expresa Diana y enseguida ofrece un recorrido por el barco para mostrar cómo es que una nave intenta cambiar a toda una parroquia. 

Hay un hueco en el suelo. Es una escotilla por donde tranquilamente cabe una persona. Al bajar, hay un espacio de cerca de 15 metros cuadrados, donde se realizan funciones de teatro.

También hay libros, máscaras, vestidos, maquillaje.

Y está Moretti, el gato, lamiéndose el lomo plácidamente. Él es  amo y señor de la nave. Una pausa, ¿sabían que Moretti es el nombre de una cerveza italiana?

Sigamos. Al salir de esa área, hay un espacio en la parte alta, desde donde se observa toda la playa. Sería como la terraza de una casa.

Allí, los asistentes y los actores se sientan a tomar café.

Diana dice que este barco tiene todo para ganarle la guerra a la violencia. Tal vez sólo falta un poco más de apoyo para generar eventos artísticos.

También se necesita que el público vaya a las funciones, porque a veces es escaso. 

Se disputan audiencia con los centros comerciales, las playas y el mismo alcohol. Hay gente que prefiere eso a ver una obra de teatro, afirma.  

Pero Diana y sus voluntarios no se rinden. Por algo se empieza en esta lucha de ganarle espacio a la violencia y al miedo, señala.

La cultura puede ser esa opción que nos ayude a enfrentar lo que hoy atraviesa el país, agrega. 

Y es verdad, vayan al buque Azart. Diana, los voluntarios, Socole y Moretti los esperan.  Por algo se empieza.   

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